jueves, 7 de marzo de 2013

Plaza de la Justicia…

Tal es el nuevo nombre que (avisan, pero no nos preguntan) tendrá la remozada Plaza Montt-Varas, frente al edificio de los Tribunales, cuadra sur de calle Compañía, entre Morandé y Bandera. Y la nueva denominación no es el único cambio que se opera en el sector, pues lo más vistoso es el aspecto que lucirá la superficie y los casi 500 estacionamientos para automóviles en cinco niveles subterráneos.


Con más de 472 años de vida de Santiago, tampoco es la primera gran modificación urbana en el área. Sin embargo, antes de recordar parte de su historia, y siguiendo con los números, cuando este 2013 se cumplen 40 años del Golpe de Estado de 1973, suena interesante preguntarse si acaso el nuevo espacio, de rutilante nombre, no podría contener siquiera una placa que recuerde a los tantos familiares y amigos de víctimas de abuso a los derechos humanos que deambularon y se manifestaron en ese lugar con la esperanza de encontrar justicia. Es solo una pregunta… y una propuesta, claro…

Cuando llegaron los jesuitas a Chile y a Santiago (12 de marzo de 1593), si bien tuvieron dependencias en distintas y varias partes de la capital, su edificación más importante -la iglesia- fue la que construyeron en la esquina suroriente de la manzana en que ahora está la antigua sede del Congreso. Y como la puerta principal del recinto daba hacia el sur, la calle contigua pasó a llamarse “de la Compañía”, hasta el día de hoy. Tal cual ocurrió con cada iglesia levantada en la ciudad, en el frontis de la de los seguidores de Ignacio de Loyola se dejó un espacio vacío a modo de pequeña plaza, que fue conocida como “Plazuela de la Compañía”, y que en este caso cruzaba la calle, como se advierte en el plano que confeccionó el ingeniero francés Amadeo Frezier en 1712 y que ustedes pueden revisar en el siguiente link de Memoria Chilena:


En 1767 los jesuitas fueron expulsados de todos los territorios españoles (y de América y de Chile, por cierto) y su santiaguina iglesia pasó a ser administrada por el obispado local. A su regreso, y varios años después de la independencia nacional, construyeron un nuevo recinto al sur de la entonces Alameda de las Delicias. Y la antigua Plazuela de la Compañía cambió de nombre (Plaza de O’Higgins) y de uso.

En efecto. Según nos cuenta en su “Recuerdos del pasado” el fecundo Vicente Pérez Rosales, fue su protector Domingo Arteaga, que oficiaba también de edecán de Bernardo O’Higgins, el responsable de erigir en el siglo XIX el “primer teatro chileno, fundado el año 18 en la calle de las Ramadas, trasladado el 19 a la de la Catedral, y colocado de firme el año 20 en la antigua plazuela de la Compañía…”.

Al ser ubicado frente a la iglesia de los jesuitas, el teatro de Arteaga quedó al lado norte de la antigua sede del Real Consulado (que corresponde hoy al ala oriente del actual edificio de los tribunales), en cuyos salones se realizó la sesión del Cabildo Abierto de 1810 y donde abdicó Bernardo O’Higgins a su cargo de Director Supremo, en 1823.

El primer teatro “de firme” de Santiago fue construido entonces en el espacio que ahora es objeto de una gran remodelación. Y no solo eso, pues la fecha de la inauguración fue todo un acontecimiento: 20 de agosto de 1820, mismo día en que don Bernardo celebraba su cumpleaños número 42, en que zarpaba desde Valparaíso la expedición libertadora al Perú, y en que se estrenaba la primera Canción Nacional (con versos de Vera y Pintado y música de Manuel Robles) en… el “teatro de Arteaga”.

Pasados los años, el histórico teatro fue demolido, igual que el edificio del Consulado. Y los restos de la iglesia de la Compañía fueron derribados tras el incendio que la afectó en diciembre de 1863. En 1905 comenzaron a edificar el actual Palacio de los Tribunales y la anterior plazuela fue alargada hacia el poniente hasta la calle Morandé; y dispusieron una estatua que recuerda a Manuel Montt y a Antonio Varas, cuyos apellidos también dieron nombre a la actual plaza.

Algunos de los acontecimientos narrados más arriba, sin duda trascendentes en la vida republicana y cultural del país, llevó en 1944 a instalar en las paredes exteriores del edificio de los Tribunales una placa recordatoria de esos eventos… aunque evocaba hechos que dividieron al país, como fue la renuncia de O’Higgins. Por qué entonces, insisto, no será posible hoy, ad portas de entregar una remozada plaza a la capital, disponer otra seña que haga homenaje a quienes, en ese mismo lugar, tanto sufrieron e invocaron leyes y principios mínimos de justicia.

