viernes, 9 de abril de 2010

La justa ciudad

Tras el reciente terremoto, interrogado por un periodista sobre los daños en la comuna que dirige, el alcalde de Maipú, Alberto Undurraga, señaló que “Aquí hay algo de la ciudad no justa. Hay que mejorar el marco legal para que la ciudad sea justa…”. Se refería esta autoridad al distinto estándar de seguridad con que una misma empresa inmobiliaria construye edificios según el sector socio económico de que se trate. No hablaba Undurraga de cánones estéticos o estilos arquitectónicos sino, reitero, de seguridad. Y lo mismo decía respecto a obras públicas y privadas. La ciudad no es justa.

En rigor, hay quienes van un poco (o mucho) más allá y señalan sin ambages que la vida no es justa. Sin embargo, quiero centrarme en la acusación del alcalde y hacerme eco de ciertas ideas que se direccionan hacia la ciudad justa.

Ejemplos que abunden en lo expresado por Undurraga sobran. En Santiago, basta con dar una mirada por la conformación y entorno de las plazas públicas y percibir, como nos lo hizo notar una vez un profesor de Geografía, que los habitantes que menos espacio privado y menos patio tienen, disponen a su vez de las peores plazas y áreas verdes. O, quizás, hay que mirar y comparar la estructura y diseño de los puentes construidos en los últimos veinte años sobre el Mapocho. O, tal vez, recorrer la circunvalación Américo Vespucio, como lo propuso de forma tragicómica Payo Grondona en una canción. Bueno, está claro que el alcalde de Maipú (ni mucho menos yo, por cierto) está descubriendo la pólvora.

Agrego otra característica a lo ya señalado. Las ciudades actuales, las modernas y enormes como Santiago, están fragmentadas, divididas (pulverizadas, dirán algunos). Esta atomización no sólo tiene que ver con el surgimiento de varios centros que complementan o compiten con el original o del casco histórico. También está relacionada con la fragmentación socioeconómica que no se puede simular y que, con el reciente terremoto, en Chile quedó impúdicamente al desnudo.

En un artículo de 2004, los investigadores Alfredo Rodríguez y Lucy Winchester apuntan que nuestra capital sufre de una “aguda segregación socioeconómica (…) que se ve replicada también en la infraestructura básica y los servicios públicos”; que está “fragmentada por el temor, que repliega a los habitantes a sus dominios particulares”; y que, por último, “Santiago es una ciudad fragmentada política y administrativamente (…) sin una instancia gubernamental cuya área de responsabilidad sea la ciudad en su conjunto”.

De las condiciones anotadas resultan una serie de fenómenos colaterales que, entre otros y a mi modo de ver, se expresan en el desamparo, la enajenación, la delincuencia, la agresividad. Y frente a la constatación de esta realidad, más allá del lamento, ¿qué hacer?

En tanto creación humana, cultural, la ciudad es un espacio que construimos para (bien) vivirla y con-vivirla. No nos puede resultar ajena y, menos, antagónica. Por ello debemos dotarla de sentido, para todos y cada uno de los que la residimos y transitamos, y apertrecharla de entornos protectores, partiendo desde lo más básico, pues no se quiere lo que no se conoce.

En esta línea, apuntar a que los niños, desde sus colegios y hogares, se familiaricen con su entorno, con su ciudad, es el puntapié inicial. Las calles y los espacios públicos deben ser reconocidos desde los primeros años de vida y, por supuesto, los adultos tenemos esa responsabilidad. La urbe tiene que constituirse, como indica el especialista español Jaume Trilla, en el contexto, en el vehículo y en el contenido en que se educa.

Partiendo desde ahí, con un sentido pedagógico muy práctico, sumando y enlazando las ya varias iniciativas que invitan a los habitantes a recorrer sus ciudades, comenzaremos a revertir este proceso de fragmentación y desencuentro, haremos que el espacio que nos cobija sea aprendido y, sobre todo, aprehendido.

Esa es la apuesta que han realizado varias ciudades en el mundo (cuatro de Chile: Los Ángeles, Purranque, Vallenar y Frutillar), al constituir la Asociación Internacional de Ciudades Educadoras. En un fragmento de su Carta inicial, del año 1990, expresan que “las ciudades de todos los países deben actuar, desde su dimensión local, como plataformas de experimentación y consolidación de una ciudadanía democrática plena, promotoras de una convivencia pacífica mediante la formación en valores éticos y cívicos, el respeto a la pluralidad de las diversas formas posibles de gobierno y el estímulo de unos mecanismos representativos y participativos de calidad”. Hacia allá apunta la idea de educar en, para y por la ciudad y la ciudadanía.

Cierto. Aunque no basta. El alcalde de Maipú sugiere reformas legales, a fin de lograr una ciudad justa. Y ahí entramos de lleno a un terreno que tiene que ver con las políticas y los intereses económicos y diversos de quienes actuamos en el espacio urbano. Pero en la misma medida que acojamos la propuesta pedagógica señalada más arriba, también enfilaremos rumbo hacia lograr ciudadanos más comprometidos, habitantes más activos e interesados en definir el tipo de ciudad que quieren. Y no me cabe duda que la apuesta será, como lo dijo en la entrevista Alberto Undurraga, por una ciudad más justa, una ciudad inclusiva.

viernes, 12 de febrero de 2010

12 de febrero: cuádruple aniversario…

Cada 12 de febrero, la ceremonia más importante que se lleva a cabo en nuestro país tiene que ver con la conmemoración de la fundación de Santiago, en 1541. En la Plaza de Armas de la capital, a los pies de la estatua ecuestre que recuerda a Pedro de Valdivia, las autoridades edilicias y la comunidad española residente son los principales protagonistas de la fiesta que celebra este acontecimiento. Pero no es la única efeméride ocurrida el mismo día. Y, tal vez, tampoco la más trascendental en la historia de Chile.

En 1817, cuando el país estaba todavía bajo la tutela española, encabezada por Casimiro Marcó del Pont, en el período que llamamos de la Reconquista y que se había iniciado con el desastre militar de Rancagua en 1814, también un 12 de febrero tuvo lugar la Batalla de Chacabuco, pocos kilómetros al norte de Santiago. En ese episodio, las tropas dirigidas por José de San Martín y Bernardo O’Higgins lograron un sonado triunfo sobre las fuerzas realistas y el ejército libertador pudo entrar a la capital a tomar las riendas del país, avanzando por la llamada Cañadilla (antes, Camino de Chile) y que desde entonces se denomina avenida Independencia.

