jueves, 8 de marzo de 2018

Pasos callados: las mujeres (también) hicieron la ciudad

Por María Elisa Puig L. y Vólker Gutiérrez A.

“… por allí pasaban mujeres de diferentes edades
con el solo pretexto de divisarlo (la imagen de San Antonio)
y reavivar el deseo íntimo.
Era una legión de feligreses la que transitaba por la calle
en dirección del templo franciscano,
embarrando muchas veces sus sayas de seda
para hacerse más gratas a los ojos del santo”.
S. Zañartu, “Calles Viejas”,
explicando el origen del nombre de la calle San Antonio


Cuando se habla o escribe sobre los personajes que han destacado en la creación y desarrollo de la ciudad de Santiago, no faltan nombres propios como los de Pedro de Valdivia, Benjamín Vicuña Mackenna, José Miguel de la Barra, Alberto Cruz Montt, Ricardo Larraín Bravo, Luciano Kulczewski. Todos varones, por cierto. Y si contemplamos los porcentajes de mujeres que en las últimas décadas han ejercido o ejercen un cargo político que tenga que ver con el quehacer urbano, las cifras corroboran el menguado rol femenino en esa área: desde 1990, menos del 19% de los intendentes de la Región Metropolitana han sido mujeres y, en la actualidad, bajo el 16 por ciento son alcaldesas en las 51 comunas de la misma región. He aquí, entonces, otro segmento de la realidad donde se está al debe con el género femenino, que en términos cuantitativos supera el 50 por ciento de la población global del país. 
 
La conquista y la colonización: una empresa masculina

La conquista española del país, en el siglo XVI, fue primero una empresa militar y, por ende, en aquel tiempo, una tarea de hombres. En rigor, además de la gran masa indígena, a Pedro de Valdivia lo acompañó una hueste de 150 soldados varones y una sola mujer, su amante Inés Suárez.

Sin embargo, al pasar los años, la cantidad de mujeres españolas y mestizas que fueron poblando las ciudades que se fundaban y consolidaban creció sostenidamente. De hecho, tras el gran levantamiento mapuche de 1598 en el sur, según Benjamín Vicuña Mackenna y Armando de Ramón, en Santiago la proporción entre hombres y mujeres era de 1 a 3, en favor de las segundas.

Pero esa mayoría numérica no implicó un cambio en el estatus de la mujer que, durante el período colonial, estaba legal, religiosa, económica y socialmente constreñido al ámbito privado. En efecto, tanto en disposiciones civiles como eclesiásticas, la concepción binaria del mundo implicaba también una división genérica de las funciones hombre-mujer. Los hombres, lo masculino, eran asociados a la parte racional del mundo, a la mente. Y por el contrario, las mujeres, lo femenino, eran siempre vistas como un sujeto dependiente de su cuerpo y, por lo tanto, dominadas por la naturaleza instintiva animal. En palabras de Alejandra Araya, la mujer representaba a un “sujeto moral deficiente”, por lo que el cuerpo femenino debía ser “sujetado, aprisionado, encerrado, cautivado”. De ahí que los espacios que el poder (masculino) asignaba a las mujeres eran el matrimonio y la casa; o la religión y el convento… el espacio privado, en definitiva (algo que no variará durante buena parte del período republicano).

Tanto era así la normativa, que la justicia establecía que en caso de diferendos con mujeres los jueces debían ir a interrogarlas a sus casas, para no perturbarlas y no hacerlas salir del espacio doméstico. En rigor, la Partida Tercera (segmento de un conjunto de leyes encargadas por Alfonso XI en el siglo XIII), señalaba explícitamente que “No se debe obligar a presentar por sí ante los jueces, dueña, casada, viuda, doncella u otra mujer que viva honestamente en su casa”.

Mas, pese a todas estas disposiciones (y la sanción moral y jurídica a quienes las transgredían), las mujeres hicieron uso del espacio público y, por ende, fueron hacedoras de ciudad. No en el sentido de su arquitectura ni de su conformación física (algo que queda por investigar), pero sí en tanto espacio de sociabilidad y de generación de su alma.

Es así que en los siglos en que se formó y consolidó Santiago como un ente urbano, las mujeres no se lo pasan encerradas en sus hogares cumpliendo únicamente labores domésticas, sino que también, sobre todo las que pertenecen a la elite blanca, cobran deudas, compran y venden bienes, dejan y reciben herencias, poseen esclavos, pagan censos, impuestos y tributos, realizan o reciben donaciones, etc. Y todas estas actividades las realizan a su nombre, en los espacios públicos y en las instituciones de administración.

Plano de Santiago de Chile en 1712, por Amadeo Frezier

Las mujeres pulperas

Un ejemplo interesante en esta línea lo constituyó la situación vivida en el comercio, con los negocios llamados pulperías, esos antiguos almacenes en que se vendía todo tipo de productos básicos y de primera necesidad, tal cual señaló Eugenio Pereira Salas: “vino, sal, jabón, queso, pan y miel y otros géneros comestibles”. Ocurrió que la mayoría de esas tiendas fueron administradas por mujeres, lo que las transformó en espacios cotidianos de sociabilidad y de encuentro, incluso interétnico, generalmente localizados en las cercanías de la Plaza de Armas.

