jueves, 2 de abril de 2009

La República en un bello barrio


"Descubrí un bello barrio
de luces antiguas y gente amable".
Mauricio Redolés



Caminar a las nueve de la noche por la plaza Yungay de Santiago, por ejemplo un jueves o un lunes del presente otoño, es un ejercicio de sanidad y reencuentro que puede llevar, si se ha vivido la experiencia, a un espacio provinciano de hoy. Paseantes que se refrescan en la previa al recogimiento diario; niños que en sus patinetas apuestan a la última destreza antes de ser llamados a preparar los útiles escolares del día siguiente; el almacenero que vende los panes que le quedan o el tomate que acompañará la cena del vecino; jóvenes que discretamente flirtean o comentan las vicisitudes de la jornada que acaba. Las luces son tenues, igual que los decibeles emitidos por los conversantes de las pocas bancas ocupadas de la plaza. Sólo el motor de un auto, cada tanto, o las risas de los muchachos rompen la bucólica escena. Sí. En la tarde-noche, parece una plaza alejada de la capital.


Durante las horas laborales la situación cambia bastante, pero la también llamada Plaza del Roto Chileno mantiene la fisonomía de otra latitud más serena. Parece que no quiere asumir que está a pocas cuadras del centro de la ciudad más grande y traqueteada del país; y que le corresponde ser el portaestandarte de un barrio no pequeño y con una historia señera, iniciada hace exactamente ciento setenta años.

Consolidada la independencia del imperio español, en la década de 1820, tras el gobierno de O'Higgins vino una serie de apuestas institucionales sobre el tipo de país que sería Chile. Triunfantes los sectores más conservadores, con José Joaquín Prieto se iniciará el llamado período de los decenios. Importante papel jugó en esos momentos Diego Portales, quien también impulsó la participación del país en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana. La batalla decisiva de este conflicto, el 20 de enero de 1839, se libró en el poblado peruano de Yungay y las autoridades prepararon un gran recibimiento a quien comandó las tropas nacionales, el general Manuel Bulnes, acompañado de sus oficiales y "rotos". El país hervía de patriotismo.


Por la misma época, la población de Santiago bordeaba poco menos de ochenta mil residentes y seguía creciendo. El viejo triángulo que limitaba a la ciudad (con vértice en el cerro Santa Lucía y que se enmarcaba entre el río Mapocho, la Alameda de las Delicias y la Acequia de Negrete, actual calle Brasil), se hizo estrecho. La capital, absolutamente consolidada en su primacía sobre otras ciudades, requería nuevos espacios habitables. Las miradas se dirigieron hacia el poniente. Y el gobierno de Prieto, en ese contexto, en 1839, decide crear, por primera vez en la historia independiente, un nuevo distrito planificado. Nace así el primer barrio republicano de Santiago.


Los ecos patrióticos de la guerra recién ganada llevaron a la autoridad, de seguro, a que se escogiera el 5 de abril, en recuerdo del triunfo independentista de Maipú, como la fecha en que se oficializa la creación del nuevo barrio. Y la batalla decisiva del mismo conflicto del norte hizo que el nombre fuera indiscutido: Yungay. Los límites estaban dados por la Alameda, el río, la Alameda de San Juan (actual Matucana, nombre que también alude a una batalla de la guerra contra la Confederación) y la ya mencionada Acequia de Negrete (Brasil).


La mayor parte de este terreno pertenecía a la numerosa familia del extinto Diego Portales, la que obtuvo importantes dividendos con la venta del predio. Pingüe negocio también para los primeros compradores, quienes la subdividieron y la delinearon: los ingenieros Jacinto Cueto y Juan de la Cruz Sotomayor (y que en el barrio son recordados con sendos nombres de dos calles paralelas, una de las que, equivocadamente, tiene en su señalética la denominación oficial de Rafael Sotomayor, uno de los políticos encargados de la Guerra del Pacífico).


Si consideramos que por los mismos años el Estado compró una gran predio más al poniente, a fin de destinarlo a la experimentación agrícola (la Quinta Normal de Agricultura), tal como señaló el historiador Armando de Ramón, nos encontramos aquí con un excelente ejemplo de cómo el mecanismo de la renta de la tierra juega un rol importante en la expansión y la especulación urbana. Claro, los precios de los terrenos del barrio Yungay, paso obligado entre el centro de la ciudad y la naciente Quinta Normal, tuvieron un alza sostenida que atrajo a segmentos de la aristocracia, de la intelectualidad y a muchos representantes de la creciente capa media, a la vez que lo despojó pronto de su estigma de arrabal extramuros y que llevó al intendente Vicuña Mackenna, tres décadas después, a incluirlo dentro de los límites de la "ciudad propia y cristiana".