Un tercer acontecimiento ocurrido el 12 de febrero, ahora de 1818, está íntimamente ligado al hecho anterior. Y no por casualidad. Las autoridades de la Patria Nueva, encabezadas por Bernardo O’Higgins que dirigía maniobras militares en el sur del país, apremiadas por el arribo de una expedición española que venía a contrarrestar a las fuerzas patriotas y por la necesidad de ser reconocidas internacionalmente, a fines de 1817 acordaron efectuar una formal declaración de la independencia nacional. Para esos efectos, convocaron a un plebiscito en las principales ciudades, en que los habitantes manifestaran por escrito su apoyo al proceso emancipador. Logrado el propósito, aunque hay versiones fundadas de que el primer documento que consagró la independencia lo firmó en Concepción el propio O’Higgins, la ceremonia oficial en que se juró el acta que consagraba a Chile como país soberano se efectuó el 12 de febrero de 1818, justamente ese día, a fin de conmemorar un año del triunfo en Chacabuco.

En Santiago, las fiestas por el juramento de la Independencia Nacional comenzaron en la tarde del 11 de febrero, con lanzamiento de salvas de cañón desde el cerro Santa Lucía. A las nueve de la mañana del día 12, el Director Supremo Delegado, Luis de la Cruz, y el General en Jefe del Ejército de Chile, José de San Martín, presidieron la solemne ceremonia que, una vez más en la Plaza de Armas, selló por escrito la emancipación nacional. Por su parte, el Director Supremo titular, Bernardo O’Higgins, encabezó el mismo evento, pero en la ciudad de Talca.

Sin duda que la jura de la independencia nacional es la efeméride más trascendental que debiéramos recordar cada 12 de febrero. Incluso, hay quienes sostienen que, por lo mismo, es en esta fecha, y no el 18 de septiembre, que los chilenos tendríamos que celebrar las fiestas patrias. Puede ser. Pero será difícil cambiar una tradición que se inició en la época de José Miguel Carrera.

A la fundación de Santiago, al triunfo de los patriotas en Chacabuco y al juramento de la independencia nacional, todos acontecimientos ocurridos un 12 de febrero, hay que sumar un cuarto hecho datado el mismo día, pero en 1812.

En efecto, principalmente los periodistas recuerdan cada 13 de febrero la fecha en que circuló por primera vez la Aurora de Chile. Debido a ello, se instituyó en nuestro país el Día de la Prensa. Sin embargo, el historiador nacional José Toribio Medina, en el prólogo al libro del estadounidense Samuel Burr Johnston, “Cartas de un Tipógrafo Yanqui”, al dar cuenta de la labor del norteamericano en nuestro país y al comentar el inicio de la circulación del primer diario nacional, expresa que “Adviértase que ese prospecto (de la Aurora de Chile) carece de fecha; pero, pues, el número primero del periódico lleva la del 13 de febrero, es de creer que apareciera el día anterior, con lo cual tendremos que en el 12 de febrero debe conmemorarse en Chile el cuádruple aniversario de la aparición del primer periódico –de la imprenta, podría decirse- de la fundación de Santiago, de la batalla de Chacabuco y de la declaración de la Independencia”.

En el mencionado prospecto de la Aurora de Chile, Camilo Henríquez, junto con destacar algunos de los acontecimientos más importantes que ocurrían en ese momento en el país, señala que “Está ya en nuestro poder, el grande, el precioso instrumento de la ilustración universal: la imprenta. Los sanos principios, el conocimiento de nuestros eternos derechos, las verdades sólidas y útiles van a difundirse entre todas las clases del Estado. Todos sus Pueblos van a consolarse con la frecuente noticia de las providencias paternales y de las miras liberales y patrióticas de un Gobierno benéfico, probo, infatigable y regenerador”.

No estaría mal en estos días, creo, a propósito de las palabras y obra de Camilo Henríquez, debatir acerca del rol de la prensa y de los medios de comunicación en general, tal como ya se ha hecho notar en algunos foros, pensando no sólo en la necesidad de que los ciudadanos sean enterados oportunamente de los acontecimientos más importantes, sino también en la calidad y pluralidad de la información que se les hace llegar.

Así pues, a las consabidas efemérides que se celebran cada 12 de febrero, siguiendo al historiador Medina, en nuestro país también debiéramos conmemorar en dicho día el inicio de la prensa. Vaya fiesta nacional, multiplicada por cuatro. Por tanto, no sería inoportuno que en los principales recintos públicos de Chile, en especial en los de Santiago, junto al recuerdo de las figuras de Valdivia, de O’Higgins y de San Martín, se destaquen las de Henríquez y de Carrera, y las de todos aquellos que apostaron por un país digno, libre, informado e ilustrado.

jueves, 21 de enero de 2010

Patrimonio de exportación

En la página web del Servicio Nacional de Aduanas (www.aduanas.cl) se puede revisar una gran cantidad de estadísticas sobre el comercio exterior de Chile. Para un ignaro, como yo, aquellas cifras y denominaciones son como para marearse, por lo que sólo haré unos mínimos alcances de lo que al pasar (al voleo) pude inferir de algunos datos que espero no haber interpretado mal.

En primer lugar, que las exportaciones de Chile al resto del mundo, entre enero y diciembre de 2009, sumaron un total de 49.938,2 millones de dólares (para los curiosos, en el mismo período las importaciones totalizaron 38.826,1 millones de la moneda estadounidense). Si comparamos con el monto total de lo exportado durante el 2008 (69.095,3 millones de dólares) podremos señalar que en el año que acaba de finalizar la venta de productos chilenos al extranjero perdió alrededor de un 28 por ciento: ¿la crisis que le llaman?

En segundo lugar, cómo no, los datos muestran que los mayores ingresos de la exportación se generan por la venta de cobre y sus derivados: poco menos de la mitad del total.

En tercer lugar, la variedad de productos que se exportan desde Chile resulta asombrosa para quien no está acostumbrado a mirar dichas estadísticas. A los consabidos metales, vinos, uvas, salmones, merluzas, manzanas, etc., se agregan, por ejemplo, despojos de animales, goma base para la fabricación de chicle, carraghenina (les dejo como tarea averiguar de qué se trata este producto de nombre tan raro), el cuestionado aspartame, calzones, preservativos y parches curita. ¿Quién lo diría, no?