Precisamente, las pulperías iban más allá de su condición de espacio físico destinado a la compra y venta de bienes, pues a su alero se produce también un intercambio más profundo entre quienes allí confluyen, tanto amos como criados, partiendo por los chismes y noticias, y llegando a situaciones más íntimas e incluso trágicas. Raquel Rebolledo, en su trabajo “Pícaras y pulperas: las otras mujeres de la Colonia”, recoge una cita de Francisco Encina que muestra lo que ocurrió muchas veces en las pulperías y que las hizo motivo de constante preocupación de las circunspectas autoridades coloniales: "Casi en su totalidad -las pulperías- eran regentadas por mujeres de la hez del pueblo, zambas, mulatas y mestizas, que para vender invitaban a sus conocidos y conocidas a beber y a divertirse. Se seguían de aquí pendencias, puñaladas y asesinatos, y si se cree a los alcaldes de la época, se llegaba sin ningún temor a Dios, a los escándalos más vergonzosos. Tras el mostrador había una tapadera, donde se encontraban durmiendo, siempre revueltos, como bárbaros, hombres y mujeres que apenas se habían conocido allí".

Y ahí, en ese espacio vital de la ciudad, las pulperías, es donde encontramos a las mujeres coloniales, compartiendo e interactuando con “gentes de cien mil raleas”, produciéndose una mezcla de hábitos y costumbres que para los fiscalizadores resultó peligrosa. De hecho, la propia Raquel Rebolledo adelanta que en esos almacenes está la matriz de las chinganas “que más tarde se convertirán en nuestras tradicionales ramadas”.

Mujeres propietarias

En otro orden, el estudio de las fuentes coloniales muestra, tal como se dijo, que más allá de las normas y los acuerdos sociales, las mujeres son parte activa de este entramado urbano en nacimiento. Luis Thayer Ojeda, a comienzos del siglo XX, hace un extenso estudio sobre la formación urbana de Santiago en sus primeras décadas y la relación con sus propietarios, donde se puede ver cómo de los 330 solares que componían la ciudad fundacional de 80 manzanas, por lo menos 158 pertenecieron a mujeres en algún momento de los primeros 50 años de la urbe colonial, solares que además fueron adquiridos por diferentes motivos, no únicamente como dotes matrimoniales, sino también por compras directas o donaciones. Y mayor es la sorpresa aún cuando se aprecia que esas mujeres propietarias no solo pertenecen a la clase blanca dominante, sino que también hay gran cantidad de mestizas, indias e incluso mujeres negras.

Pasos callados

Con esos ejemplos particulares de las pulperas y las propietarias, apenas esbozados, a lo que podemos añadir la situación de las mujeres que, como señalamos más arriba, también cobraban deudas o administraban esclavos, estamos dando luces de que las mujeres jugaron un rol central en dichos espacios que son a su vez articuladores de la vida en comunidad, en este caso en una ciudad pequeña que está recién formándose. Y hablamos de las mujeres en general, yendo más allá de los casos particulares de féminas que descollaron en el espacio público durante la Colonia, como Inés Suárez o la no menos famosa Catalina de los Ríos y Lisperguer, La Quintrala.

Como indica Loreto Arismendi, las mujeres fueron más allá de la casa y el convento pues “en su calidad de sujetos históricos, se desenvuelven en la sociedad, se relacionan con sus distintos segmentos y forman parte de procesos sociales e históricos mayores, incluyendo su forma de relacionarse con los hombres”. Luego, agregamos nosotros, a contracorriente de lo que señalaban las leyes y las normativas sociales, arriesgando muchas veces la mirada inquisidora, el mote de “mujeres de mal vivir” cuando no derechamente el ingreso a la Casa de Recogidas, las mujeres sí incidieron en la gestación y el desarrollo de la ciudad… desde los márgenes es cierto, pero lo hicieron. Con pasos callados.


domingo, 12 de febrero de 2017

476 años de Santiago… una historia de cambio, continuidad y futuro…

“… Oigo voces indistintas. / Oigo sonidos indefinibles. /
Oigo pisadas. / Oigo silbidos. / Oigo bocinas. /
Oigo el bullicio de la calle…”.
Gonzalo Millán, La ciudad

Está completamente claro que la cuenca de los ríos Mapocho y Maipo, lo que hoy llamamos la ciudad de Santiago, antes que llegara acá Pedro de Valdivia y su hueste conquistadora, en diciembre de 1540, ya estaba habitada por miles de personas que aglutinamos bajo el nombre genérico de pueblos originarios. No sabemos con precisión cuántos miles, pues en aquella época todavía no se hacía “el mejor censo de la historia”.

También recogemos investigaciones recientes que plantean que nuestra capital se emplazó sobre una ciudad anterior en la que, por ejemplo, la actual Plaza de Armas de Santiago fue un centro administrativo incaico.

