lunes, 22 de diciembre de 2008

Un tufillo recorre la plaza


En el corazón de la ciudad, mientras los devotos se confiesan al Hacedor, los turistas fotografían la Catedral de Santiago y los peruanos residentes recuerdan su tierra natal, a un costado de la principal iglesia nacional, el mal olor obliga a arriscar la nariz.

Que el esmog y el ruido forman parte de la elevada contaminación de la ciudad capital es una realidad que sus transitantes, los permanentes y los ocasionales, manejamos y sufrimos con no poca estoicidad. Especialmente, porque creemos entender que la solución a este moderno problema conlleva una larga, profunda y costosa tarea que incluye, entre otros, mucha fuerza de voluntad para modificar algunos de nuestros ya sempiternos malos hábitos. Requerimos, de seguro, una transformación como la encabezada en Santiago por don Benjamín Vicuña Mackenna, allá por la década del 1870.

Sin embargo, hay problemillas que no parecen necesitar más que un par de herramientas para dejar de serlo. Parece. Como ocurre cuando se nos tapa el lavaplatos. Es lo que pensamos quienes arribamos al pleno centro de la ciudad, ascendiendo por las escaleras de la estación del metro Plaza de Armas que se ubica en calle Puente, al costado poniente del edificio de Correos de Chile, mismo lugar que por siglos albergara la casa de los gobernadores y, más tarde, a los ilustres presidentes de la naciente república. O sea, una esquina de no poca trascendencia.

Pues bien, antes de toparse con la marea humana que deambula por el sector; antes de escuchar el barullo in crescendo de vehículos, comerciantes y paseantes; antes de reconocer las clásicas formas de la Catedral; por cierto, antes de observar el desgastado cielo que cubre la capital; antes de todo eso, un fuerte olor a descomposición nos cachetea y nos entrega la mal-venida a las históricas calles céntricas. Como para arrancar de inmediato. Si usted lector se imagina que exagero, lo invito (más bien lo desafío) a que haga el ejercicio de acudir al lugar. Quédese un par de minutos en la esquina, coloque cara circunspecta y observe las expresiones de asco de quienes pasan por ahí. Si no le basta ello, pregunte por “el problema” a los sufridos locatarios del sector, que deben tolerarlo por toda una jornada.

Se imaginan a un turista extranjero, importante o desconocido, asomando recién sus narices a esta ciudad -que pretende ser de clase mundial- y que reciba el saludo de este hedor. Tal vez por pudor o lo que sea, igual que varios cronistas foráneos que pasearon por la Plaza Mayor en siglos pasados, dicho turista no haga alusión a los vahos malolientes que emanan del lugar. Puede ser. Pero de que existe, existe.

Y por qué la referencia a los forasteros, se preguntará usted. Es que el problema no es nuevo, le respondo. No se trata de la misma situación, pero sí muy similar. Fíjese que al historiador nacional Guillermo Feliú Cruz, en “Santiago a comienzos del siglo XIX. Crónicas de los viajeros”, al tratar el tema de la Plaza de Armas, le llama la atención que escritores nacionales, a diferencia de otros foráneos, hayan plasmado en sus textos, con huella imborrable, algunos paisajes cotidianos y desagradables del centro mismo de la capital. Por ejemplo, de la pluma de Vicente Pérez Rosales en 1814, Feliú Cruz rescata que “era cosa común ver todas las mañanas tendidos, al lado afuera de la arquería de este triste edificio (la cárcel, donde hoy se yergue la Municipalidad de Santiago), uno o dos cadáveres ensangrentados, allí expuestos por la policía para que fueran reconocidos por sus respectivos deudos”. Huelgan comentarios.