No es menor señalar que en el nuevo barrio vivieron el sabio de origen polaco, y tercer rector de la Universidad de Chile, Ignacio Domeyko (su casa todavía se puede apreciar en el número 572 de la calle Cueto), el educador y político argentino Domingo Faustino Sarmiento o el poeta y político chileno Eusebio Lillo. Tampoco es baladí decir que en su interior se alzaron, por ejemplo, los edificios de la Escuela Normal de Preceptores (y su par femenina, hoy Museo de la Educación Gabriela Mistral); de los teatros Zig-Zag y Novedades (este último aún en pie); de las iglesias de San Saturnino y de Nuestra Señora de Andacollo; de la primera iglesia metodista de la capital; de la sede del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, y de los liceos Amunátegui y Cervantes. Estos apretados ejemplos dan una idea de la impronta cultural e intelectual de Yungay. Pero no es lo único destacable.


Si hemos dicho que Yungay es, en Santiago, el primer barrio de la República, por ser creado tras la independencia, dicha connotación republicana se reafirma con otros hechos. Como acoger permanentemente a la población migrante, nacional o extranjera. Porque en su interior se han mezclado espacios obreros (como los retratados por Nicomedes Guzmán en su clásica "La sangre y la esperanza"), al lado (o "atrasito") de aristocráticas construcciones (como las del sector de "Concha y Toro"). Porque aquí, antaño, tuvo cabida la tertulia literaria de Rubén Darío y, hogaño, la creatividad de Mauricio Redolés. Porque cada 20 de enero, en la plaza principal, se expresa la pomposidad oficial que recuerda el triunfo en la batalla y, al mismo tiempo, el pueblo hace llover la challa con que se autofesteja. Porque aquí todavía es posible encontrar alguna farmacia que no se colude para aumentar artificialmente los precios, emulando a sus pares del barrio que en el siglo 19 "ostentaban vistosos letreros en los cuales se leía: ‘Médico gratis a cualquiera hora ofrece esta botica'", según nos cuenta el cronista Fidel Araneda.


Este carácter republicano del barrio Yungay, refrendado por su patrimonial historia, es en parte lo que motivó al Consejo de Monumentos a declarar recientemente "Zona Típica" a un espacio de casi 120 hectáreas de su interior. Este carácter republicano es el que, al caer la noche, se puede respirar apaciblemente bajo la figura del campesino-soldado que, obra de Virginio Arias, preside la Plaza del Roto Chileno. Este carácter republicano es el que saludamos en los 170 años del Barrio Yungay.

martes, 24 de marzo de 2009

Santiago con ojos de gringa… (*)

Nuestra ciudad capital, desde que Chile cortó amarras con el imperio español a principios del siglo XIX, casi de inmediato (y no por casualidad) recibió la constante visita e inmigración definitiva de ciudadanos de origen anglosajón. Comerciantes, aventureros, viajeros, científicos, religiosos (protestantes, por cierto), militares y buscadores de un mejor destino, entre muchos otros, se aparecieron por este confín del mundo con distintos propósitos. Es cierto que hubo los que pasearon por Santiago en tiempos de la Colonia, pero fueron más bien escasos.

Lord Thomas Cochrane y Charles Darwin son dos de los más connotados de estos personajes en la centuria antepasada. Incluso, posteriormente y hasta en días recientes, son varios los representantes de la casa real británica que se han dado una vuelta por estos lares.

No pocos de estos visitantes hicieron pormenorizadas descripciones de la capital y sus habitantes. Así ocurrió, por ejemplo, con dos mujeres que, por razones distintas y en épocas bien diferentes, se pasearon por las mismas (o casi las mismas) calles que transitamos los nacidos en estos terruños. De hecho, una de ellas todavía reside en el país (hago un alcance al final del texto).

Mary Graham, hija y esposa de marinos ingleses, viajaba con su marido por América cuando quedó viuda en el Cabo de Hornos. No tuvo problemas para asumir su nueva condición y, al atracar el barco en Valparaíso, en abril de 1822, decide quedarse un tiempo en Chile. Durante casi un año será una aguda observadora del paisaje y las vicisitudes que atravesaba la naciente república. Todo lo que vio Graham lo publicó bajo el título de “Diario de mi residencia en Chile en el año 1822”. Vinculada a la aristocracia inglesa, acá tuvo la oportunidad de tratar con los personajes más prominentes de aquel entonces, incluidos el Director Supremo, Bernardo O’Higgins, y algunos sobrevivientes de la familia de los Carrera.

Aunque pasó la mayor parte del tiempo en Valparaíso, casi todo septiembre Mary Graham estuvo en la capital. Acá hizo varios viajes menores, con sendos paseos a la zona de Talagante, Melipilla y a los baños de Colina (en tiempos en que eso implicaba varios días). Entre las muchas observaciones que hizo de Santiago y sus habitantes, es imposible no traer a colación algunas que reflejan todavía nuestra forma de ser y de comportarnos; u otras que bien describen la ciudad en esa época.