Por último, alcancé a percibir que las ventas de libros al exterior en el 2009, en su conjunto, alcanzan un ingreso por algo así como 4 millones 25 mil dólares. Es decir, poco menos de un tercio que el valor de las importaciones de estos mismos productos, para el mismo período (11 millones 420 mil dólares). En este sentido, y ya que no me detuve a revisar otros productos exportados que cupieran bajo el alero de lo que genéricamente llamamos y entendemos por cultura, parece que este rubro tiene poca incidencia en las cifras (macro) económicas. Y eso seguramente siempre ha sido, es y será así. No sólo en Chile. Y, tal vez, no debería preocuparnos mucho, pues la cultura tiene una tremenda dimensión intangible en lo inmediato y transita por rieles distintos a las materias primas, las manufacturas y esas cosas.

Distinta situación ocurre cuando analizamos aquellos elementos culturales que reconocemos como propios y que nos lo agradecen en Sudáfrica, tanto como en Australia, Francia o Canadá. Tengo la sospecha que se podría hacer un no despreciable listado con creaciones autóctonas que han traspasado nuestras difíciles fronteras físicas al revisar canciones, poemas, novelas, pinturas, dichos populares, comidas o, incluso, palabras. A propósito de vocablos, una anécdota. Al final de una entrevista televisiva, al chileno Roberto Matta le piden que se despida de sus compatriotas pronunciando algunas palabras; qué dijo el singular artista: “poto”. ¿Será este término, con el sentido y uso que le damos en Chile, uno de aquellos productos culturales de exportación?

Sin duda, en nuestras tierras han nacido creadores y artistas que nos han hecho reconocibles en el resto del mundo. Entre otros, el propio Matta, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Violeta Parra, Osmán Pérez Freire, Víctor Jara y muchos más ocupan un sitial de honor en este aspecto. Y nunca les estaremos lo suficientemente agradecidos. Es cosa de escuchar “Te recuerdo Amanda” en sueco o de ver un video de los famosos tres tenores (Pavarotti, Carreras y Domingo) cantando el “Ay ay ay” para comprender lo que señalo.

Sin embargo, hay productos culturales originarios de Chile que, pese a las comunicaciones globalizadas de hoy, no hemos dimensionado como corresponde porque simplemente desconocemos las alturas a las que han llegado. Constituyen parte de nuestro patrimonio inmaterial que nos identifica ante el mundo y que es valorado en las más alejadas latitudes. Incluso, nos podemos sorprender al observar o escuchar a reconocidos personajes que lo recrean, bien allende Los Andes, como en el entorno del Mar Mediterráneo, por ejemplo.

Italia, desde siempre creo, es reconocida como una tierra en que el canto (y el del bueno) ha tenido creadores y cultores de excepción. Tanto en la música llamada docta como en la popular. En este último ámbito, quienes tenemos algunas décadas de vida (ni tanto tampoco, eh), recordamos incluso toda esa avalancha que tuvo en el Festival de San Remo su más extraordinario fomento. En ese certamen, en las décadas de los sesenta y setenta, cada año se presentaban diez o más canciones y todas se transformaban en éxitos. Lo mismo ocurría con los cantantes, fueran hombres o mujeres.

Pues bien. Precisamente al despuntar los años setenta, en Italia se hizo reconocido en forma masiva un artista llamado Claudio Baglioni. Tanto, que su sello discográfico le pidió que grabara algunos temas de San Remo para que adquirieran mayor difusión y fama (y se vendieran más, por supuesto). Así tuvimos la oportunidad de escuchar, también en español, a este romano de nacimiento con una canción que muchos deben recordar: “No quiero enamorarme más”. Baglioni, que es toda una institución musical en Italia, también se (nos) ha dado el placer de recrear grandes temas de otros autores, como ocurre con “A salty dog”, una de las agradables composiciones del grupo inglés Procol Harum. Pero no es el único ejemplo.

En efecto. He tenido la oportunidad de ver un extracto de la televisión italiana, de algunos años atrás, en que Claudio Baglioni, con mucha emoción y acompañado de, en ese entonces, un Inti Illimani no separado (oh, paradoja), interpreta “El pueblo unido jamás será vencido”, del músico chileno Sergio Ortega. A quienes tengan la posibilidad de observar y escuchar el video que indico (subido a youtube por el usuario “toysoft”, a quien agradezco), les dejo el link respectivo:

http://www.youtube.com/watch?v=ymlpnitQmYo



Hace unos meses, un amigo con el que llevamos adelante iniciativas patrimoniales, Luciano Ojeda, escribió sobre un descubrimiento que hizo de una hermosa obra: “The People United Will Never Be Defeated, 36 Variations on a Chilean Song”, del compositor norteamericano Frederic Anthony Rzewski. Ya en el título se reconoce su origen por estos lares. Se trata, ni más ni menos, de una variación para piano de la misma canción de Sergio Ortega que canta Baglioni y que se puede escuchar en Italia, México, España o Alemania: “El pueblo unido jamás será vencido”. He ahí, pues, uno de esos ejemplos de creación que, con indiscutible tinte y paternidad de un connacional, viajan y nos hacen reconocidos en el mundo. Son lo que llamo patrimonio de exportación.

Por estos días, en Chile, tal vez algunos sientan añoranza o rabia o pena al mirar el video que sugerí. No lo discuto y no es mi intención deprimir a nadie. Tampoco deseo abrir heridas ni nada de eso. Sólo pongo el acento en un hecho: hay creaciones culturales, con clara impronta local, que han trascendido nuestras fronteras, que van más allá de las clásicas referencias que solemos hacer a los artistas nacionales más conocidos, que han pasado a formar parte del inventario patrimonial de la humanidad (o buena parte de ella). Así, a Neruda, Mistral, Violeta o Valparaíso, también debemos unir estas obras que son interpretadas en los lugares más disímiles del mundo y que nos hacen, sobre todo en estos tiempos, reconocibles ante otros ojos, otros oídos, otras sensibilidades.