Estratos de diversas culturas bajo la ciudad de Santiago. (Ilustración de Patricio Bustamante dispuesta en el sitio http://www.revistasomos.cl/2014/03/enigmas-de-su-fundacion-bajo-santiago-una-ciudad-inca/)

Sin embargo, lo que señalan las actas del cabildo, institución importada por los españoles y que gobernaba las ciudades, es que el 12 de febrero de 1541 Valdivia, el alarife Gamboa y el centenar y medio de peninsulares que los acompañaban, llevaron a cabo un acto simbólico de fundación de una ciudad, Santiago del Nuevo Extremo. Instituida capital del territorio conquistado, dieron paso a un nuevo orden de cosas, no sin una cruenta guerra de por medio que afectó sobre todo a los antiguos habitantes de esta parte del mundo.

476 años han pasado desde aquel instante fundacional y, cómo no, mucha agua ha corrido bajo el puente. Mas, como en todo orden de cosas de los humanos, una historia de continuidad y cambio se ha tejido desde entonces. Entre los primeros, las permanencias, podemos señalar que de partida la ciudad se sigue llamando de la misma forma; se mantiene como capital, aunque desde hace dos siglos, en vez de un reino lo es de una república; el trazado de las primeras calles y manzanas, en torno a la Plaza Mayor, continúa con su estructura similar y su forma de damero; si bien hemos aprendido de alguna forma a convivir con ellos, los terremotos siguen afectándonos fuertemente cada vez que la tierra se manifiesta. He ahí algunos ejemplos.

Portada del libro Plaza de Armas, el corazón de Santiago (2012), 
publicado por Letra Capital Ediciones en la colección Miremos Juntos

A su vez, los elementos de cambio en esta ciudad, transcurridos cuatro siglos y medio, no son menores. Por ejemplo, el río Mapocho es cada vez más “urbano” y menos natural (hasta una carretera subterránea corre bajo parte de su tramo); lo mismo ocurre con los dos cerros principales de la cuenca, los antiguos Huelén (hoy Santa Lucía) y Tupahue (hoy San Cristóbal), que dejaron de ser ariscos y pedregosos y fueron transformados en verdes parques; si bien las sedes de las principales instituciones políticas se mantienen en el casco histórico, quienes suelen dirigirlas emigraron al oriente de la ciudad.

Pero en esta ocasión, queremos detenernos en un cambio importante de la capital, a 476 años de su fundación. La cantidad de habitantes. Es lógico que en más de cuatro siglos su número haya aumentado en forma considerable. Sin embargo, no es natural ni un designio divino que hoy seamos alrededor de siete millones (considerando que el país en su conjunto todavía no llega a los veinte millones). Por lo mismo, en la actualidad la ciudad se ha extendido desde el triángulo fundacional, en torno al Santa Lucía, hasta los contrafuertes cordilleranos y los cerros y angosturas que rodean la cuenca.

Estimamos que el excesivo número de habitantes de Santiago, en gran medida, obedece a una mala política de descentralización, muy propia y factible de ver en los llamados países subdesarrollados. Con la concentración de servicios y oportunidades de todo tipo (económicas, políticas, financieras, culturales, recreativas, etc.), es bien difícil evitar que mucha gente de regiones no desee vivir en la capital o que los que ya la habitamos queramos emigrar definitivamente de ella.

Por otro lado, hay un tema que quizás podría ayudar a resolver en parte la sobrepoblación de Santiago y tiene que ver con el transporte. Ya sabemos que en dictadura se implementó un fatal plan para mermar la situación del ferrocarril. Y en los gobiernos posteriores, otras nefastas políticas y negociados le asestaron un duro golpe. Sin embargo, en los últimos meses hemos sabido de proyectos para potenciar el servicio de trenes a Rancagua y se ha hablado de estudios para implementar un tren rápido a Valparaíso. Si el traslado de personas entre Santiago y la ciudad puerto demorara veinte minutos; o si el trayecto a Concepción fuera de una hora y media, ¿cuánta gente se iría a vivir a una distancia de 500 kilómetros o menos de la capital, para venir a trabajar en ella y luego volver a su casa? Claramente no es la situación ideal ni el mejor ejemplo de descentralización, pues igual Santiago debería soportar una carga diaria importante de trabajadores y, además, las otras localidades podrían transformarse en meras ciudades-dormitorio. Lo sabemos. Pero es una posibilidad al menos para estudiar.

Como quiera que sea, hoy nuestra capital está de cumpleaños y corresponde celebrar, sobre todo apuntando a hacer de ella una ciudad más querible y mejor vivible. 

Santiago de Chile: ¡a tu salud!