Por ejemplo, en cuanto a los hábitos alimenticios, en la primera cena que prueba en la capital, nuestra cronista señala que “la comida fue mucho más abundante de lo que es consistente con el buen gusto, pero todo estaba bien servido aunque con demasiado ajo y aceite. El pescado fue el último plato. Todos los guisos fueron servidos en la mesa y fue difícil resistir las constantes invitaciones para probarlo todo. Se considera una muestra de la mayor amabilidad el sacar alimentos del propio plato y ponerlo en el de un amigo, y nadie tiene escrúpulos de servirse de otro plato con la misma cuchara o cuchillo con la que ha estado probando o incluso comiendo de la fuente. En los intervalos se ofrecía pan, mantequilla o aceitunas. A juzgar por lo que vi hoy, los chilenos tienen un gran apetito, especialmente por los dulces, pero son muy parcos en la bebida”.

En otra anotación, que muestra el influjo de la religión católica en el país, Graham declara su abierta desilusión porque no pudo conocer el funcionamiento de algunas instituciones, en una jornada en que se celebraba a san Agustín: “… cuando fui con el señor de Roos a visitar la escuela lancasteriana, encontramos que todos los niños se habían ido a misa en honor a San Agustín y la escuela estaba cerrada. Nos dirigimos a la imprenta nacional, las puertas estaban cerradas y los impresores en misa. De allí nos dirigimos hacia la cámara del Consulado, esperando presenciar una sesión de la convención, pero los miembros estaban en misa. Entonces, desesperada por ver cualquier lugar público o gente, pensé en ir a dibujar y reparé en la plaza (de Armas), en donde se me había prometido un balcón con tal objeto, pero el dueño del lugar había ido a misa y llevó consigo las llaves”.

Por último, rescato ahora del diario de la inglesa Mary Graham –escrito en 1822-, su visión panorámica de la cuenca de Santiago, desde las alturas de la cuesta de Lo Prado: “Finalmente llegamos a la cima y los Andes aparecieron en blanca majestad sobre cien cadenas de cerros menores (…). Los altos cerros que rodean a la ciudad y la cadena de montañas más magnífica del mundo, la cordillera de los Andes, cubierta con nieve, con sus cimas disparándose hacia el cielo y densas nubes en las quebradas oscuras, ofrecían a mi vista una escena como jamás había contemplado antes”. Por cierto, en aquellos años no era necesaria la existencia de un “gerente del aire” en la capital.

Muchos años después que Graham, más de 130 para ser exactos, cuando Santiago y Chile habían cambiado bastante (lo mismo que el resto del mundo), otra mujer nacida en Inglaterra, cultivadora de la danza, también en barco, por razones ligadas al amor, vino a este lado del mundo. Hacia septiembre de 1954, con previa recalada en Valparaíso, Joan Turner arribó a la ciudad capital. Acá se dedicó a enseñar y a mostrar su profesión, se separó de su primer marido chileno y se unió sentimentalmente, para siempre, con una de los íconos de nuestra cultura: Víctor Jara. Enviudada de forma trágica en 1973, Turner volvió a su país –con dos hijas, un nuevo apellido y muchos recuerdos-, para retornar definitivamente a Chile en 1983, con un libro bajo el brazo: “Víctor Jara, un canto truncado”.

En el texto de Joan Jara también es posible encontrar abundantes referencias a los paisajes y costumbres de los chilenos, en general, y de los capitalinos, en particular. En lo que concierne a la alimentación, por ejemplo, esta otra “gringa” refiere su admiración por la forma en que acá llenamos el estómago a media tarde: “Tazas de té y de café mantenían despierta a la gente, y después de una sesión de trabajo todos tomaban ‘onces’, esa típica costumbre chilena de la tarde que no tiene ninguna semejanza con el británico ‘té de las cinco’. Tazones de leche caliente coloreados con té fuerte, panecillos untados con mantequilla, queso, puré de paltas o dulce de membrillo (…). Si hacía poco Víctor había ido al mercado, podía haber queso de cabra y arrollado de carne de cerdo bien aliñada y picante…”.

Y así como a la inglesa Mary Graham, en 1822, le llamó la atención que una fiesta religiosa detuviera las labores habituales de la población, su coterránea Joan Jara hace mención a un episodio -de fines de los años sesenta- en que la recopilación folclórica de su marido tuvo un fuerte desencuentro con ciertos sectores católicos: “A esa grabación siguió rápidamente otra, con ‘Paloma quiero contarte’ y una de las canciones cómicas del repertorio de Víctor, con juegos de palabras típicamente chilenos, que se mofaba de la pasión de ‘La beata’ –título de la canción- por el cura a quien confesaba sus pecados, con un humor picaresco (…). Se produjo un alboroto descomunal. Víctor se encontró envuelto en un escándalo. Muchas radios prohibieron la emisión del disco. Después la Oficina de Información de la Presidencia ordenó que fuera retirada de las tiendas y se destruyese el original”.