Ya lo indicaba más arriba. Hay productos (si pueden llamarse así) que no estarán nunca en una lista de aduanas. No sumarán ni restarán números en una balanza comercial (salvo en la cantidad de placas que crucen las fronteras o de actuaciones de algún artista en el extranjero). No. Pero, por su mismo carácter inmaterial, por su condición de alimentador del espíritu o de las esperanzas, estas creaciones culturales intangibles, que llegan y son acogidas por tan vasto público en el mundo, también forman parte de nuestras exportaciones. Y vaya que se agradece.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Martín Rivas: ciudad, literatura y… teleseries

Pila de Orsolino, Plaza de Armas de Santiago
Con bombos y platillos, en la denominada guerra de las teleseries que sostienen desde hace años los canales de televisión abierta, el área dramática del “canal de todos los chilenos” ya anunció que abrirá la temporada del 2010, la del Bicentenario, con una nueva versión del clásico Martín Rivas.

Algunos adelantos hablan de ciertos cambios en la historia original, como la presencia de un abuelo de Leonor Encina (la niña rica y veleidosa) y el arribo a bordo de un buque, desde el norte copiapino, del protagonista principal (el joven pobre, pero honrado). Adaptaciones que no debieran afectar el sentido final de la obra de Alberto Blest Gana, considerada la primera novela chilena, y a la que su autor le agregó el apellido de “costumbres político-sociales”. En lo particular, mientras la modificación en el guión no sea de fondo y promueva el interés de las generaciones más jóvenes por acercarse a la literatura, me parece legítima la apuesta.

Si bien muchos han caracterizado la temática de fondo de la novela como la historia del triunfo del esfuerzo personal y una muy buena muestra de la sociedad santiaguina de mediados del siglo XIX, no puedo dejar de traer a colación un escrito de Agustín Squella en que comenta un contrapunto que hace Darío Oses entre las figuras de Francisco Bilbao (personaje real que no aparece en la novela y uno de los líderes de la Revolución de 1851) y la de Martín Rivas (personaje de ficción por cierto, que se une a las huestes de la “Sociedad de la Igualdad” en esa asonada liberal).

Lo que Squella señala en ese artículo es que el personaje real (Bilbao, muerto en el exilio) representa, en el Chile de hoy, a quienes viven y actúan en consecuencia con sus principios y valores; en cambio, el ficticio (Martín Rivas, que de revolucionario en el inicio, termina acomodado en el seno de la elitista aristocracia) encarna en nuestros tiempos “esa alma nacional pacata, temerosa y débil (…) que explica también que el liberalismo continúe siendo visto aquí no sólo como una planta exótica, sino tóxica, y que se lo invoque únicamente para eludir la regulación de los negocios y evitar el pago de los impuestos”. Más claro, echarle agua.

En fin. Desde que apareció en 1862, Martín Rivas se transformó en un éxito literario y, con el tiempo, sigue siendo lectura recurrente en las aulas del país. En lo personal, siento aprecio por la narración, pues cuando la leí en mi adolescencia y, con el curso, nos llevaron al Teatro Nacional a verla, embelesados espinillentos, admirados de la presencia de la blonda Cecilia Cucurella interpretando a Leonor, nos dimos a la tarea de montar la obra de marras en las tablas del colegio… bueno, no era de madera precisamente el escenario del quintanormalino liceo 19.

Y no poco de interesante tiene esta novela, que será recreada por tercera vez en la emisora estatal. Recién daba sus primeros pasos el canal nacional (el 7, en los televisores de las antiguas perillas) y cuando era necesario producir programas que fueran reconocidos como propios, hacia 1970, Alejandro Perucci, Silvia Santelices y Anita Klesky fueron los actores que encarnaron a los personajes principales. Nueve años más tarde (apenas nueve años, pero ¡qué distancia enorme entre esos dos Chile!), Alejandro Cohen, Sonia Viveros y Patricio Achurra se encargaron de protagonizar nuevamente en televisión la creación de Blest Gana.

De ahí que a las puertas del 2010, es digno de elogio que el sempiterno Martín Rivas sea traído de vuelta a la pantalla chica, a recordarnos las ideas y formas de obrar de la sociedad chilena decimonónica, en otro esfuerzo por rescatar el patrimonio cultural de nuestro país. Entre otras cosas, también es loable porque la novela nos permite reconocer una parte del “Santiago que se fue”, como diría el maestro Oreste Plath.

En efecto, Martín Rivas transcurre casi íntegramente en la ciudad capital. De hecho, se inicia con el relato de la llegada a Santiago del joven provinciano, que viene a estudiar leyes y es alojado por el aristócrata y usurero Dámaso Encina; y finaliza con la imagen de Martín paseando por la Alameda de las Delicias, del brazo y el amor de la otrora caprichosa Leonor, tal cual solían hacer muchos jóvenes en la principal vitrina pública de ese entonces, demostrado en algunos atardeceres pintados por Alberto Orrego Luco.

Pero, además, en la novela es posible reconocer otros hitos capitalinos, que hace 150 años se enmarcaban en lo que Vicuña Mackenna llamó “la ciudad propia” y que referenciaban el devenir pausado de esos tiempos de carrozas y caballos, de calles empedradas y de tardes extremadamente largas. Por ejemplo, la Plaza de Armas es descrita por Blest Gana así: “En 1850, la pila de la plaza no estaba rodeada de un hermoso jardín como en el día (de hoy: 1862), ni presentaba al transeúnte que se detenía a mirarla más asiento que su borde de losa, ocupado siempre en la noche por gente del pueblo. Entre estos se veían corrillos de oficiales de zapatería, que ofrecían un par de botines o de botas a todo el que por allí pasaba a esas horas”.

En el texto recién citado se distingue la plaza que sigue marcando el centro de la ciudad, con adornos y usos distintos al actual, pero la misma fuente de agua que admiramos hoy, la llamada también “Pila de los lagartos”, obra del escultor italiano Francisco Orsolino, que homenajea a la independencia americana. He ahí una marca de antaño, un hito urbano, que nos permite vincularnos con nuestra historia, a través de las páginas de una ficción literaria. Buena excusa para que Martín Rivas sea solicitada a sus estudiantes por los profesores de Lenguaje y también por los de Historia y los de Arte. O para que los guías de turismo, cuando hablan a los turistas en la Plaza de Armas, le agreguen algo de enjundia a su discurso archi repetido sobre la fundación de Santiago y la Catedral y el Museo y el Cabildo y el Portal (si es que) y un poco de rápido etcétera.