Ah, una última cosa poca, todavía, a propósito de las remodelaciones comentadas al inicio. Imagino que el diseño de la nueva plaza no contempla esas rejas que le quitan su razón de ser a la Plaza de la Ciudadanía: un espacio público de tránsito libre… imagino… ¿O es muy ingenuo lo que digo?

martes, 4 de septiembre de 2012

Til Til

Prolegómeno

Ya en 1554, trece años después de ser fundado, a Santiago de Chile le fue otorgado el título de ciudad “muy noble y muy leal” por parte del soberano Carlos I (quien, de seguro, ni se enteró). En los siglos coloniales, la capital del Reino fue adquiriendo una preeminencia incuestionable frente a sus pares del norte y del sur (Concepción o La Serena, por ejemplo), hasta que en el período republicano, y especialmente durante la pasada centuria, dicha situación derivó en la megalópolis que es hoy, en la que habita un tercio de la población nacional y en la que se levanta la torre más alta de Sudamérica. Ni qué mencionar los servicios, construcciones y actividades que hacen de Santiago la indiscutida ciudad principal del país.

Pero, con rabia y también con justeza, desde las provincias se reclama constantemente que Santiago no es Chile. Yo mismo, oriundo de otros lares, lo he señalado más de una vez y, como habitante desde hace años en la capital, me ha tocado recibir la queja. Por eso me gusta hablar también de realidades e historias que he conocido, de manera directa o no, en esta “loca geografía”. 

Manuel Rodríguez de Til Til o Til Til de Manuel Rodríguez

Til Til parece ser (o quizás debería llamarse) Manuel Rodríguez. La figura en sombras del héroe, a caballo y portando una antorcha libertaria al centro del escudo municipal, ya lo indica así. El hecho de que casi toda la obra dedicada a Rodríguez (libros, canciones, poemas, películas) destaque que fue asesinado en este pueblo, distante 60 kilómetros al norponiente de Santiago, hace que cuando se menciona Til Til, de inmediato se asocia con el popular prócer. Por eso no es extraño que no exista institución que no se llame Manuel Rodríguez. Y cualquier visitante lo puede comprobar cada año, en el fin de semana más próximo al 26 de mayo, día del asesinato del guerrillero en 1818. La conmemoración de este aniversario es, para los habitantes de Til Til, tan importante como la del 18 de septiembre. Frente a las dos esculturas que hoy lo recuerdan, en el supuesto sitio de su muerte, rodeados de fondas y ramadas, se organiza un acto cívico que incluye discursos, presentaciones de bailes folclóricos, teatro escolar y un maratónico desfile matinal.

Pero, por cierto, Til Til es más que Manuel Rodríguez. Desde que llegaron los españoles a Chile se le mencionó como uno de los escasos sitios en que los aborígenes extraían oro. Por ello, los inicios del poblado están ligados a esta actividad minera que, hacia 1712, el famoso ingeniero francés Amadeo Frezier calculó en cinco trapiches que molían un cajón diario cada uno. Hoy por hoy, todavía es posible encontrarse en el pueblo con un trabajador o propietario de alguna pequeña veta del precioso metal, explotado casi artesanalmente en los cerros aledaños; aunque, en rigor, en la zona es más factible toparse con camiones que transportan piedra caliza.

A su vez, en tanto Valparaíso se transformó en el puerto más cercano a Santiago, una de las vías importantes que unió a ambas ciudades era la Cuesta de La Dormida, que en su acceso oriental y casi en la mitad del trayecto pasaba por Til Til, lo que ayudó a incrementar su importancia. Y con mayor razón si el viaje desde la capital tenía como punto de llegada los paisajes de Olmué o Limache… como se supone que era el destino de la comitiva que llevaba prisionero a Manuel Rodríguez: la cárcel de Quillota.

Como el trayecto Santiago-Valparaíso por la cuesta de La Dormida, pasando por Til Til, resultaba más largo que el camino que cruzaba la cuesta de Lo Prado, su uso no implicó una mayor afluencia de visitantes a este pueblo, de un micro clima tan seco y, por lo mismo, recetado para los tuberculosos de antaño. Sin embargo, hay que decir que cuando Enrique Meiggs trazó el tendido ferroviario entre la capital y el puerto principal de Chile, en la segunda mitad del siglo diecinueve, ahí sí que Til Til quedó en medio del camino y no sólo contó con su estación respectiva (un puro andén descubierto, en verdad), sino también con un tren propio para viajar a Santiago en las mañanas y volver al pueblo en las tardes: el llamado “tren corto”, que en una hora cubría el itinerario, suficiente lapso para que igual se paseara por su interior el sempiterno vendedor de “malta, papaya y pilsen”.