Finalmente, también en su primer encuentro con la capital, Joan Jara tiene destacadas palabras para describir el paisaje que la rodea: “La llegada a Santiago significó enfrentarse cara a cara con los Andes, imponentes cumbres cubiertas de nieve que dominan el cielo y la ciudad, una gran muralla que te espera en las esquinas, tan próxima que llegabas a convencerte de que, si alargabas la mano, podías tocarla. En cuanto ves los Andes, comprendes por qué los niños chilenos invariablemente dibujan paisajes con una cadena de montañas en el fondo”.

Así fue vista y referida en parte, por estas dos mujeres nacidas en Inglaterra, en momentos bien disímiles, nuestra ciudad capital. Es obvio que hay muchos cambios -físicos y culturales- entre los dos instantes en que estas “gringas” escribieron sus libros. Y también respecto al actual Santiago. Pero no dejan de ser notorias ciertas coincidencias y algunos elementos que parecen perdurar.

(*) En este mes de marzo de 2009, la Cámara de Diputados de Chile aprobó la moción de concederle la Nacionalidad por Gracia a Joan Jara, reconocimiento que será ley si lo aprueba el Senado. Por lo mismo, el título de este texto debiera ser “Santiago (casi) con ojos de gringa”.

jueves, 12 de febrero de 2009

Una canción para Santiago

Pese a que el más mediático aniversario vinculado a Santiago en estos días tiene que ver con los dos años de la puesta en marcha del Transantiago, me parece que a sólo meses de llegar al bicentenario de la República bueno sería también recordar que hace poco más de cuatro siglos, 468 años exactamente, un grupo de ciento cincuenta españoles, comandados por Pedro de Valdivia, dio inicio a un proceso más complejo y profundo, que le cambió la vida a los miles de indígenas que habitaban la cuenca del Mapocho… y a los propios peninsulares, por cierto. Es el inicio de la mixtura (no sin violencia) que hizo de nosotros lo que somos.

Tal como se señala en el acta de fundación, un 12 de febrero fue la fecha oficial del nacimiento de Santiago del Nuevo Extremo. Seguramente la ceremonia no se efectuó en una terraza del cerro Huelén (rebautizado por los españoles como Santa Lucía), según muestra un cuadro de Pedro Lira que se popularizó impreso en billetes de 1 escudo. Lo más probable es que el acto haya sido en torno a la actual Plaza de Armas. Pero, como dijo Armando de Ramón, más que de un momento particular, es mejor indicar que la fundación de Santiago fue un proceso. Lo importante es que nació una ciudad, nuestra ciudad, la ciudad capital de Chile.

Y la ciudad puede ser homenajeada de muchas maneras. Por ejemplo, invitándonos a sus habitantes a tener un rol más activo en la toma de decisiones que nos conciernen a todos. Por mi parte, entre tantos distinguidos personajes o historias notables de esta ciudad que podrían servir de tributo a Santiago, quisiera recordar a algunos artistas, sólo cinco casos, que plasmaron su visión de la capital a través de la música y el canto. No es por cierto una tarea que acabe aquí (se puede continuar, por ejemplo, en los colegios).

La primera en ser citada es la madre Violeta Parra. Llegada del sur del país, Violeta moró sus primeros años capitalinos en el barrio Yungay (con justeza, recién declarado zona típica en un sector bien amplio) y no es extraño que recuerde -en una de sus estadías en Francia- lugares como la calle Matucana y la Quinta (Normal) en “Violeta ausente”, tema que también podemos ver y oír en una versión de Los Jaivas (http://www.youtube.com/watch?v=9rqhL8keNdA).

El famoso “guatón” Segundo Zamora, nacido en tierras salitreras, nos legó el que perfectamente podría ser un himno de la capital: “Adiós, Santiago querido”, tema que también está lleno de nostalgias por lugares entrañables de la ciudad, coincidiendo con Violeta en nombrar la calle Matucana (en su, antaño, brava esquina con la calle San Pablo) y la Quinta Normal. En internet pueden disfrutar de la versión que grabó el conjunto del Ballet Folclórico de Chile (Bafochi) y que sirve de trasfondo para presentar varias imágenes de Santiago: http://www.youtube.com/watch?v=rmUxswRGV8k.