Por cierto que hay más vínculos entre ciudad e historia en la obra de Blest Gana. Como por ejemplo en la descripción de los “picholeos” (juergas) en las casa de medio pelo, adonde llegan casi todos los personajes de la novela, partiendo por su protagonista principal y su idealista -y desafortunado- amigo Rafael San Luis (que no deja de evocarnos a los héroes reales e imaginados del Romanticismo, como al mismísimo Francisco Bilbao). Ya sólo por eso es valorable que Martín Rivas siga estando presente en el teatro y en las teleseries.

Agrego algo más. Es cierto que la ciudad que retrata Alberto Blest Gana, en gran medida, es la misma que todavía conservaba un aire colonial, con todas sus proyecciones en las relaciones sociales y con espacios y costumbres claramente diferenciados para los de arriba y los de abajo. Pero también muestra cómo en el 1850 ambos segmentos de la sociedad chilena se topan, se cruzan miradas y palabras y no se reconocen sólo al verse en una lejana pantalla televisiva, como suele ocurrir hoy en día.

Y no es mentira que, tal como se presenta en la novela, para la aristocracia de entonces (y el autor es reconocible, aunque díscolo, en ese estrato), los que no pertenecen a sus filas son vistos como un mero aderezo, muchas veces incómodo, de sus vidas. Sin embargo, insisto, en Martín Rivas no se esconde tal situación.

Porque precisamente esta novela nos permite adentrarnos, a través de una historia inventada, en un tiempo y lugar que sabemos real, que conoció de grandezas y pequeñeces, de personas acomodaticias y otras consecuentes, de una ciudad que vivía en el salón, en el cuartucho, en la plaza y en la calle, es que reitero mi agrado de que sea presentada Martín Rivas, una vez más, en forma masiva a las nuevas generaciones. Tal vez, dijo el goloso, no estaría de sobra que más libretistas intentaran lo mismo con “La sangre y la esperanza” o “Casa Grande”, por mencionar un par de ejemplos de novelas urbanas que, dentro del contexto de la parrilla programática de los canales nacionales, bien valdrían una apuesta como la que se hace con Blest Gana.

jueves, 29 de octubre de 2009

No hay mal que dure cien años… ni deuda que no se pague…

No he visto el comentado programa sobre los años ochenta. Algo me han dicho. Otro poco he leído. Que la estética en los vestuarios y que la selección musical son representativas; que las referencias a episodios históricos de la época o a personajes conocidos son certeros; que Enrique Maluenda y la voz de Sergio Campos aparecen inconfundibles; que las protestas callejeras y la crisis económica; que esto o que lo otro. En fin.

Como parte de la juventud de esos tiempos, no debí quedar indiferente ante el intento de un muy buen equipo de profesionales, dirigidos por Boris Quercia, por recordar (nos) esos años que pueden ser objeto de variados y disímiles epítetos, pero que nadie podrá dejar de reconocer, casi en forma unánime, como difíciles. Trataré de verlo pronto.

¿Por qué hoy, casi veinte años después de finalizado, se realiza un programa sobre ese decenio? Varias respuestas, todas certeras, darían cuenta de la pregunta: porque ya hay suficiente perspectiva histórica, porque hay mejor reconstrucción de los relatos fragmentarios, porque ya es tiempo de mirar sin miedo a ese pasado, porque varios de los actores principales están retirados de la escena pública o derechamente muertos.

Sin embargo, sumadas a las respuestas anteriores, hay una que me parece pertinente aventurar en esta oportunidad: porque quienes están (o debieran estarlo) asumiendo el relevo en la toma de las riendas del país, en todos los ámbitos, son personas que acaban de pasar o están pasando por los cuarenta años de edad; esto es, les corresponde, generacionalmente hablando, dirigir a nuestra sociedad. (Que esto no ocurra así es harina de otro costal y lo debatiremos en otro espacio). Por tanto, en el plano de la televisión, el cine o el teatro, y considerando su probada capacidad, los Boris Quercia, los Daniel Muñoz, los Daniel Alcaíno o las Tamara Acosta, pueden darse el gusto (y el trabajo) de hacer una obra que haga mención a sus experiencias colectivas de vida juveniles. Y ellos fueron jóvenes en los años ochenta…
Igual que muchos que en esa década formaron parte del movimiento estudiantil universitario, que se caracterizó por una atrevida y permanente acción a favor de la democratización del país y de las aulas. Aún a sabiendas que los riesgos eran caros. Lo mismo que los aranceles para acceder a las universidades. Precisamente, una de las reivindicaciones de los estudiantes de la educación superior de ese entonces consistía en solicitar el sistema de arancel diferenciado y el fin del famoso crédito fiscal (en simple: un préstamo del Estado a las universidades para que los jóvenes de escasos recursos pudieran intentar una carrera universitaria y, luego de dos años de egresados, con o sin título en la mano, esos mismos jóvenes devolvieran al acreedor).

Recuerdo ahora consignas, carteles, panfletos y coros que hacían alusión a lo injusto que era el sistema del crédito fiscal. Siempre el tema estaba presente en las demandas y movilizaciones estudiantiles; y no pocos aceptaron el préstamo con la esperanza de que un futuro gobierno democrático condonaría esa deuda. Se acabó la dictadura, llegó la democracia y las nuevas autoridades no sólo continuaron con la modalidad, sino que perfeccionaron la recaudación de lo adeudado: quienes no pagaran la cuota respectiva no percibirían la devolución anual del diez por ciento que hace Impuestos Internos por concepto de honorarios recibidos. Y pasarían, en tanto morosos, a Dicom.

Han pasado años. Algunos, unos pocos, muy pocos a decir verdad, de quienes fueron dirigentes estudiantiles en los ochenta llegaron a ocupar cargos de importancia en el Estado (¿otro “error de cálculo” de quienes arriesgaron tanto?). Pero en el imaginario colectivo, al menos en ese etéreo espacio, quedó la sensación que la generación ochentera algo tenía que decir al país. Por eso, desde ciertas tribunas (rincones, más bien), se ha tratado de analizar y debatir sobre las características y planteamientos del movimiento juvenil en la época de dictadura.