Bueno, ya sabemos lo que pasó con el tren en todo Chile. En el día de hoy, a determinadas horas, solo cruza la casi inexistente estación de Til Til, haciendo sonar su inconfundible silbato y arrastrando a una decena de carros, una poderosa máquina que lleva la basura de Santiago hasta el vertedero de Montenegro. En la retina de los más viejos queda como puro recuerdo la vez en que, por ejemplo, los escolares de Til Til fueron llevados hasta la estación a saludar el paso de Gabriela Mistral. O la doble ocasión, en una misma semana, allá por noviembre de 1976 en que, desde Valparaíso, una interminable caravana de coches ferroviarios llevó a la gloria a miles de hinchas de Everton hasta Santiago, con sus inconfundibles colores oro y cielo (¿se acuerdan del Negro Ahumada, del maestro Salinas y del argentino Ceballos? Seguro que los fanáticos de Unión Española, con dolor, no los olvidan).

Hay algo, sin embargo, que de todas maneras mantiene vigente a Til Til y hace que su nombre sea pronunciado en distintas partes de Chile, más allá de lo de Manuel Rodríguez. Desde que el visitante ingresa al pueblo, por allá o por acá, el paisaje se copa de nopales y olivos, ambos de origen extranjero y muy bien afincados en la zona, los que entregan sus deliciosos frutos en la primera parte del año.

La tuna, fruta del nopal, proveniente de México, es tan característica de Til Til que también su figura luce en el escudo comunal. Habrán sido los incas o los españoles quienes la importaron a estas latitudes. Lo claro es que en este suelo pedregoso y seco encontró un hábitat acogedor para brindarnos una fruta que, según los expertos, no sólo es de dulce sabor, sino que también tiene propiedades curativas que pueden detener un cáncer o bajar los índices de colesterol. Lo que no se comprende es cómo, después de tantos años de producción y consumo de su fruto fresco, pese a algunos pocos esfuerzos de particulares, todavía no se la potencie en términos agroindustriales, como sí ocurre en otros países. Hasta cremas de belleza en base a la tuna o el nopal se comercializan en algunas regiones del mundo, lo que no sería una mala idea para ayudar a que Til Til agregue una nueva fuente de desarrollo, como parece que está ocurriendo con el otro fruto destacado de estas tierras.

La aceituna, que nace del olivo, es parte de la famosa dieta mediterránea y está ligada a varios episodios históricos de occidente, incluso algunos bíblicos. Claramente llegó a América de la mano de los españoles y, en lo concerniente a su arribo a nuestro país, es interesante recordar lo que el historiador Eugenio Pereira Salas, en sus “Apuntes para la historia de la cocina chilena”, cuenta a este propósito: “El olivo, símbolo de la latinidad, llegó a Chile en circunstancias novelescas. Refiere el Inca Garcilaso de la Vega que, al embarcarse rumbo al Perú don Antonio de Ribera, trajo consigo cien estacas de olivo que se malograron en la navegación, salvo tres de ellas que plantó con especial cuidado en su finca de Lima. De estas tres estacas sevillanas, una vino a parar a nuestra tierra”. Y de sus hijas, agrego yo, seguramente las que se adaptaron tan bien en Til Til.

Es cierto que las aceitunas de Azapa son más grandes. Pero aquí, amigos, no se trata de una cuestión de tamaño. Al menos no en este tema. Sobre todo cuando la preparación de la aceituna se hace en base a sajarlas a cuchillo y quitarles el amargor en una solución con cenizas de madera, tratamiento que, hay que reconocer, es más lento y caro que simplemente ablandarlas con soda caústica. Explico brevemente, para quienes no lo saben, que la aceituna se saca del olivo cuando está crecida, pero no está lista para su consumo, pues requiere de un ablandamiento, reitero, con ceniza hervida (lejía); y este trabajo lleva sus semanas.

A diferencia de lo que pasa con las tunas, en Til Til desde hace unos pocos años se está desarrollando una industria de aceite de oliva que, ojalá, le entregue a este pueblo rodeado de cerros otra alternativa de desarrollo.