La mirada irónica de nuestra ciudad no puede estar ausente en esta pequeña revisión; y el encargado de mostrarnos algunas de las contradicciones que a diario vivimos y sufrimos los santiaguinos es el trovador Eduardo Peralta, con un tema que hizo popular en peñas de los años ochenta: “Santiago”, en el que festina, entre otras cosas, con el uso de anglicismos y con la importancia “cultural” de la televisión. Pueden recordar esta canción, en versión de su autor, en http://www.youtube.com/watch?v=cVMR5M59_y0.

Otro tema que pasea por parte de nuestra capital es el que compuso Joaquín Prieto y que grabara (como muchos otros) su más conocido hermano Antonio: “Huija”. De nuevo tenemos la mirada del que recuerda, como diría Oreste Plath, “el Santiago que se fue”, el que los Prieto vivieron cuando pequeños, vendiendo pescados en la calle Bascuñán o recorriendo la ciudad en el desaparecido tranvía. La canción es posible escucharla acompañada de varias fotografías en http://www.youtube.com/watch?v=-VcXFzvlIkY.

Por último, no podía estar ausente la creación que hizo Luis Le-Bert y que grabó y popularizó con Santiago del Nuevo Extremo: “A mi ciudad”. Aquí nos encontramos con una canción que refleja a la ciudad que le robaron “el sol de primavera”, pero que invita a recuperarlo uniendo las voces. Es, tal vez, la más representativa del Santiago de la década de los ochenta y podemos apreciarla en su versión original, también con una serie de imágenes, en http://www.youtube.com/watch?v=mTn_naBDi6I.

Es cierto: hay muchos más temas y autores que le han dedicado música y versos a nuestra capital. Algunos recrean calles y barrios; otros pasean por pequeñas y grandes historias; otros muestran a famosos y desconocidos personajes. En algunos casos los sonidos se vinculan a la tradición campesina; en cambio varios se nutren del rock. Hay canciones divertidas y bucólicas. Pero es indudablemente Santiago, que por estos días está de cumpleaños, el escenario o el motivo del canto. Completar o aumentar el listado ofrecido es, como señala Mauricio Redolés en uno de sus poemas, tarea para la casa.

jueves, 5 de febrero de 2009

La identidad recreada en Violeta Parra

Si bien la obra de Violeta Parra, muchas veces, es destacada por el rescate que hace de las viejas tradiciones, varias de las cuales se conservaban casi en forma exclusivamente oral, y por sus creaciones musicales de claros contornos folklóricos, el concepto de identidad que logra diseñar la creadora nacional no corresponde a lo que podríamos llamar una pieza de museo. Es decir, Violeta entiende que la identidad cultural, aun cuando se liga impajaritablemente con determinadas bases o raíces desde las cuales emerge, no es una estructura que se queda quieta en el tiempo, sino que a cada rato se nutre de nuevos aportes.

Esta idea de identidad recreada implica reconocer que la realidad es un constante devenir que no se puede quedar anquilosado en estructuras inamovibles, ya que estamos hablando de fenómenos sociales (como lo es la cultura de un pueblo) y que, por tanto, están dotados de una capacidad de renovación constante. Es la vieja dicotomía entre lo viejo y lo nuevo, donde las mentes y personalidades que buscan el desarrollo de los pueblos se afanan por potenciar las posibilidades de la gente, a partir del reconocimiento, rescate y difusión de aquello que está en el origen de un camino.

Y Violeta Parra es una personalidad progresista que busca superar las limitaciones que constriñen al ser humano, que busca con creatividad nuevas sendas para desarrollar la potencialidad del hombre. Pero si no se conoce lo que se es (y no se reconoce), ¿desde qué base se puede generar un aporte? ¿Cuál es la especificidad que constituye el aporte propio a la mancomunión del humano, en cualquier parte del planeta? No es el nacionalismo decimonónico lo que caracteriza la obra y el pensamiento de Violeta Parra.

Por ello es que su trabajo -fuerza es reiterar que recoge y se alimenta de las tradiciones más ancestrales de la vida campesina chilena- no se limita a una glorificación acrítica de las raíces propias, sino que las recupera para que no sean sepultadas en el olvido y, yendo más allá, les otorga una forma que trascienda la simple copia. Lo que hizo Violeta se asemeja a lo que hicieron los grandes genios de la música clásica al universalizar las tradiciones, desde donde emergen y se nutren sus obras. Y una obra que se precie de ser universal, como ocurre en el caso de Violeta, debe recurrir a un lenguaje que trascienda los márgenes de las raíces de donde proviene esa obra, por muy identificada que esté con dicha matriz.