No recuerdo bien, pero me parece que fue en por el 2003 ó el 2005 que un grupo de ex líderes universitarios, al amparo de una institución cultural, organizaron, precisamente, un foro para hablar sobre las luchas y reivindicaciones de los ochenta. No pude asistir. Mas, al día siguiente, le pedí a un amigo -que sí pudo estar en el encuentro- que me contara los aspectos más relevantes. Y de ese relato guardé una anécdota que me hizo arriscar la nariz en el momento y que resumo a continuación:

Alguno de los presentes recordó que el no pago de la deuda por concepto del famoso crédito fiscal era una de las importantes reivindicaciones no asumidas por las nuevas autoridades. Palabras más, palabras menos. Sentado entre los panelistas estaba una de las pocas autoridades del gobierno central, quien había sido dirigente estudiantil en la Universidad de Chile en los ochenta. Ante el planteamiento, se inclinó hacia su compañero más cercano y le señaló, en voz baja para no interrumpir el debate, pero con suficientes decibeles para que se escuchara entre los más cercanos, algo así como: “yo tengo entendido que las deudas hay que pagarlas, ¿o no?”, en clara alusión a que el débito no admitía otra solución. El que decía tal sentencia hoy es Ministro de Salud y, antes de eso, Intendente Metropolitano.

Así es. Sin entrar a un debate ético, lo cierto es que las deudas hay que pagarlas. Aunque nos cueste, nos pese y nos disguste. Los chilenos (y aquí pueden entrar a opinar con propiedad los sociólogos e historiadores, entre otros) tenemos fama de ser buenos deudores; que por algo en nuestro país está tan extendido y aceptado el sistema de créditos. Hace un tiempo, comentamos con amigos que sería interesante conocer un estudio estadístico que determinara la veracidad de esa percepción. Y más: aventuramos que en el caso específico de los profesores con deuda de crédito fiscal, seguramente la tasa de devolución era muy alta.

Las deudas hay que pagarlas. De lo contrario, nos arriesgamos a no creer en los contratos. Miles y miles de personas en Chile, mes a mes, incluso con intereses que especialistas no trepidan en calificar de usureros, hacen lo imposible por saldar sus deberes financieros. La mayoría recibe el sueldo mensual y lo primero que hace es cancelar sus deudas. Pregunten a los deudores habitacionales, a los de las casas comerciales, de las automotoras, de los bancos y financieras, de las cajas de compensación. ¿Cuántas familias han tenido que vender sus más preciados bienes para saldar la deuda por una intervención hospitalaria? Y si no se paga una cuota, sabemos y asumimos que la deuda crecerá.

Las deudas hay que pagarlas. Tal vez, entonces, el actual Ministro de Salud converse con sus pares de Hacienda y Educación y les señale su apreciación sobre ellas. Después nos contará cómo le fue o qué le respondieron. Está claro que no será necesario hablar de responsabilidad ética o del aporte que hicieron los profesores para retornar a la democracia o de las pérdidas monetarias y sociales que sufrieron los maestros en esos difíciles años ochenta. ¡Qué va! Si lo cierto es que el Estado, cuando traspasó los colegios fiscales a los municipios, hizo perder a los docentes un aumento de sueldo otorgado en 1980 y que los beneficiaba en términos previsionales (antes de obligarlos a meterse en las AFPs). Que los profesores han recibido en los últimos 19 años un reajuste salarial significativo nadie lo duda. Pero eso no quita la deuda. Y no puede, el actual gobierno central, argumentar que la deuda prescribió por la cantidad de años que han pasado. ¿Se imaginan si todos los que debemos plata esperáramos, pacientemente, algunos años para que la deuda prescriba?

Actualmente, los maestros del país, en un momento delicado del año escolar, han asumido una acción que a todas luces es riesgosa y compleja. Tal vez el movimiento se acabe en cualquier instante. Pero no son los profesores los que tienen la llave para detener la huelga indefinida, salvo que se les pida renunciar a su dignidad. O que se establezca, de una vez, que las deudas pueden no pagarse.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Cerro Santa Lucía, un espacio para la diversidad


Punto referencial de los santiaguinos, visita casi obligada para turistas nacionales y extranjeros, escenario de escarceos amorosos, destino regular de la cimarra estudiantil, transgresor del tiempo y el espacio, lugar de encuentro intercultural, el cerro Santa Lucía permanece (porque a una inmobiliaria le saldría muy caro rasar el terreno para construir ahí un complejo de edificios) como uno de los hitos significativos de la capital. Aún con tanta construcción en altura rodeándolo y con el cada vez más ceniciento aire que opaca la visión de la ciudad, el cerrito mantiene su estatus de oasis de frescura y de otero privilegiado. Un intervalo en el tráfago de esta aldea que crece a destajo.

Imagino la actual ciudad hace 468 años, cuando los varios miles de indígenas que habitaban la cuenca del Mapocho se inquietaron con un grupo recién llegado, compuesto por un centenar y medio de paliduchos hombres y un numeroso contingente de yanaconas, quienes instalaron sus tiendas a los pies del actual cerro Blanco, al norte del río, mientras merodeaban el valle e intimidaban a sus originales moradores, montados en sus enormes bestias de cuatro patas. Algo grande se venía.

Mucho verde, bastante calor de seguro (era diciembre), chozas y cultivos varios, algunos canales de regadío que dejaron los incas, los cerros que rodeaban la cuenca, la enorme cadena montañosa que cerraba el espacio al oriente, el riachuelo que bajaba hacia el poniente… y el peñón rocoso, centro del dominio del cacique Huelén Huara, al sur del Mapocho.

Pedro de Valdivia debe haber intuido, sino sabido con certeza, que el mejor lugar para establecer su residencia definitiva estaba a los pies de ese mirador natural, que los indígenas llamaban, en su lengua, “Dolor”. Y el 13 de diciembre de 1540 se asomó la hueste española por el futuro Santiago de Chile. El mismo día en que el santoral católico recuerda a Santa Lucía. Como el nombre que pondría a la ciudad ya lo tenía claro, Valdivia reservó el de la beata de Siracusa para ese peñón que serviría de mirador preventivo.

Si bien un famoso cuadro del pintor Pedro Lira, masificado en unos cuantos billetes, ayudó a extender la idea de que Valdivia fundó Santiago arriba del Santa Lucía, no existe constancia de que haya sido así de cierto. Ni el libro Becerro (el de las actas del Cabildo) puede salvar esta duda, ya que se quemó en el ataque indígena que destruyó la precaria aldea, el 11 de septiembre de 1541, y fue rehecho sólo tres años después. Mejor es pensar -como lo hizo el historiador Armando de Ramón- que la fundación de Santiago, más que de un evento único, se trató de un proceso.