Las tunas se cosechan en el verano. Las aceitunas en otoño. Por lo mismo, quien se acerque a Til Til a fines de mayo y, por ejemplo, asista a la próxima conmemoración del asesinato del famoso guerrillero independentista, en la llamada “Cancha del gato”, aunque lamentablemente no podrá arribar en un tren, tendrá la oportunidad de disfrutar de las sabrosas aceitunas que preparan en este pueblo y, de paso, saber por qué he dicho que Til Til parece ser Manuel Rodríguez.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Ya no será lo mismo volver a Valdivia (es que “me aprieta la camisa”)

Unas semanas atrás, caminando bajo la llovizna por la costanera de Valdivia y su mercado fluvial, expresaba mi gozo de vivir de nuevo esa experiencia, lúdica, de estar en una de las ciudades más bellas de Chile. Unos desafiantes lobos marinos, recostados en el pavimento, fuera del río, me obligaron a torcer la ruta.

Muchos años ha, una tarde distendida de cigarros, calle y vereda, a la salida de la jornada colegial, el único compañero de curso que algo tocaba la guitarra nos cantó una canción que, en broma, nos señaló que era de su autoría. Los presentes nos contentamos y le celebramos el tema, por la agradable melodía y una letra en la que reconocimos pellejerías y paisajes urbanos cotidianos. Tiempo después supimos que el verdadero creador de la canción, bajo la metáfora de un viaje, era un dúo valdiviano.

Antes de partir a mi última visita a Valdivia, hace menos de un mes y por razones laborales, conté a mis amigos en facebook que haría tal. Titulé el breve párrafo con “Lluvias del sur”, y agregué un link al tema de Schwenke y Nilo que se pasea por la geografía física, urbana y humana de la región de Los Ríos como ya lo quisiera enseñar cualquier profesor. Porque Angachilla, el Calle-Calle, Collico y la calle Picarte son como están descritas en la canción.

A fines de octubre del año pasado, en un local de Peñalolén, tuve la última oportunidad de escuchar en vivo al dúo que ya no residía, estudiaba o creaba en Valdivia. Por supuesto que ya no eran iguales a cuando, tantas veces en la década de los ochenta o noventa, pude apreciarlos en diversas jornadas, en distintos escenarios, con la misma línea de su serena propuesta musical y su desgarradora poesía. Más todavía: el propio Nelson hizo una broma acerca de los problemas, de salud y familiares, de quienes ya superaron los cincuenta años de edad.

Este viernes 22 de junio, desde anoche en realidad, a contrapelo de lo que se señala en su canción más emblemática, Schwenke y Nilo hacen noticia. Y reconozco que me sobrecoge, lágrimas incluidas, a esta hora de la tarde de un día triste, el inicio del cotidiano programa radial de Julio César Rodríguez, que se suma a la pena y al homenaje a Nelson. Me duele esta “moda Cerati”. Y les pido disculpas por lo demasiado personal del texto escrito; pero creo que también son compartidas por miles de chilenos, especialmente por los amigos y compañeros de mi ochentera generación, por los que aman la música, por todos quienes se conmueven con las “cifras de la Unicef”.

Lo siento, querido Nelson. No tengo tu fuerza para describir con letras el dolor. Ni menos tu capacidad musical para embellecer las palabras. Es más: apenas alcanzo a contarte que en Santiago, cuando es ya invierno pero no llueve, “mi cigarrillo solo se ha consumido, sin poderlo fumar…”.

viernes, 20 de enero de 2012

¿Te gusta la ópera?

Cuando se la conoce, la ópera puede llegar a ser particularmente atractiva y cautivante. Claro que para mucha gente es la imagen misma de las artes que requieren un gran esfuerzo para comprenderlas (y, por tanto, quererlas o apreciarlas). Sin embargo, el supuesto divorcio entre la ópera y el gusto masivo tiene sus bemoles.

Hace un tiempo, en un café español, un grupo coral q ...uiso demostrar que tal distancia entre ópera y gusto popular no es tal; o que, con determinadas acciones pedagógicas, se puede producir una reconciliación. En internet hay varias muestras para comprobar el resultado de estas pruebas, por ejemplo en el siguiente video subido a youtube por AGAONAVARRA:



Por otro lado, podemos recordar que en la Italia que luchaba por su unificación (segunda mitad del siglo 19: ¿se acuerdan del libro y/o la película “El gatopardo”?), el coro “Va pensiero”, de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi, fue un himno de liberales y nacionalistas. Pues bien, en el pasado año 2011, al cumplirse el aniversario 150 de la unificación italiana, se presentó dicha obra en el teatro de la Ópera de Roma, con la dirección del maestro Ricardo Muti. En la sala estaba sentado el entonces primer ministro, Berlusconi, que por esas mismas fechas había decidido un recorte presupuestario para la cultura. En medio de la interpretación, cuando el coro cantaba el Va pensiero, Muti sintió cómo el aire se cortaba con cuchillo, tras lo cual habló contra la medida gubernamental e invitó al público a sumarse a la repetición (el bis) del sentido tema. Pueden ustedes apreciar parte de lo narrado en el siguiente video (que agradezco a martinetto66):



Más acá todavía, en el tiempo y en el espacio, en nuestro país hay quienes proponen reducir las horas lectivas de la asignatura de Música en los colegios: ¿tendré que decirles a mis dos hijos que eligieron mal al querer dedicar su vida a desarrollar este arte?