Vólker Gutiérrez A.
Director Letra Capital Ediciones
Co fundador Cultura Mapocho
www.culturamapocho.cl

lunes, 30 de diciembre de 2013

El cojo Robles y el primer Himno Nacional

Manuel Robles Gutiérrez (imagen en www.contenidoslocales.cl)
Cuando Benjamín Vicuña Mackenna oficiaba de Intendente de la capital (1872-1875), entre otras labores acometió la de realzar la figura de algunos próceres cuya memoria se estaba dispersando en el tiempo. Por ejemplo, en 1873, promovió el homenaje público y ciudadano a los escritores de la Independencia, a través de un monumento dispuesto en la Alameda de las Delicias (escultura que por cierto ya no se encuentra ahí, sino en el parque Forestal). Pensaba Vicuña Mackenna que estos intelectuales no podían merecer menos tributo que O’Higgins, Rodríguez, San Martín o los hermanos Carrera. Así, el 4 de mayo de ese año se inauguró una plazoleta en la principal avenida santiaguina, frente a la actual calle Brasil, junto a un obelisco de casi siete metros de alto que en sus cuatro costados contenía medallones de bronce, confeccionados por el escultor Nicanor Plaza, con los rostros de Manuel de Salas, José Miguel Infante, Camilo Henríquez y Manuel José Gandarillas.
 
La fiesta cívica de ese domingo 4 de mayo nos fue relatada en colorida crónica por don Gaspar Toro, quien señaló en parte que: “El hermoso paseo de las Delicias, en una extensión considerable, estaba adornado con vistosos gallardetes i banderas. La concurrencia principió a llegar desde la una de la tarde i entre ella se veía desde la más elegante dama hasta el más humilde obrero...”. Más adelante, el texto de Toro precisa que “A las tres de la tarde en punto, llegaron las bandas de música, dirigidas por el señor Quintavala. En seguida se procedió a descubrir el monumento. Don Ramón Barros Luco quitó el velo que ocultaba el obelisco de mármol (…) A continuación tocaron las bandas de música el himno nacional de Robles”.
 
Partitura primer Himno Nacional (imagen en www.educarchile.cl)

¡El himno nacional de Robles!, del músico Manuel Robles, del “cojo” Robles… en 1873… Si no lo dice don Gaspar, que a la sazón contaba ya con el título de abogado y con 25 años de edad, costaría creerlo, pues dicha música se había dejado de usar oficialmente en 1828. Sin embargo, no debiera extrañarnos que el intendente Vicuña Mackenna lo hubiera solicitado en el homenaje a los escritores de la Independencia. Ya diremos por qué. Por ahora, volvamos las miradas a la figura y obra del olvidado violinista de los albores republicanos, don Manuel Robles Gutiérrez.
 
Buena parte de la biografía de Manuel Robles, nacido en Renca en 1780 y fallecido en 1837, nos la aportó su amigo y colega José Zapiola en su “Recuerdos de treinta años”, en cuyas páginas expresa admiración especial por Robles, desde el instante en que lo conoció en una corrida de toros en San Francisco del Monte, en 1819: “… salió un cuarto toro, de un aspecto tal que impuso terror al público, incluso (a) los toreros (…) Hubo un rato de silencio, que fue enseguida interrumpido con gritos (…) Entre esas voces salió una de un palco vecino al nuestro: ‘¡que lo toree Manuel Robles, Manuel Robles!’ (…) esto nos hizo fijarnos en un individuo que se descolgaba de un palco (…) Hizo una cortesía, y después fue a encontrar al temible toro; le sacó cuatro, ocho, doce y quien sabe cuántos lances, hasta que el toro, cansado o aburrido, le dio vuelta, no la espalda, sino otra cosa, y se dirigió a los otros toreros, que, avergonzados, se disponían a imitar a Robles, con grandes pifias del público, que no cesaba de aplaudir furiosamente al futre”.
 
No sólo era un gran torero este futre Robles (de “altura más que común, de formas perfectas y de cara hermosa y simpática”, según el propio Zapiola), sino también un eximio bailarín, jugador de pelota, encumbrador de volantines y, ni qué decirlo, gran bohemio. O sea, digo yo, cualquier metrosexual de estos tiempos palidecería a su lado. En 1824, tanto Robles como Zapiola realizaron un viaje de novela a Buenos Aires, donde no faltaron las anécdotas que llevaron a sus protagonistas a empuñar las armas y a ganarse el pan en una orquesta… y en el juego de los billares, donde el oriundo de Renca no tuvo rivales.
 
De regreso a Chile, en el camino de Mendoza a Santiago, Robles recibió en una de sus rodillas la feroz patada de la mula de su acompañante ocasional, ya que el animal corcoveaba y se negaba a seguir por una estrecha ladera cordillerana. Tal fue el accidente que dejó cojo para el resto de su vida a este singular personaje que, por allá por 1828, sería objeto de un desaire que a cualquier mortal lo hubiera sumido en el resentimiento y la depresión, más no a él (dijo Zapiola), pese a que seguramente estaba acostumbrado a los halagos públicos de sus conciudadanos.
 