Con otras palabras, es lo que señala Leonidas Morales en un texto sobre la génesis del arte de Violeta Parra, al describir la dicotomía que se presenta para la autora chillaneja (y para la sociedad en su conjunto) entre los mundos urbano y rural (que vendrían a representar la oposición entre lo viejo y lo nuevo): “No se trataba pues de prolongar la tradición de la cultura folklórica como si nada la alterara, sino de recrearla en un plano de libertad. Esta recreación, dirigida necesariamente a un receptor urbano, el único en condiciones de penetrar en su sentido, debía realizarse además con los procedimientos propios del arte urbano. Por eso, junto con hacer suyo el saber artístico del folklore, el largo aprendizaje de Violeta incluyó la búsqueda, en las más diversas modalidades del arte popular urbano, de las orientaciones que le permitieran recrear la herencia de la cultura folklórica, salvándola sin traicionar su espíritu, y salvándose ella misma en la recreación”.

La propuesta de identidad que nos hace Violeta se parece a lo que Cristian Santa María, en la presentación de la primera edición de las “Décimas”, en 1970, dijo respecto a la publicación de esa obra: “No es monumento, sino faro”. ¿Qué otra cosa podríamos decir al leer (y escuchar, y cantar) canciones como “Gracias a la vida” o “Volver a los diecisiete”, las más difundidas de sus obras musicales? Es cierto que en ellas encontramos ritmos, instrumentos y palabras propias de lo que llamamos nuestra cultura; pero, también encontramos una lírica de alcances más universales, las mismas que hacen decir a algunos que mientras nosotros sólo conversamos con las flores, Violeta se permitió conversar con las estrellas.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Un tufillo recorre la plaza


En el corazón de la ciudad, mientras los devotos se confiesan al Hacedor, los turistas fotografían la Catedral de Santiago y los peruanos residentes recuerdan su tierra natal, a un costado de la principal iglesia nacional, el mal olor obliga a arriscar la nariz.

Que el esmog y el ruido forman parte de la elevada contaminación de la ciudad capital es una realidad que sus transitantes, los permanentes y los ocasionales, manejamos y sufrimos con no poca estoicidad. Especialmente, porque creemos entender que la solución a este moderno problema conlleva una larga, profunda y costosa tarea que incluye, entre otros, mucha fuerza de voluntad para modificar algunos de nuestros ya sempiternos malos hábitos. Requerimos, de seguro, una transformación como la encabezada en Santiago por don Benjamín Vicuña Mackenna, allá por la década del 1870.

Sin embargo, hay problemillas que no parecen necesitar más que un par de herramientas para dejar de serlo. Parece. Como ocurre cuando se nos tapa el lavaplatos. Es lo que pensamos quienes arribamos al pleno centro de la ciudad, ascendiendo por las escaleras de la estación del metro Plaza de Armas que se ubica en calle Puente, al costado poniente del edificio de Correos de Chile, mismo lugar que por siglos albergara la casa de los gobernadores y, más tarde, a los ilustres presidentes de la naciente república. O sea, una esquina de no poca trascendencia.

Pues bien, antes de toparse con la marea humana que deambula por el sector; antes de escuchar el barullo in crescendo de vehículos, comerciantes y paseantes; antes de reconocer las clásicas formas de la Catedral; por cierto, antes de observar el desgastado cielo que cubre la capital; antes de todo eso, un fuerte olor a descomposición nos cachetea y nos entrega la mal-venida a las históricas calles céntricas. Como para arrancar de inmediato. Si usted lector se imagina que exagero, lo invito (más bien lo desafío) a que haga el ejercicio de acudir al lugar. Quédese un par de minutos en la esquina, coloque cara circunspecta y observe las expresiones de asco de quienes pasan por ahí. Si no le basta ello, pregunte por “el problema” a los sufridos locatarios del sector, que deben tolerarlo por toda una jornada.

Se imaginan a un turista extranjero, importante o desconocido, asomando recién sus narices a esta ciudad -que pretende ser de clase mundial- y que reciba el saludo de este hedor. Tal vez por pudor o lo que sea, igual que varios cronistas foráneos que pasearon por la Plaza Mayor en siglos pasados, dicho turista no haga alusión a los vahos malolientes que emanan del lugar. Puede ser. Pero de que existe, existe.

Y por qué la referencia a los forasteros, se preguntará usted. Es que el problema no es nuevo, le respondo. No se trata de la misma situación, pero sí muy similar. Fíjese que al historiador nacional Guillermo Feliú Cruz, en “Santiago a comienzos del siglo XIX. Crónicas de los viajeros”, al tratar el tema de la Plaza de Armas, le llama la atención que escritores nacionales, a diferencia de otros foráneos, hayan plasmado en sus textos, con huella imborrable, algunos paisajes cotidianos y desagradables del centro mismo de la capital. Por ejemplo, de la pluma de Vicente Pérez Rosales en 1814, Feliú Cruz rescata que “era cosa común ver todas las mañanas tendidos, al lado afuera de la arquería de este triste edificio (la cárcel, donde hoy se yergue la Municipalidad de Santiago), uno o dos cadáveres ensangrentados, allí expuestos por la policía para que fueran reconocidos por sus respectivos deudos”. Huelgan comentarios.