Y a todo esto, a ustedes, ¿les gusta la ópera y el canto lírico?

viernes, 22 de julio de 2011

Milagro en la Alameda

Fernando Laroche: "Alameda de las Delicias" (1900)

Miles de jóvenes manifestándose por la Alameda de Santiago, con profundas demandas a favor de educación pública gratuita y de calidad, es una de las postales significativas del Chile de hoy. Y si sumamos jornadas parecidas de los últimos tiempos, en torno a temas medioambientales o por la tolerancia a la diversidad sexual, podemos colegir que la ciudadanía quiere expresarse y hacer notar su parecer, cuando muchos la percibían presa de un prolongado letargo. Hay quienes hablan de un milagro, tal cual se cuenta del Lázaro de Betania.

Si bien las movilizaciones no han sido, ni mucho menos, exclusividad de la capital, lo cierto es que el peso político y demográfico de esta ciudad hace que destaquen por sobre lo que ocurre en regiones. Y en Santiago, claramente y no por casualidad, la arteria que concentra y sirve al desplazamiento de los manifestantes es la Alameda del Libertador Bernardo O’Higgins.

Inoficioso sería detallar todas las razones que llevan a la Alameda a cumplir el rol antes señalado. Empero, que en su paisaje estén La Moneda y la Plaza Baquedano –llamada Plaza Italia por la mayoría de quienes la refieren- explica bastante. Además, históricamente, esta vía central guarda recuerdos imborrables en el ámbito de la expresión ciudadana en el espacio público, más allá de las áreas de la política o las demandas sociales.

De seguro que el propio Bernardo O’Higgins así lo quiso, desde el momento en que por decreto de 1818, cuando trazó la antigua Cañada como paseo público, la bautizó inicialmente como “Campo de la Libertad Civil”, gesto muy propio de los aires republicanos y liberales de quienes condujeron la emancipación nacional.

Durante el siglo XIX y las primeras décadas del siguiente, la “Alameda de las Delicias”, como finalmente la llamó O’Higgins desde 1821, cada día recibió a los paseantes y vendedores que enriquecieron su paisaje y la transformaron en paseo privilegiado, como recordaba en 1941 el escritor Ricardo Puelma en su “Arenas del Mapocho”:

¡Alameda dominguera…! Yo te recuerdo con tus dos acequias laterales donde refrescaban sus manos los borrachos. Con tus vacas…, donde vendían leche pura con coñac, reventando espumosa de las ubres (…) Y las clásicas fiestas con trasnochada, del Dieciocho, la Pascua y el Año Nuevo. Desde luego, se tendía un techo en la avenida central con banderitas tricolores y faroles chinescos. Y abajo se extendían las fondas, como una gran serpiente de alegría, desde San Francisco a la Estación. Arpa y guitarra, coro de chinas cantoras con tamboreo y huifa, y déle que suene hasta que reventaba el sol por la cordillera.

Más todavía: la importancia de la Alameda fue refrendada cuando se instalaron a su vera, entre otras, las sedes del Gobierno (La Moneda, con tal función desde 1846); de la Universidad de Chile (1872); de la Universidad Católica (1914); de la Biblioteca Nacional (1925). Lo mismo cabe decir para cuando comenzó a funcionar la Estación Central de Ferrocarriles (primer edificio hacia 1857) y desde que el peñón del Santa Lucía fue entregado a la ciudad como paseo, en 1874.

Quizás la impronta que tuvo hasta mediados del siglo XX la arteria vial que nos ocupa llevó a uno de los fundadores del Ballet Nacional de Chile, el alemán Ernst Uthoff, a estrenar internacionalmente en 1957, en el Teatro Victoria de la capital, una obra navideña hecha “para niños de ocho a ochenta años relatado en danza y pantomima”, que llamó precisamente “Milagro en la Alameda”.

Y ojo, no se crea que todo lo que pasó antaño en la Alameda alimenta sólo dulces evocaciones. También las luchas sociales y políticas la tuvieron varias veces de escenario principal, y no pocas víctimas registra su historia casi doblemente centenaria, como ocurrió en 1905 durante la conocida “Huelga de la carne”.