Para entender la descortesía a Manuel Robles hay que retroceder hasta el 19 de julio de 1819, cuando las autoridades de la época, encabezadas por Bernardo O’Higgins, decidieron crear un himno oficial que se interpretara en la siguiente celebración del 18 de septiembre. La letra fue encomendada a Bernardo Vera y Pintado, quien cumplió a tiempo con el encargo; pero, como no se tenía todavía la música, hubo que acomodar el texto a los sones de la que hoy es la Canción Nacional argentina.
 
Domingo Arteaga, edecán de O’Higgins e impulsor del teatro en el país, se dio a la tarea de conseguir que alguien llevara al pentagrama los versos de Vera y Pintado. Tras un pequeño chascarro con un músico militar, finalmente obtuvo de Manuel Robles la aceptación del encargo. Se estrenó el primer Himno Nacional el 20 de agosto de 1820, fecha del cumpleaños de O’Higgins, día en que zarpó la Escuadra Libertadora al Perú y en que también se inauguró el nuevo local del Teatro de Arteaga, en la entonces plazuela de la Compañía (después plaza de O’Higgins y hoy plaza Montt Varas, frente al Palacio de Tribunales).
 
En palabras del historiador Eugenio Pereira Salas, “La sencilla melodía de Robles prendió rápidamente en los corazones, y el público se acostumbró a entonarla todas las noches de función”. No en todos los corazones, eso sí. Se dice que sin recibir orden especial de sus superiores, estando en misión diplomática en Inglaterra, hacia 1827 Mariano Egaña (apodado por sus enemigos políticos como “Lord Callampa”), solicitó al músico español Ramón Carnicer una nueva melodía para el Himno Nacional.
 
La noche del 23 de diciembre de 1828, en el mismo Teatro de Arteaga en que se estrenó el himno con la música de Robles, ahora se tocó por primera vez la Canción Nacional, siempre con la encendida letra de Vera y Pintado, pero con los sones operáticos de Carnicer: fue llamado Himno Patriótico. Luego, después que España reconoció la independencia de Chile, en 1847 se decidió también modificar los versos originales (salvo la parte del estribillo), recurriendo a la inspiración poética de Eusebio Lillo. Y así se conformó definitivamente el Himno Nacional que se entona hasta nuestros días.
 
De esta forma, sin avisar previamente al afectado ni tomar en cuenta el parecer popular, se fraguó el desaire a Manuel Robles, al que su amigo José Zapiola siguió defendiendo: “Lo hemos dicho antes: como música, la de Ramón Carnicer es muy superior; pero tal cual es, jamás podrá cantarla el pueblo. Lo contrario sucede con la de Robles. A las pocas veces de oírla, ya se sabe de memoria; pero lo esencial es, no que sea bonita, sino los recuerdos que trae a nuestra memoria”. Y más todavía. Cuando no quedaba registro de la composición de Robles, el propio Zapiola, poco antes de 1870, se encargó de llevarla al papel, lo que permitió que llegara hasta nuestros días: “Hace algún tiempo la hemos borroneado en un pedazo de papel para que no muera con nosotros…”.
 
Si en mayo de 1873, en la inauguración del monumento a los Escritores de la Independencia se interpretó el himno de Manuel Robles, como anotamos al principio, se debió a la poderosa memoria de José Zapiola y a su deseo de hacer justicia al colega músico. Pero no sólo a eso. También a que el propio Vicuña Mackenna abrigaba idénticos sentimientos de cariño a la música del “cojo” Robles, ya que en la inauguración de la Exposición de Artes e Industrias, en septiembre de 1872, había pedido que se tocara la misma obra.
 
Coda
 
En algunos sitios de internet es posible encontrar una versión del primer Himno Nacional chileno (y bajarla al computador, como en http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-79651.html).
Sin embargo, modestamente, recomiendo una versión que no está en la web, que grabó hace una década la contralto Carmen Luisa Letelier, acompañada al piano por Elvira Savi, en la placa editada por la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, llamada “Isidora Zegers y su tiempo”.
 
Portada CD "Isidora Zegers y su tiempo" (imagen en http://web.uchile.cl/facultades/artes)
 
 

jueves, 7 de marzo de 2013

Plaza de la Justicia…

Tal es el nuevo nombre que (avisan, pero no nos preguntan) tendrá la remozada Plaza Montt-Varas, frente al edificio de los Tribunales, cuadra sur de calle Compañía, entre Morandé y Bandera. Y la nueva denominación no es el único cambio que se opera en el sector, pues lo más vistoso es el aspecto que lucirá la superficie y los casi 500 estacionamientos para automóviles en cinco niveles subterráneos.


