lunes, 17 de agosto de 2009

Independencia y cultura: 196 años de la Biblioteca Nacional


A Micaela Navarrete

Los ánimos en Chile, desde septiembre de 1810, se encendían más cada día que pasaba, en tanto los acontecimientos y las acciones de diversos grupos obligaban a tomar partido a los indecisos. La instalación de la Junta de Gobierno fue una apuesta arriesgada de quienes, los menos todavía, anhelaban emular a los colonos norteamericanos y a los criollos de Quito y Caracas, para luego emprender la aventura de la emancipación plena. Hacia agosto de 1813, ya en el teatro de operaciones desplegaban sus energías los Carrera, O’Higgins, Henríquez y muchos jóvenes, otros no tanto, ilustrados y enérgicos, que querían torcer el curso de la historia hacia destinos de libertad y progreso (sí, está claro que a estas alturas, casi doscientos años después, la frase suena cursi; pero no es irreal). Y también los partidarios de mantener el statu quo jugaban sus fichas, encabezados por el propio Virrey de Lima y sus acólitos locales.

La tensión es máxima, se vive una verdadera situación revolucionaria, los debates y los actos conspirativos se multiplican, la propaganda es ardua. Y la acción política, los contenidos teóricos, la oposición discursiva, el argumento de la razón, se irá complementando con el despliegue militar, con el recurso de la fuerza. Los combates de Yerbas Buenas y San Carlos indican que no hay vuelta atrás.

La vorágine pudo hacer que los patriotas prescindieran, en esas circunstancias, impelidos a acudir al campo de batalla a defender sus ideas, de espacios para la creación cultural. Nadie se los podría enrostrar. Pero quienes de verdad tienen visión de futuro, quienes pretenden provocar un cambio profundo en las estructuras materiales y mentales, suelen sobreponerse a la inmediatez. Por ello, no cabe sino agradecer y saludar a los dirigentes de la gesta libertaria que, al mismo tiempo de armar una milicia y empuñar las armas, escribieron una proclama en la edición número 57, del jueves 19 de agosto de 1813, en El Monitor Araucano, en uno de cuyos párrafos rezaba que “… el primer paso que dan los pueblos para ser sabios, es proporcionarse grandes Bibliotecas”.

En efecto. Convencidos que un buen e independiente gobierno es, entre otras cosas, más que asegurar un territorio libre; más que invalidar las órdenes de una autoridad extranjera; por cierto, más que mantener un ejército que asegure las fronteras; digo que convencidos de aquello, los próceres de la emancipación nacional tuvieron el temple y la mirada profunda para incentivar también el crecimiento intelectual de sus conciudadanos. Y así dispusieron la creación de un espacio para el acopio de libros y su necesaria lectura. De esta forma, imbuidos de los ideales ilustrados, dieron el paso que originó la Biblioteca Nacional de Chile, institución del todo republicana que se transformará en faro cultural del país.

Pero no sólo crearon una biblioteca y entregaron los recursos para mantenerla con dignidad. Los próceres también realizaron una invitación a todo el pueblo, a que cada cual contribuyera con su crecimiento y sustento. Esto es, se trató de una empresa colectiva, participativa. En el mismo decreto citado anteriormente, que lleva las firmas de Francisco Antonio Pérez, Agustín Manuel Eyzaguirre y Juan Egaña, se indica que “Para esto se abre una suscripción patriótica de libros y modelos de máquinas para las artes, en donde cada uno al ofrecer un objeto o dinero para su compra pueda decir con verdad ‘he aquí la parte con que contribuyo a la opinión y a la felicidad presente y futura de mi país’. Todo libro será un don precioso, porque todos son útiles…”.

Vencidos momentáneamente los patriotas en 1814 e iniciada la etapa de Reconquista española, habrá que esperar hasta 1818 el nuevo impulso que reabrirá la Biblioteca Nacional y la dotará de un director a la altura de la misión: don Manuel de Salas. Todavía quedaban urgencias políticas y militares, pero una vez más se impuso el afán ilustrador. Con traspasos de libros de otras instituciones, con donaciones particulares pequeñas o de benefactores mayores, con la adquisición de colecciones privadas significativas, como las de Mariano Egaña, Benjamín Vicuña Mackenna o Andrés Bello, la Biblioteca Nacional fue tomando la envergadura que imaginaron sus creadores.

Y más aún. Estos campeones del liberalismo del siglo 19, no contentos con la posibilidad de hacer crecer la institución con los recursos propios y las donaciones voluntarias, obligaron, primero al propio Estado y después a los particulares, mediante el sistema del “depósito legal”, a que se entregara un número determinado de copias de cada publicación (actualmente son quince ejemplares de libros e impresos) para los archivos y anaqueles de la Biblioteca Nacional. He ahí, nuevamente reitero, visión de futuro.

Ya fuera en las dependencias de la antigua Universidad de San Felipe, hoy el lugar en que está el Teatro Municipal; ya en el edificio de la Aduana, donde hoy funciona el Museo de Arte Precolombino; ya en la sede construida en los antiguos terrenos de la Compañía de Jesús, detrás de la malograda iglesia que se incendió en 1863; ya en el histórico Tribunal del Consulado, donde se verificó el Cabildo Abierto de 1810, mismo lugar en que sesionó el Primer Congreso Nacional y donde hoy se ubica el ala oriente del Palacio de los Tribunales de Justicia; durante más de un siglo, la Biblioteca Nacional deambuló con su valiosa y creciente custodia por el casco histórico de Santiago, hasta que finalmente, como parte de las obras levantadas en honor al centenario de la República, recaló en 1925 en la actual sede, que se construyó en lo que fue el convento de las monjas clarisas.

Ilustres nombres se vinculan a la gestión de la Biblioteca Nacional: Manuel de Salas, Camilo Henríquez, José Miguel de la Barra, José Victorino Lastarria, Luis Montt, Guillermo Feliú Cruz, Juvencio Valle, son algunos de los más connotados. Sin embargo, son los más de un millón de usuarios anuales desconocidos (aunque no tanto, pues hay que inscribir el nombre al solicitar un servicio) los que validan cotidianamente la decisión de sus creadores.

Sin lugar a dudas que la constitución, sostenimiento y ampliación de las atenciones que presta la Biblioteca Nacional son un reconocido aporte a la difusión de la cultura en Chile. Algo que no se puede decir de acciones como las de imponer (y mantener) el cobro del IVA a los libros, un verdadero pistoletazo a la lectura. Al momento de conmemorar este 19 de agosto de 2009 los 196 años de su fundación, ad portas del celebrar el bicentenario republicano y en el curso de la discusión que ha de crear una nueva institucionalidad del patrimonio cultural en Chile (que también incidirá en la labor futura de la Biblioteca, en tanto parte de la DIBAM), interesante sería recoger los anhelos de aquellos visionarios hombres de estado que, en medio de la guerra que libraban en 1813, señalaron su preocupación porque “… al presentarse un extranjero en el país que le es desconocido, forma la idea de su ilustración por las bibliotecas y demás institutos literarios que contiene”.

Ahí tenemos, a la vez, un piso y un horizonte. En la historia de la Biblioteca Nacional encontramos empeño, carácter, participación ciudadana, voluntad de ser más; cultura de cada día y no fogonazos artificiales de tanto en tanto… ni menos disparos a la formación de un país ilustrado.