Sin embargo, como fenómeno de largo aliento, hay que señalar que ya desde la década de 1940, en que la capital llega al primer millón de habitantes y cuando desaparecen del mapa de la Alameda la antigua Pérgola de las Flores y el Parque Inglés, ambos frente a la colonial iglesia de San Francisco, esta avenida irá perdiendo su carácter de espacio público de encuentro frente al aumento de la circulación de vehículos a motor, caracterizándose más como un lugar de paso que de paseo.

Justamente por estos días, en un afán por revitalizar prácticas sociales medio extraviadas, y cuando ciudades como Santiago parecieran fragmentarse en un sinnúmero de realidades particulares, varias de las instituciones culturales más importantes del país -y cuyas puertas dan hacia la Alameda- han decidido formar una red que, en especial, ayude a recuperar parte del rol que jugó esta avenida como espacio público de encuentro y sociabilidad.

Enhorabuena el nacimiento de este referente, llamado “Eje Alameda, Circuito Cultural” (http://ejealameda.wordpress.com/). Quién sabe si en poco tiempo más, por ejemplo cuando en el año 2021 celebremos el bicentenario de la creación de la Alameda, tengamos un nuevo milagro por obra y gracia de los hombres: que la principal calle capitalina disponga de una calzada exclusiva para los que quieran manifestar sus demandas o deseen transitarla y conversarla a paso lento.

Claro, tal vez ya no habrá venta de leche con coñac ni de pequenes, como un siglo atrás. Pero me agrada imaginar una Alameda en la que, al mismo tiempo, mientras unos ven cine o teatro, otros observan una exposición plástica o fotográfica; mientras unos engullen completos y refrescan el gaznate con cerveza, otros bailan con Chico Trujillo o Los Trukeros. Por qué no.

viernes, 17 de junio de 2011

Lugarizando la memoria: Joan Baez en Ñuñoa, Chile

Invierno de 1981, invierno de 2011. Treinta años.

A pocos días del inicio oficial del invierno, se reencuentra de nuevo con el público chileno toda una institución en la producción de música de películas: Ennio Morricone. De seguro que el éxito de su anterior paso por el país, hace tres años, incentivó la idea de traerlo de nuevo por estas latitudes.

El catálogo de Morricone es muy amplio y, para muchos, archiconocido. Ganador de un Oscar Honorífico en 2007, ha trabajado con directores de cine entre los que se cuentan Brian de Palma, Pedro Almodóvar y, por cierto, Sergio Leone. Algunas de las cintas en que participó fueron La Misión, El bueno, el malo y el feo, Cinema Paradiso, El clan de los sicilianos, Los intocables… sólo por nombrar algunas.

Podríamos escribir eternos párrafos a fin de dar cuenta del trabajo de este músico originario de Italia. Y unas cuantas páginas serían llenadas con la diversidad de géneros fílmicos en que ha participado. Sin embargo, a propósito de su regreso a nuestro país, hay una película que es pertinente recordar: se trata de una estrenada en 1971 y que relata el juicio y muerte de dos anarquistas italianos en Estados Unidos: Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. Del director Giuliano Montaldo, la película incluye una canción que se hizo popular en todo el mundo, con el nombre de Here’s to you, interpretada por Joan Baez, la cantante norteamericana que en su momento fue llamada la reina de la canción protesta.

Joan Baez, antes de la colaboración con Morricone, ya era famosa por su vínculo con la música folk, por su participación en movimientos pacifistas y a favor de los derechos humanos, por su trabajo con Bob Dylan y por su actuación en el festival de Woodstock. Por lo mismo, no fue extraño verla siempre rodeada de miles de jóvenes, en multitudinarias marchas o conciertos, o al lado de figuras como Martin Luther King. De ahí, sólo un paso tuvo que dar para formar parte de la banda sonora de Sacco y Vanzetti, la película que difundió una histórica injusticia de principios del siglo veinte.

Hacia 1981, en América Latina varios estados vivían bajo regímenes militares. Por cierto, Chile no era la excepción. En ese contexto, Joan Baez organizó una gira que incluyó Brasil, Argentina y nuestro país. Toda una empresa de solidaridad por los derechos humanos, no exenta de complejos avatares y amenazas, como la prohibición de hacer presentaciones en público.

En el invierno de 1981, en Chile todavía el dólar estaba a 39 pesos. La crisis económica del 82, la misma que quebró bancos y financieras, la que elevó la cesantía a un 25 por ciento, aún no masificaba las protestas contra la dictadura y, en ese contexto, quienes se manifestaban en contra del atropello a los derechos humanos estaban más bien confinados a un margen. Era peligroso, mortal muchas veces, sacar la voz… ni qué decir alzarla.