También Feliú Cruz recoge las anotaciones que hiciera a principios de la segunda década del siglo antepasado otro ilustre personaje de nuestra historia republicana, el afamado compositor José Zapiola, autor del Himno de Yungay. En este caso, recordemos las palabras con que el músico retrató en “Recuerdos de treinta años (1810-1840)” esos problemillas que, casi doscientos años después, parecen no querer abandonar el paisaje olfativo de la Plaza Mayor: “… el resto de la plaza hasta la pila, decimos, estaba ocupado por los vendedores de mote, picarones, huesillos, etc., y por los caballos de los carniceros. Ya pueden considerar nuestros lectores cuál sería el estado de esta plaza que sólo se barría muy de tarde en tarde, no por los que la ensuciaban, sino por los presos de la cárcel inmediata, armados de grandes ramas de espino que no hacían más que levantar polvo, dejándola en el mismo estado, pero produciendo más hediondez, como era natural”. Un poco más adelante, Zapiola suma agravantes a la descripción: “A esto hay que agregar una ancha acequia que atravesaba, como ahora, toda la plaza. Esta acequia, descubierta en su mayor parte, sin corriente, y no siendo de ladrillo, proporcionaba más facilidad para la aglomeración de cieno. Lo que había en sus orillas no necesitamos decirlo, pues para los vendedores no había otro lugar de ‘descanso’ (vaciar el cuerpo), de tal modo que, cuando el sol calentaba, se levantaba un humo denso producido por las evaporaciones de las inmundicias acumuladas allí”.

Si Pérez Rosales y Zapiola no merecen dudas respecto a la veracidad de sus anotaciones, lo que a Guillermo Feliú Cruz le pareció extraño fue que viajeros contemporáneos a nuestros ilustres personajes no dejaran referencias al poco glamoroso paisaje de la Plaza de Armas y, más bien, la pintaran como un agradable espacio en el que “ningún detalle afea la descripción”. Más todavía: sin fruncir el ceño, hubo algunos de estos visitantes del 1800 que la compararon a su similar de Lima, la Ciudad de los Reyes. No sería extraño entonces que ninguno de los muchos paseantes extranjeros, que por estos tiempos son llevados a fotografiar la Catedral de Santiago, realice alusión alguna al fuerte y desagradable aroma que inunda el sector señalado.

Consultados un par de quiosqueros de la esquina que forman las calles Catedral y Puente, señalaron que el problema del mal olor deviene de hace mucho tiempo y que su fuente se origina en la red del alcantarillado, cuya ferrosa rejilla alcanza a cubrir de la vista, mas no del olfato, lo que pasa por abajo. Agregaron nuestros compungidos amigos en que no deben hacer falta sofisticadas herramientas para detener este verdadero problemilla enclavado en el corazón de la ciudad capital.

Es decir, sintetizamos nosotros, que la autoridad edilicia tendrá a la mano lo mínimamente menester a fin de solucionar esta bicoca y dispondrá así de más energías para buscar remedio al problema mayor de la contaminación santiaguina.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

¡Tramoyistas del mundo, uníos!


Cada vez que finaliza una función artística, los aplausos (si los hay) se los llevan los actores principales y, en general, la gente que sale en escena. Sin embargo, todos sabemos que la organización de un espectáculo requiere del esfuerzo de muchos otros que se ubican tras las bambalinas. Generalmente desconocidos o de bajo perfil, suelen recibir el reconocimiento público sólo cuando alguien lo pide de manera expresa. Así ocurre con los responsables del maquillaje, el vestuario o… la tramoya.

La tramoya, grosso modo, es todo lo que se vincula con los elementos pesados o de cierta envergadura que se utilizan en la ejecución o puesta en escena de una obra (teatro, concierto, cine, etc.). Lo habitual es que se le asocie con la escenografía y todos los movimientos de utilería. Y, por cierto, el encargado de todo ese andamiaje es llamado tramoyista. Desconozco el origen de la frase, pero durante algún tiempo, en nuestro país, en la televisión por ejemplo, fue habitual que se identificara a quienes ejercían éste y otros oficios similares con la designación genérica de “Luchito Mario”, como una forma más de significar el anonimato en que desarrollan su labor. Sin embargo, nadie desconoce que sin su presencia, el espectáculo no es posible.

Hacia 1857, en Santiago se inauguró el Teatro Municipal, magna y bella obra que serviría para cobijar a las más importantes representaciones ligadas a la ópera, al ballet y a la llamada música clásica. Necesitaba la capital un espacio digno para tales manifestaciones artísticas, que dejara en el olvido a los antiguos edificios de madera que le precedieron para tales fines, como el construido en 1820 por el edecán de Bernardo O’Higgins, en la Plazuela de la Compañía.