Salvo por el ataque encabezado por Michimalonco, Santiago no fue teatro principal de la Guerra de Arauco. Por ende, el Santa Lucía no cumplió su previsto rol de atalaya y más bien permaneció como hito que marcaba el límite oriental de la ciudad. Así fue durante toda la época colonial y los primeros años republicanos. Hasta que apareció el temple visionario de Benjamín Vicuña Mackenna.

Imbuido del espíritu liberal del siglo 19, del afán de progreso, de la preocupación por la higiene y el bienestar de los ciudadanos; conocedor de las transformaciones urbanas efectuadas por el barón Hausmann en París y de los avances tecnológicos y científicos de Europa; Vicuña Mackenna, desde su cargo de Intendente santiaguino, entre 1872 y 1874 se abocó a transformar el roquerío del Santa Lucía en el más excelso paseo público de la ciudad. Desde entonces permanece como una obra admirable y admirada (lo mismo que no podemos decir de otra de sus innúmeras creaciones, aunque no por culpa suya: la Sociedad Protectora de Animales).

Por cierto que don Benjamín recibió las críticas de rigor, cómo no, y su fortuna personal quedó bastante menguada. Pero perpetuó su nombre en Santiago con este hermoso lugar de esparcimiento y encuentro social. Así, desde entonces, el Santa Lucía no sólo representa un refrescante páramo lleno de verdor o admirables obras escultóricas. También, como lo deseaba Vicuña Mackenna, es un espacio en el que confluye buena parte de la diversidad humana que habita la ciudad. Y eso es rescatable en un mundo cada vez más segmentado.

De los varios ejemplos que pueden ilustrar el carácter socialmente inclusivo del cerro, podemos citar en esta ocasión la presencia permanente de las culturas indígenas o el diario deambular de grupos de gitanas, aparte del homenaje que el mismo Vicuña Mackenna instaló en el sector oriental a los protestantes que fueron enterrados ahí hasta 1874, por no permitírseles una tumba en el Cementerio General.

En efecto, en la ladera poniente del cerro, aunque poco perceptible desde la Alameda, existe una cueva que ha sido acomodada como una larga sala y en la que hoy funciona el Centro de Arte Indígena, CENWE. Ahí, representantes de las culturas aymará, rapa nui y mapuche, todos los días, ofrecen una variedad de artesanía y algunos productos culinarios típicos (como merquén o quínoa), que son apreciados por los muchos turistas que llegan al lugar, especialmente extranjeros.

Además de lo anterior, hay que mencionar que para el año nuevo indígena (24 de junio) y cada 12 de octubre, las principales organizaciones de los pueblos ancestrales presentes en Santiago suelen convocar a sus adherentes a realizar sendas y sentidas ceremonias en el Santa Lucía, en las que renuevan su compromiso con su particular cosmovisión y su sentido de identidad nacional. Así, el cerro se convierte en esas jornadas en una irisada muestra de diversidad.

Por otro lado, siempre en los jardines que caen a la Alameda, ahí por donde se levanta la gran piedra que recuerda una carta de Valdivia al Emperador o frente al mural con que la ciudad rinde homenaje a Gabriela Mistral, pasean en pequeños grupos algunas mujeres gitanas, con sus típicos atuendos y sus largas cabelleras, dispuestas a descifrar el futuro al transeúnte que ceda al asedio y le extienda su mano… y unas monedas, claro está.

Cierto es que las zíngaras no aceptan de buenas a primeras un no por respuesta y lo siguen a uno varios pasos en que insisten con su oferta. Y tampoco es mentira que a más de alguna se le ha visto agachada haciendo sus necesidades sin pudor en la ladera del cerro, no muy escondida a decir verdad. Pero su persistencia no es mayor a la que ocupan varias empresas que quieren venderte algo a través de una llamada telefónica. Lo interesante, para el caso que nos ocupa, es que el Santa Lucía se ha transformado en el espacio que las acoge y que nos recuerda que en Santiago no vivimos sólo nosotros (ahora bien, ¿quiénes somos nosotros? Es una pregunta compleja, cuya respuesta debatiremos en otra ocasión).

La diversidad humana que podemos apreciar en este cerro capitalino es una de las bondades surgidas de la ingeniosa mente de don Benjamín Vicuña Mackenna. Es lo que, entre otros aspectos, hace que el escritor Pablo Simonetti lo destaque en alguno de sus textos: “Ese monumento natural que se levanta contra los embates de la naturaleza y la desgracia, que intenta adornarse con los bienes de la cultura, que atrae como un imán a las parejas para recostarse en sus laderas, reúne desde lo más sólido de nuestro ser nacional -una historia monolítica y la vez fracturada como la roca granítica que lo constituye-, hasta lo más sensual e incluso lo más postergado”.

Por lo mismo, tal vez más notable que cambiarle el nombre (como lo han pretendido algunos parlamentarios para devolverle su original Huelén, en un afán de homenajear a los pueblos originarios), digo que más notable sería que las autoridades respectivas y los propios santiaguinos sigamos visitándolo y cuidándolo a diario, tratando de sensibilizarnos ante su belleza, de captar su larga historia y de profundizar su diversidad republicana.

lunes, 17 de agosto de 2009

Independencia y cultura: 196 años de la Biblioteca Nacional


A Micaela Navarrete

Los ánimos en Chile, desde septiembre de 1810, se encendían más cada día que pasaba, en tanto los acontecimientos y las acciones de diversos grupos obligaban a tomar partido a los indecisos. La instalación de la Junta de Gobierno fue una apuesta arriesgada de quienes, los menos todavía, anhelaban emular a los colonos norteamericanos y a los criollos de Quito y Caracas, para luego emprender la aventura de la emancipación plena. Hacia agosto de 1813, ya en el teatro de operaciones desplegaban sus energías los Carrera, O’Higgins, Henríquez y muchos jóvenes, otros no tanto, ilustrados y enérgicos, que querían torcer el curso de la historia hacia destinos de libertad y progreso (sí, está claro que a estas alturas, casi doscientos años después, la frase suena cursi; pero no es irreal). Y también los partidarios de mantener el statu quo jugaban sus fichas, encabezados por el propio Virrey de Lima y sus acólitos locales.