También Feliú Cruz recoge las anotaciones que hiciera a principios de la segunda década del siglo antepasado otro ilustre personaje de nuestra historia republicana, el afamado compositor José Zapiola, autor del Himno de Yungay. En este caso, recordemos las palabras con que el músico retrató en “Recuerdos de treinta años (1810-1840)” esos problemillas que, casi doscientos años después, parecen no querer abandonar el paisaje olfativo de la Plaza Mayor: “… el resto de la plaza hasta la pila, decimos, estaba ocupado por los vendedores de mote, picarones, huesillos, etc., y por los caballos de los carniceros. Ya pueden considerar nuestros lectores cuál sería el estado de esta plaza que sólo se barría muy de tarde en tarde, no por los que la ensuciaban, sino por los presos de la cárcel inmediata, armados de grandes ramas de espino que no hacían más que levantar polvo, dejándola en el mismo estado, pero produciendo más hediondez, como era natural”. Un poco más adelante, Zapiola suma agravantes a la descripción: “A esto hay que agregar una ancha acequia que atravesaba, como ahora, toda la plaza. Esta acequia, descubierta en su mayor parte, sin corriente, y no siendo de ladrillo, proporcionaba más facilidad para la aglomeración de cieno. Lo que había en sus orillas no necesitamos decirlo, pues para los vendedores no había otro lugar de ‘descanso’ (vaciar el cuerpo), de tal modo que, cuando el sol calentaba, se levantaba un humo denso producido por las evaporaciones de las inmundicias acumuladas allí”.

Si Pérez Rosales y Zapiola no merecen dudas respecto a la veracidad de sus anotaciones, lo que a Guillermo Feliú Cruz le pareció extraño fue que viajeros contemporáneos a nuestros ilustres personajes no dejaran referencias al poco glamoroso paisaje de la Plaza de Armas y, más bien, la pintaran como un agradable espacio en el que “ningún detalle afea la descripción”. Más todavía: sin fruncir el ceño, hubo algunos de estos visitantes del 1800 que la compararon a su similar de Lima, la Ciudad de los Reyes. No sería extraño entonces que ninguno de los muchos paseantes extranjeros, que por estos tiempos son llevados a fotografiar la Catedral de Santiago, realice alusión alguna al fuerte y desagradable aroma que inunda el sector señalado.

Consultados un par de quiosqueros de la esquina que forman las calles Catedral y Puente, señalaron que el problema del mal olor deviene de hace mucho tiempo y que su fuente se origina en la red del alcantarillado, cuya ferrosa rejilla alcanza a cubrir de la vista, mas no del olfato, lo que pasa por abajo. Agregaron nuestros compungidos amigos en que no deben hacer falta sofisticadas herramientas para detener este verdadero problemilla enclavado en el corazón de la ciudad capital.

Es decir, sintetizamos nosotros, que la autoridad edilicia tendrá a la mano lo mínimamente menester a fin de solucionar esta bicoca y dispondrá así de más energías para buscar remedio al problema mayor de la contaminación santiaguina.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

¡Tramoyistas del mundo, uníos!


Cada vez que finaliza una función artística, los aplausos (si los hay) se los llevan los actores principales y, en general, la gente que sale en escena. Sin embargo, todos sabemos que la organización de un espectáculo requiere del esfuerzo de muchos otros que se ubican tras las bambalinas. Generalmente desconocidos o de bajo perfil, suelen recibir el reconocimiento público sólo cuando alguien lo pide de manera expresa. Así ocurre con los responsables del maquillaje, el vestuario o… la tramoya.

La tramoya, grosso modo, es todo lo que se vincula con los elementos pesados o de cierta envergadura que se utilizan en la ejecución o puesta en escena de una obra (teatro, concierto, cine, etc.). Lo habitual es que se le asocie con la escenografía y todos los movimientos de utilería. Y, por cierto, el encargado de todo ese andamiaje es llamado tramoyista. Desconozco el origen de la frase, pero durante algún tiempo, en nuestro país, en la televisión por ejemplo, fue habitual que se identificara a quienes ejercían éste y otros oficios similares con la designación genérica de “Luchito Mario”, como una forma más de significar el anonimato en que desarrollan su labor. Sin embargo, nadie desconoce que sin su presencia, el espectáculo no es posible.

Hacia 1857, en Santiago se inauguró el Teatro Municipal, magna y bella obra que serviría para cobijar a las más importantes representaciones ligadas a la ópera, al ballet y a la llamada música clásica. Necesitaba la capital un espacio digno para tales manifestaciones artísticas, que dejara en el olvido a los antiguos edificios de madera que le precedieron para tales fines, como el construido en 1820 por el edecán de Bernardo O’Higgins, en la Plazuela de la Compañía.

De estilo neoclásico, el hermoso edificio del Teatro Municipal fue responsabilidad del arquitecto Francisco Brunet des Baines y del ingeniero Augusto Charme, ambos de origen francés. Pero, más de ciento cincuenta años de existencia no han pasado en vano y, por lo mismo, nombres como los de los arquitectos Lucien Hénault, Emilo Doyére o Eusebio Chelli, están inscritos también en su historia; la razón, eso sí, más que el deterioro natural, ha sido el de los varios desastres que lo han afectado.