En el invierno de 1981, ante el acoso a la disidencia, buena parte de la Iglesia Católica, dirigida por Raúl Silva Henríquez, seguía disponiendo su ayuda a quienes no concordaban con el régimen militar, a través de la Vicaría de la Solidaridad o, muchas veces, facilitando recintos eclesiásticos a los opositores de entonces, sobre todo si de proteger los derechos humanos se trataba.

En el invierno de 1981, Joan Baez arribó a Chile, por muy poco tiempo, negándole las autoridades el permiso para hacer un concierto público. Como en otras oportunidades de esos tiempos, se hicieron los arreglos necesarios para que miles de personas no se quedaran con las ganas de recibir el saludo de la cantante norteamericana. Y así fue organizada una presentación privada, sin venta de boletos, corriendo la voz, en un salón de la Parroquia Santa Gemita, en calle Suecia al llegar a Simón Bolívar, en la comuna de Ñuñoa.

También en el invierno de 1981, en la edición número 13 de la recordada revista La Bicicleta, se anunció en portada una revisión fotográfica de la “gira” que hizo la cantante norteamericana. Más tarde, el sello Alerce, bajo la batuta del incansable Ricardo García, sacó un cassette con el registro de la actuación de Baez en Santa Gemita. Son fuentes importantes para dar cuenta de un momento especial que se vivió en Santiago de Chile.

En otro invierno posterior, en los pasillos del Campus Oriente de la Católica, alguien contó la aventura que vivió la vez que saltó las altas rejas de la parroquia Santa Gemita, a fin de entrar a escuchar el concierto de Joan Baez. Con emoción, decía que miles de personas no pudieron ingresar al salón y debieron contentarse con oírla desde un patio, por altavoces. Un amigo, más privilegiado, me narró que la artista estadounidense también visitó la sede de la Fundación Missio, en la zona norte de Santiago, para apoyar la labor que encabezaba la monja Karoline Mayer por los pobladores más pobres. Ahí la reina del folk interpretó unas pocas canciones y, cuando ya se retiraba, le pidieron que cantara ese himno de Bob Dylan llamado Blowing in the wind, ante lo que Baez se excusó diciendo que ya había guardado su guitarra; pero mi amigo tomó la propia, se puso a rasguear y, caminando por un corredor hacia la calle, tuvo el privilegio de acompañar el canto de Joan.

Al comenzar el invierno de 2011, treinta años después de los hechos narrados más arriba, gracias al soporte tecnológico de internet, pueden ustedes escuchar algo de lo que emocionó a más de cinco mil personas que, con mucho cuidado y sigilo, se reunieron en una parroquia de Ñuñoa, en la calle Suecia al llegar a Simón Bolívar.


“Sí, es verdad”, expresó Joan Baez en la parroquia Santa Gemita, como respuesta al coro multitudinario que se sumó al Here’s to you, y que modificó espontáneamente la letra del inglés por el criollo El pueblo unido jamás será vencido. Quizás algún asistente al concierto de estos días de Ennio Morricone, al oír el tema de Sacco y Vanzetti, infaltable en su repertorio, también recuerde que esa canción, hace treinta años, en el invierno de 1981, en la voz de Joan Baez, pasó a formar parte de una memoria que debe ser situada, que necesita ser lugarizada.

martes, 8 de marzo de 2011

Las patronas del 8 de marzo…

“Enigma fuiste. Enigma serás”. En un poema, así retrata Gonzalo Rojas a la mujer, a una mujer. Cohabitamos el mundo desde siempre y, para muchos hombres, nuestras compañeras de ruta siguen siendo un misterio. Quizás a ellas les ocurra lo mismo con nosotros. Empero, detrás de lo que nos puede parecer indescifrable, hay certezas del (o sobre el) mundo femenino que no se pueden soslayar o dejar de destacar, tal cual la valentía al momento de defender los derechos de los más débiles.

Esta valentía de las mujeres ya fue recogida por la literatura de la Grecia clásica, veinticinco siglos atrás, como en la divertida comedia en que, muy resueltas y dirigidas por Lisístrata, las esposas helénicas exigieron a sus maridos terminar con una larga guerra que enfrentó entre sí a las distintas polis, recurriendo a la estrategia de abstenerse de tener sexo con sus parejas; o sea, no fue una huelga, como diríamos hoy, de brazos caídos, sino de piernas cerradas (¡qué martirio, hombre!). Por cierto que lograron su objetivo: paz en las ciudades y… desorden en los dormitorios.