Con más de 472 años de vida de Santiago, tampoco es la primera gran modificación urbana en el área. Sin embargo, antes de recordar parte de su historia, y siguiendo con los números, cuando este 2013 se cumplen 40 años del Golpe de Estado de 1973, suena interesante preguntarse si acaso el nuevo espacio, de rutilante nombre, no podría contener siquiera una placa que recuerde a los tantos familiares y amigos de víctimas de abuso a los derechos humanos que deambularon y se manifestaron en ese lugar con la esperanza de encontrar justicia. Es solo una pregunta… y una propuesta, claro…

Cuando llegaron los jesuitas a Chile y a Santiago (12 de marzo de 1593), si bien tuvieron dependencias en distintas y varias partes de la capital, su edificación más importante -la iglesia- fue la que construyeron en la esquina suroriente de la manzana en que ahora está la antigua sede del Congreso. Y como la puerta principal del recinto daba hacia el sur, la calle contigua pasó a llamarse “de la Compañía”, hasta el día de hoy. Tal cual ocurrió con cada iglesia levantada en la ciudad, en el frontis de la de los seguidores de Ignacio de Loyola se dejó un espacio vacío a modo de pequeña plaza, que fue conocida como “Plazuela de la Compañía”, y que en este caso cruzaba la calle, como se advierte en el plano que confeccionó el ingeniero francés Amadeo Frezier en 1712 y que ustedes pueden revisar en el siguiente link de Memoria Chilena:


En 1767 los jesuitas fueron expulsados de todos los territorios españoles (y de América y de Chile, por cierto) y su santiaguina iglesia pasó a ser administrada por el obispado local. A su regreso, y varios años después de la independencia nacional, construyeron un nuevo recinto al sur de la entonces Alameda de las Delicias. Y la antigua Plazuela de la Compañía cambió de nombre (Plaza de O’Higgins) y de uso.

En efecto. Según nos cuenta en su “Recuerdos del pasado” el fecundo Vicente Pérez Rosales, fue su protector Domingo Arteaga, que oficiaba también de edecán de Bernardo O’Higgins, el responsable de erigir en el siglo XIX el “primer teatro chileno, fundado el año 18 en la calle de las Ramadas, trasladado el 19 a la de la Catedral, y colocado de firme el año 20 en la antigua plazuela de la Compañía…”.

Al ser ubicado frente a la iglesia de los jesuitas, el teatro de Arteaga quedó al lado norte de la antigua sede del Real Consulado (que corresponde hoy al ala oriente del actual edificio de los tribunales), en cuyos salones se realizó la sesión del Cabildo Abierto de 1810 y donde abdicó Bernardo O’Higgins a su cargo de Director Supremo, en 1823.

El primer teatro “de firme” de Santiago fue construido entonces en el espacio que ahora es objeto de una gran remodelación. Y no solo eso, pues la fecha de la inauguración fue todo un acontecimiento: 20 de agosto de 1820, mismo día en que don Bernardo celebraba su cumpleaños número 42, en que zarpaba desde Valparaíso la expedición libertadora al Perú, y en que se estrenaba la primera Canción Nacional (con versos de Vera y Pintado y música de Manuel Robles) en… el “teatro de Arteaga”.

Pasados los años, el histórico teatro fue demolido, igual que el edificio del Consulado. Y los restos de la iglesia de la Compañía fueron derribados tras el incendio que la afectó en diciembre de 1863. En 1905 comenzaron a edificar el actual Palacio de los Tribunales y la anterior plazuela fue alargada hacia el poniente hasta la calle Morandé; y dispusieron una estatua que recuerda a Manuel Montt y a Antonio Varas, cuyos apellidos también dieron nombre a la actual plaza.

Algunos de los acontecimientos narrados más arriba, sin duda trascendentes en la vida republicana y cultural del país, llevó en 1944 a instalar en las paredes exteriores del edificio de los Tribunales una placa recordatoria de esos eventos… aunque evocaba hechos que dividieron al país, como fue la renuncia de O’Higgins. Por qué entonces, insisto, no será posible hoy, ad portas de entregar una remozada plaza a la capital, disponer otra seña que haga homenaje a quienes, en ese mismo lugar, tanto sufrieron e invocaron leyes y principios mínimos de justicia.

Ah, una última cosa poca, todavía, a propósito de las remodelaciones comentadas al inicio. Imagino que el diseño de la nueva plaza no contempla esas rejas que le quitan su razón de ser a la Plaza de la Ciudadanía: un espacio público de tránsito libre… imagino… ¿O es muy ingenuo lo que digo?

martes, 4 de septiembre de 2012

Til Til

Prolegómeno

Ya en 1554, trece años después de ser fundado, a Santiago de Chile le fue otorgado el título de ciudad “muy noble y muy leal” por parte del soberano Carlos I (quien, de seguro, ni se enteró). En los siglos coloniales, la capital del Reino fue adquiriendo una preeminencia incuestionable frente a sus pares del norte y del sur (Concepción o La Serena, por ejemplo), hasta que en el período republicano, y especialmente durante la pasada centuria, dicha situación derivó en la megalópolis que es hoy, en la que habita un tercio de la población nacional y en la que se levanta la torre más alta de Sudamérica. Ni qué mencionar los servicios, construcciones y actividades que hacen de Santiago la indiscutida ciudad principal del país.

Pero, con rabia y también con justeza, desde las provincias se reclama constantemente que Santiago no es Chile. Yo mismo, oriundo de otros lares, lo he señalado más de una vez y, como habitante desde hace años en la capital, me ha tocado recibir la queja. Por eso me gusta hablar también de realidades e historias que he conocido, de manera directa o no, en esta “loca geografía”. 