De seguro que el episodio más lamentable que sufrió el Municipal de Santiago, y que lo mantuvo cerrado durante casi tres años, fue el famoso incendio del 8 de diciembre de 1870. Exactamente siete años después del siniestro que acabó con la Iglesia de la Compañía y que, por la conmoción que causó, diera origen al Cuerpo de Bomberos de la capital, esta institución de voluntarios debió enfrentar las llamas que se desencadenaron al finalizar una presentación de la cantante Carlota Patti. Ya los bomberos santiaguinos habían participado en incendios de proporciones, pero en el del Municipal tendrían a su primer mártir: el teniente tercero Germán Tenderini y Vacca.

Nacido en Italia, activo militante de la lucha que dio origen a la república en su país natal (1870, el mismo año en que murió trágicamente), Tenderini se distinguió en Chile por su carácter filantrópico, que lo llevó a ser de los primeros voluntarios en inscribirse en las filas de los bomberos de Santiago. Estando en una reunión de los masones, a pocos pasos del Teatro Municipal, apenas sintió las alarmas, en la noche del 8 de diciembre, se dirigió al edificio en llamas para tratar de controlar el fuego. A los dos días, su cuerpo incinerado fue descubierto entre los escombros aún humeantes.

En el reporte que hace del incendio, su colega Arturo Villarroel (el famoso General Dinamita, de la Guerra del Pacífico) señala lo siguiente:

“Un recuerdo del compañero muerto. Tenderini era el primero en quien se habían hecho notar los efectos del humo i de la opresión del pecho. Se sentía desfallecer i le grité como amigo:
- Viva Italia! Tenderini.
– Viva la República, me contestó, saludando con entusiasmo la reciente emancipación de su patria”.


Con justicia, la calle que está al oriente del Teatro Municipal lleva el nombre de este insigne italiano residente en Chile. Con justicia, un busto del primer mártir de los bomberos capitalinos está a un costado del mismo teatro. Con justicia, Germán Tenderini está inscrito en la historia del Municipal, junto al de los arquitectos que lo construyeron y lo refaccionaron, y al lado de los más importantes artistas que han pasado por su escenario.

Sin embargo, lo que no es justo, lo que no corresponde, es que el otro héroe de la infausta jornada no ocupe un sitial similar al de Tenderini. Es el propio Arturo Villarroel, en el mismo reporte ya citado, el que anotó lo que transcribo a continuación:

“Como a las 11 3/4 PM de anoche nos encontrábamos cerca del teatro con varios bomberos i Quintanilla cuando sentimos las primeras alarmas… Nos dirijimos precipitadamente al teatro, i después de algunos esfuerzos llegamos con Tenderini al proscenio donde se nos juntó Quintanilla (…) Nos encontrábamos en una parte elevada de las tramoyas; al olor que producía el incendio me sentí con la garganta oprimida, desvanecida la cabeza, i un zumbido en los oídos. Mis compañeros debieron sentirse probablemente tan desvanecidos y sofocados como yo por el humo i el olor de las sustancias que ardían (…) En estos momentos Quintanilla trata de sostenerse con fuerza (…) de mi ropa, i me dice:
- Me ahogo! Me muero!
Me apoyé por un instante no sé en qué, pero luego caimos ambos. Desde entonces no sé lo que pasó”.


Lo que pasó fue que Santiago Quintanilla, igual que Germán Tenderini, falleció producto del incendio. Santiago Quintanilla fue de los primeros en acudir al siniestro, no porque fuera bombero, sino porque conocía muy bien el edificio, especialmente el sector de las tramoyas, que es donde se originó el fuego. Santiago Quintanilla era tramoyista del Municipal. Seguramente, no estaba acostumbrado a los aplausos. Tal vez por eso no le extrañe que su nombre no figure junto al de Tenderini. Quizás no hubiese querido que un busto suyo, y menos una calle, lo recordara como se merece. Pero nosotros sabemos que sin su trabajo no pudo haber espectáculo. Y, más importante, conocemos de su heroísmo y dedicación al Teatro Municipal, refrendado en aquella triste noche de diciembre de 1870. ¿Habrá autoridades, o actuales colegas del tramoyista Santiago Quintanilla, que quieran reivindicar -como se merece- su figura?