Porque hay que ser valiente, como lo fue nuestra Gabriela Mistral, no ya para incursionar en la alta literatura, sino al haber solicitado el indulto presidencial para su colega María Carolina Geel, la madura escritora que una tarde de abril de 1955 cegó la vida de su joven amante, con certeros disparos, en el desaparecido Hotel Crillón de Santiago. Y coraje fue el que demostró la propia victimaria al describir su permanencia tras las rejas (“Cárcel de mujeres”), obra en la que, tal vez, testimonió la (sin) razón de su acto fatídico, al decir que hay quien “llega a conocer la más mortal de las sensaciones de dolor: el tedio en el alma”.

De seguro algunos dirán que no es muy arrojado pedir cuando se tiene un premio Nobel en las manos; o que no es extraño sacar a relucir la valentía cuando se juega la vida o el honor. Ahí yo recordaría tan sólo la famosa historia del huevo de Colón. Pero nadie podrá cuestionar o dejar de celebrar los casos en que el pellejo se pone en riesgo nada más que por solidaridad con el que sufre, sin siquiera conocerlo, sin necesidad propia y menos con afanes “marqueteros”: puro amor al prójimo, que le llaman.

Estados Unidos es un país formado, en gran medida, por inmigrantes. Su desarrollo lo hace polo de atracción para miles de personas en todo el mundo, en especial para quienes están más cerca de sus fronteras, hacia el sur. Conseguir hoy una visa de trabajo en el país presidido por Obama es de suyo una aventura burocrática (y cara). Frente al desempleo, la pobreza y la desesperanza de muchos centroamericanos, la única alternativa es transformarse en un “espalda mojada” y arriesgar la vida cruzando al norte del Río Bravo. Mas, buena parte de ellos inicia su odisea mucho antes, cuando deben atravesar México: ¿cómo?

Estos centroamericanos se suben (ilegalmente, claro) en trenes de carga, sobre la marcha, generalmente en grupos pequeños que forman un gran contingente. Se “acomodan” en las escalas, descansos, cubierta de vagones, donde sea. Viajan miles de kilómetros por México en esas condiciones, tratando de no sucumbir al frío, al sueño, al hambre, a la sed, a las pandillas criminales que los extorsionan (los “mareros”) y a los policías. Muchos se caen y pierden un brazo, una pierna o la vida. Pero el llamado “Tren de las moscas” no se detiene.

El tendido ferroviario mexicano pasa, en su región suroriental, cerca de Veracruz, por un pueblo conocido como Guadalupe o La Patrona. Y ahí, en ese pequeño poblado de casi cuatro mil habitantes, un grupo de mujeres, día a día, prepara bolsas y botellas con ropa, alimento, medicina, agua. Cuando se asoma el tren que viene del sur, este grupo se dispone al lado de la línea férrea y, a riesgo de la propia integridad física, sin saber quiénes son los que viajan arriba con la idea de torcer el destino, extiende su mano generosa a otra mano desamparada. Nadie se los pidió: les nació, no más. Eso es amor… y valentía de mujer.

Por el nombre de su pueblo, estas mujeres son conocidas hoy como “Las Patronas”. Algunas han dicho que su acción se genera en que la precariedad de los emigrantes “les parte el alma”. Otras han señalado que en los rostros de los viajeros han visto el de Jesús sufriente. Sea como sea, he ahí un ejemplo de estos días, de nuestra realidad contemporánea, en que, una vez más, se presenta el coraje del género femenino. Quien quiera conocer un poco más sobre esta historia puede visitar el sitio de más abajo (eso sí, sin llorar mucho, eh):
 

 
Si Naciones Unidas (cuyos secretarios generales han sido sólo hombres) consagró el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, lo hizo por la presión de los decididos movimientos femeninos, en especial de las trabajadoras, demandando igualdad de trato, en circunstancias que aumentaba su incidencia en las faenas productivas y en la vida pública durante el siglo pasado. Ahí, en esa lucha, es en la que descolló otra mujer valiente, nuestra iquiqueña Elena Caffarena, de la que, hasta donde conozco, ninguna calle en Chile lleva su nombre.

Con todos los ejemplos señalados (y otros innumerables), no llamará la atención, por tanto, que sean principalmente las mujeres chilenas quienes, alejadas de criterios ajenos a la salud física y mental de los recién nacidos, aseguren que la anunciada normativa que extiende el período posnatal sea cumplida con los propósitos con que fue planteada hace varios años. Pues está claro que el beneficio es, no para ellas, las mujeres, sino para los bebés.

Gonzalo Rojas, el poeta, también se preguntó ¿qué se ama cuando se ama? (“¿la mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes…?”). Para el caso del género masculino (una buena parte al menos, entre los que me incluyo), queda claro que lo que se ama es a ese enigma que nos acompaña en el viaje por el mundo y la historia, que no por enigmática deja de ser valiente. A ella, para ellas, muchas felicidades.