De estilo neoclásico, el hermoso edificio del Teatro Municipal fue responsabilidad del arquitecto Francisco Brunet des Baines y del ingeniero Augusto Charme, ambos de origen francés. Pero, más de ciento cincuenta años de existencia no han pasado en vano y, por lo mismo, nombres como los de los arquitectos Lucien Hénault, Emilo Doyére o Eusebio Chelli, están inscritos también en su historia; la razón, eso sí, más que el deterioro natural, ha sido el de los varios desastres que lo han afectado.

De seguro que el episodio más lamentable que sufrió el Municipal de Santiago, y que lo mantuvo cerrado durante casi tres años, fue el famoso incendio del 8 de diciembre de 1870. Exactamente siete años después del siniestro que acabó con la Iglesia de la Compañía y que, por la conmoción que causó, diera origen al Cuerpo de Bomberos de la capital, esta institución de voluntarios debió enfrentar las llamas que se desencadenaron al finalizar una presentación de la cantante Carlota Patti. Ya los bomberos santiaguinos habían participado en incendios de proporciones, pero en el del Municipal tendrían a su primer mártir: el teniente tercero Germán Tenderini y Vacca.

Nacido en Italia, activo militante de la lucha que dio origen a la república en su país natal (1870, el mismo año en que murió trágicamente), Tenderini se distinguió en Chile por su carácter filantrópico, que lo llevó a ser de los primeros voluntarios en inscribirse en las filas de los bomberos de Santiago. Estando en una reunión de los masones, a pocos pasos del Teatro Municipal, apenas sintió las alarmas, en la noche del 8 de diciembre, se dirigió al edificio en llamas para tratar de controlar el fuego. A los dos días, su cuerpo incinerado fue descubierto entre los escombros aún humeantes.

En el reporte que hace del incendio, su colega Arturo Villarroel (el famoso General Dinamita, de la Guerra del Pacífico) señala lo siguiente:

“Un recuerdo del compañero muerto. Tenderini era el primero en quien se habían hecho notar los efectos del humo i de la opresión del pecho. Se sentía desfallecer i le grité como amigo:
- Viva Italia! Tenderini.
– Viva la República, me contestó, saludando con entusiasmo la reciente emancipación de su patria”.


Con justicia, la calle que está al oriente del Teatro Municipal lleva el nombre de este insigne italiano residente en Chile. Con justicia, un busto del primer mártir de los bomberos capitalinos está a un costado del mismo teatro. Con justicia, Germán Tenderini está inscrito en la historia del Municipal, junto al de los arquitectos que lo construyeron y lo refaccionaron, y al lado de los más importantes artistas que han pasado por su escenario.

Sin embargo, lo que no es justo, lo que no corresponde, es que el otro héroe de la infausta jornada no ocupe un sitial similar al de Tenderini. Es el propio Arturo Villarroel, en el mismo reporte ya citado, el que anotó lo que transcribo a continuación:

“Como a las 11 3/4 PM de anoche nos encontrábamos cerca del teatro con varios bomberos i Quintanilla cuando sentimos las primeras alarmas… Nos dirijimos precipitadamente al teatro, i después de algunos esfuerzos llegamos con Tenderini al proscenio donde se nos juntó Quintanilla (…) Nos encontrábamos en una parte elevada de las tramoyas; al olor que producía el incendio me sentí con la garganta oprimida, desvanecida la cabeza, i un zumbido en los oídos. Mis compañeros debieron sentirse probablemente tan desvanecidos y sofocados como yo por el humo i el olor de las sustancias que ardían (…) En estos momentos Quintanilla trata de sostenerse con fuerza (…) de mi ropa, i me dice:
- Me ahogo! Me muero!
Me apoyé por un instante no sé en qué, pero luego caimos ambos. Desde entonces no sé lo que pasó”.


Lo que pasó fue que Santiago Quintanilla, igual que Germán Tenderini, falleció producto del incendio. Santiago Quintanilla fue de los primeros en acudir al siniestro, no porque fuera bombero, sino porque conocía muy bien el edificio, especialmente el sector de las tramoyas, que es donde se originó el fuego. Santiago Quintanilla era tramoyista del Municipal. Seguramente, no estaba acostumbrado a los aplausos. Tal vez por eso no le extrañe que su nombre no figure junto al de Tenderini. Quizás no hubiese querido que un busto suyo, y menos una calle, lo recordara como se merece. Pero nosotros sabemos que sin su trabajo no pudo haber espectáculo. Y, más importante, conocemos de su heroísmo y dedicación al Teatro Municipal, refrendado en aquella triste noche de diciembre de 1870. ¿Habrá autoridades, o actuales colegas del tramoyista Santiago Quintanilla, que quieran reivindicar -como se merece- su figura?