La tensión es máxima, se vive una verdadera situación revolucionaria, los debates y los actos conspirativos se multiplican, la propaganda es ardua. Y la acción política, los contenidos teóricos, la oposición discursiva, el argumento de la razón, se irá complementando con el despliegue militar, con el recurso de la fuerza. Los combates de Yerbas Buenas y San Carlos indican que no hay vuelta atrás.

La vorágine pudo hacer que los patriotas prescindieran, en esas circunstancias, impelidos a acudir al campo de batalla a defender sus ideas, de espacios para la creación cultural. Nadie se los podría enrostrar. Pero quienes de verdad tienen visión de futuro, quienes pretenden provocar un cambio profundo en las estructuras materiales y mentales, suelen sobreponerse a la inmediatez. Por ello, no cabe sino agradecer y saludar a los dirigentes de la gesta libertaria que, al mismo tiempo de armar una milicia y empuñar las armas, escribieron una proclama en la edición número 57, del jueves 19 de agosto de 1813, en El Monitor Araucano, en uno de cuyos párrafos rezaba que “… el primer paso que dan los pueblos para ser sabios, es proporcionarse grandes Bibliotecas”.

En efecto. Convencidos que un buen e independiente gobierno es, entre otras cosas, más que asegurar un territorio libre; más que invalidar las órdenes de una autoridad extranjera; por cierto, más que mantener un ejército que asegure las fronteras; digo que convencidos de aquello, los próceres de la emancipación nacional tuvieron el temple y la mirada profunda para incentivar también el crecimiento intelectual de sus conciudadanos. Y así dispusieron la creación de un espacio para el acopio de libros y su necesaria lectura. De esta forma, imbuidos de los ideales ilustrados, dieron el paso que originó la Biblioteca Nacional de Chile, institución del todo republicana que se transformará en faro cultural del país.

Pero no sólo crearon una biblioteca y entregaron los recursos para mantenerla con dignidad. Los próceres también realizaron una invitación a todo el pueblo, a que cada cual contribuyera con su crecimiento y sustento. Esto es, se trató de una empresa colectiva, participativa. En el mismo decreto citado anteriormente, que lleva las firmas de Francisco Antonio Pérez, Agustín Manuel Eyzaguirre y Juan Egaña, se indica que “Para esto se abre una suscripción patriótica de libros y modelos de máquinas para las artes, en donde cada uno al ofrecer un objeto o dinero para su compra pueda decir con verdad ‘he aquí la parte con que contribuyo a la opinión y a la felicidad presente y futura de mi país’. Todo libro será un don precioso, porque todos son útiles…”.

Vencidos momentáneamente los patriotas en 1814 e iniciada la etapa de Reconquista española, habrá que esperar hasta 1818 el nuevo impulso que reabrirá la Biblioteca Nacional y la dotará de un director a la altura de la misión: don Manuel de Salas. Todavía quedaban urgencias políticas y militares, pero una vez más se impuso el afán ilustrador. Con traspasos de libros de otras instituciones, con donaciones particulares pequeñas o de benefactores mayores, con la adquisición de colecciones privadas significativas, como las de Mariano Egaña, Benjamín Vicuña Mackenna o Andrés Bello, la Biblioteca Nacional fue tomando la envergadura que imaginaron sus creadores.

Y más aún. Estos campeones del liberalismo del siglo 19, no contentos con la posibilidad de hacer crecer la institución con los recursos propios y las donaciones voluntarias, obligaron, primero al propio Estado y después a los particulares, mediante el sistema del “depósito legal”, a que se entregara un número determinado de copias de cada publicación (actualmente son quince ejemplares de libros e impresos) para los archivos y anaqueles de la Biblioteca Nacional. He ahí, nuevamente reitero, visión de futuro.

Ya fuera en las dependencias de la antigua Universidad de San Felipe, hoy el lugar en que está el Teatro Municipal; ya en el edificio de la Aduana, donde hoy funciona el Museo de Arte Precolombino; ya en la sede construida en los antiguos terrenos de la Compañía de Jesús, detrás de la malograda iglesia que se incendió en 1863; ya en el histórico Tribunal del Consulado, donde se verificó el Cabildo Abierto de 1810, mismo lugar en que sesionó el Primer Congreso Nacional y donde hoy se ubica el ala oriente del Palacio de los Tribunales de Justicia; durante más de un siglo, la Biblioteca Nacional deambuló con su valiosa y creciente custodia por el casco histórico de Santiago, hasta que finalmente, como parte de las obras levantadas en honor al centenario de la República, recaló en 1925 en la actual sede, que se construyó en lo que fue el convento de las monjas clarisas.

Ilustres nombres se vinculan a la gestión de la Biblioteca Nacional: Manuel de Salas, Camilo Henríquez, José Miguel de la Barra, José Victorino Lastarria, Luis Montt, Guillermo Feliú Cruz, Juvencio Valle, son algunos de los más connotados. Sin embargo, son los más de un millón de usuarios anuales desconocidos (aunque no tanto, pues hay que inscribir el nombre al solicitar un servicio) los que validan cotidianamente la decisión de sus creadores.

Sin lugar a dudas que la constitución, sostenimiento y ampliación de las atenciones que presta la Biblioteca Nacional son un reconocido aporte a la difusión de la cultura en Chile. Algo que no se puede decir de acciones como las de imponer (y mantener) el cobro del IVA a los libros, un verdadero pistoletazo a la lectura. Al momento de conmemorar este 19 de agosto de 2009 los 196 años de su fundación, ad portas del celebrar el bicentenario republicano y en el curso de la discusión que ha de crear una nueva institucionalidad del patrimonio cultural en Chile (que también incidirá en la labor futura de la Biblioteca, en tanto parte de la DIBAM), interesante sería recoger los anhelos de aquellos visionarios hombres de estado que, en medio de la guerra que libraban en 1813, señalaron su preocupación porque “… al presentarse un extranjero en el país que le es desconocido, forma la idea de su ilustración por las bibliotecas y demás institutos literarios que contiene”.

Ahí tenemos, a la vez, un piso y un horizonte. En la historia de la Biblioteca Nacional encontramos empeño, carácter, participación ciudadana, voluntad de ser más; cultura de cada día y no fogonazos artificiales de tanto en tanto… ni menos disparos a la formación de un país ilustrado.