Manuel Rodríguez de Til Til o Til Til de Manuel Rodríguez

Til Til parece ser (o quizás debería llamarse) Manuel Rodríguez. La figura en sombras del héroe, a caballo y portando una antorcha libertaria al centro del escudo municipal, ya lo indica así. El hecho de que casi toda la obra dedicada a Rodríguez (libros, canciones, poemas, películas) destaque que fue asesinado en este pueblo, distante 60 kilómetros al norponiente de Santiago, hace que cuando se menciona Til Til, de inmediato se asocia con el popular prócer. Por eso no es extraño que no exista institución que no se llame Manuel Rodríguez. Y cualquier visitante lo puede comprobar cada año, en el fin de semana más próximo al 26 de mayo, día del asesinato del guerrillero en 1818. La conmemoración de este aniversario es, para los habitantes de Til Til, tan importante como la del 18 de septiembre. Frente a las dos esculturas que hoy lo recuerdan, en el supuesto sitio de su muerte, rodeados de fondas y ramadas, se organiza un acto cívico que incluye discursos, presentaciones de bailes folclóricos, teatro escolar y un maratónico desfile matinal.

Pero, por cierto, Til Til es más que Manuel Rodríguez. Desde que llegaron los españoles a Chile se le mencionó como uno de los escasos sitios en que los aborígenes extraían oro. Por ello, los inicios del poblado están ligados a esta actividad minera que, hacia 1712, el famoso ingeniero francés Amadeo Frezier calculó en cinco trapiches que molían un cajón diario cada uno. Hoy por hoy, todavía es posible encontrarse en el pueblo con un trabajador o propietario de alguna pequeña veta del precioso metal, explotado casi artesanalmente en los cerros aledaños; aunque, en rigor, en la zona es más factible toparse con camiones que transportan piedra caliza.

A su vez, en tanto Valparaíso se transformó en el puerto más cercano a Santiago, una de las vías importantes que unió a ambas ciudades era la Cuesta de La Dormida, que en su acceso oriental y casi en la mitad del trayecto pasaba por Til Til, lo que ayudó a incrementar su importancia. Y con mayor razón si el viaje desde la capital tenía como punto de llegada los paisajes de Olmué o Limache… como se supone que era el destino de la comitiva que llevaba prisionero a Manuel Rodríguez: la cárcel de Quillota.

Como el trayecto Santiago-Valparaíso por la cuesta de La Dormida, pasando por Til Til, resultaba más largo que el camino que cruzaba la cuesta de Lo Prado, su uso no implicó una mayor afluencia de visitantes a este pueblo, de un micro clima tan seco y, por lo mismo, recetado para los tuberculosos de antaño. Sin embargo, hay que decir que cuando Enrique Meiggs trazó el tendido ferroviario entre la capital y el puerto principal de Chile, en la segunda mitad del siglo diecinueve, ahí sí que Til Til quedó en medio del camino y no sólo contó con su estación respectiva (un puro andén descubierto, en verdad), sino también con un tren propio para viajar a Santiago en las mañanas y volver al pueblo en las tardes: el llamado “tren corto”, que en una hora cubría el itinerario, suficiente lapso para que igual se paseara por su interior el sempiterno vendedor de “malta, papaya y pilsen”.

Bueno, ya sabemos lo que pasó con el tren en todo Chile. En el día de hoy, a determinadas horas, solo cruza la casi inexistente estación de Til Til, haciendo sonar su inconfundible silbato y arrastrando a una decena de carros, una poderosa máquina que lleva la basura de Santiago hasta el vertedero de Montenegro. En la retina de los más viejos queda como puro recuerdo la vez en que, por ejemplo, los escolares de Til Til fueron llevados hasta la estación a saludar el paso de Gabriela Mistral. O la doble ocasión, en una misma semana, allá por noviembre de 1976 en que, desde Valparaíso, una interminable caravana de coches ferroviarios llevó a la gloria a miles de hinchas de Everton hasta Santiago, con sus inconfundibles colores oro y cielo (¿se acuerdan del Negro Ahumada, del maestro Salinas y del argentino Ceballos? Seguro que los fanáticos de Unión Española, con dolor, no los olvidan).

Hay algo, sin embargo, que de todas maneras mantiene vigente a Til Til y hace que su nombre sea pronunciado en distintas partes de Chile, más allá de lo de Manuel Rodríguez. Desde que el visitante ingresa al pueblo, por allá o por acá, el paisaje se copa de nopales y olivos, ambos de origen extranjero y muy bien afincados en la zona, los que entregan sus deliciosos frutos en la primera parte del año.

La tuna, fruta del nopal, proveniente de México, es tan característica de Til Til que también su figura luce en el escudo comunal. Habrán sido los incas o los españoles quienes la importaron a estas latitudes. Lo claro es que en este suelo pedregoso y seco encontró un hábitat acogedor para brindarnos una fruta que, según los expertos, no sólo es de dulce sabor, sino que también tiene propiedades curativas que pueden detener un cáncer o bajar los índices de colesterol. Lo que no se comprende es cómo, después de tantos años de producción y consumo de su fruto fresco, pese a algunos pocos esfuerzos de particulares, todavía no se la potencie en términos agroindustriales, como sí ocurre en otros países. Hasta cremas de belleza en base a la tuna o el nopal se comercializan en algunas regiones del mundo, lo que no sería una mala idea para ayudar a que Til Til agregue una nueva fuente de desarrollo, como parece que está ocurriendo con el otro fruto destacado de estas tierras.

La aceituna, que nace del olivo, es parte de la famosa dieta mediterránea y está ligada a varios episodios históricos de occidente, incluso algunos bíblicos. Claramente llegó a América de la mano de los españoles y, en lo concerniente a su arribo a nuestro país, es interesante recordar lo que el historiador Eugenio Pereira Salas, en sus “Apuntes para la historia de la cocina chilena”, cuenta a este propósito: “El olivo, símbolo de la latinidad, llegó a Chile en circunstancias novelescas. Refiere el Inca Garcilaso de la Vega que, al embarcarse rumbo al Perú don Antonio de Ribera, trajo consigo cien estacas de olivo que se malograron en la navegación, salvo tres de ellas que plantó con especial cuidado en su finca de Lima. De estas tres estacas sevillanas, una vino a parar a nuestra tierra”. Y de sus hijas, agrego yo, seguramente las que se adaptaron tan bien en Til Til.

Es cierto que las aceitunas de Azapa son más grandes. Pero aquí, amigos, no se trata de una cuestión de tamaño. Al menos no en este tema. Sobre todo cuando la preparación de la aceituna se hace en base a sajarlas a cuchillo y quitarles el amargor en una solución con cenizas de madera, tratamiento que, hay que reconocer, es más lento y caro que simplemente ablandarlas con soda caústica. Explico brevemente, para quienes no lo saben, que la aceituna se saca del olivo cuando está crecida, pero no está lista para su consumo, pues requiere de un ablandamiento, reitero, con ceniza hervida (lejía); y este trabajo lleva sus semanas.

A diferencia de lo que pasa con las tunas, en Til Til desde hace unos pocos años se está desarrollando una industria de aceite de oliva que, ojalá, le entregue a este pueblo rodeado de cerros otra alternativa de desarrollo.

Las tunas se cosechan en el verano. Las aceitunas en otoño. Por lo mismo, quien se acerque a Til Til a fines de mayo y, por ejemplo, asista a la próxima conmemoración del asesinato del famoso guerrillero independentista, en la llamada “Cancha del gato”, aunque lamentablemente no podrá arribar en un tren, tendrá la oportunidad de disfrutar de las sabrosas aceitunas que preparan en este pueblo y, de paso, saber por qué he dicho que Til Til parece ser Manuel Rodríguez.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Ya no será lo mismo volver a Valdivia (es que “me aprieta la camisa”)

Unas semanas atrás, caminando bajo la llovizna por la costanera de Valdivia y su mercado fluvial, expresaba mi gozo de vivir de nuevo esa experiencia, lúdica, de estar en una de las ciudades más bellas de Chile. Unos desafiantes lobos marinos, recostados en el pavimento, fuera del río, me obligaron a torcer la ruta.

Muchos años ha, una tarde distendida de cigarros, calle y vereda, a la salida de la jornada colegial, el único compañero de curso que algo tocaba la guitarra nos cantó una canción que, en broma, nos señaló que era de su autoría. Los presentes nos contentamos y le celebramos el tema, por la agradable melodía y una letra en la que reconocimos pellejerías y paisajes urbanos cotidianos. Tiempo después supimos que el verdadero creador de la canción, bajo la metáfora de un viaje, era un dúo valdiviano.

Antes de partir a mi última visita a Valdivia, hace menos de un mes y por razones laborales, conté a mis amigos en facebook que haría tal. Titulé el breve párrafo con “Lluvias del sur”, y agregué un link al tema de Schwenke y Nilo que se pasea por la geografía física, urbana y humana de la región de Los Ríos como ya lo quisiera enseñar cualquier profesor. Porque Angachilla, el Calle-Calle, Collico y la calle Picarte son como están descritas en la canción.

A fines de octubre del año pasado, en un local de Peñalolén, tuve la última oportunidad de escuchar en vivo al dúo que ya no residía, estudiaba o creaba en Valdivia. Por supuesto que ya no eran iguales a cuando, tantas veces en la década de los ochenta o noventa, pude apreciarlos en diversas jornadas, en distintos escenarios, con la misma línea de su serena propuesta musical y su desgarradora poesía. Más todavía: el propio Nelson hizo una broma acerca de los problemas, de salud y familiares, de quienes ya superaron los cincuenta años de edad.

Este viernes 22 de junio, desde anoche en realidad, a contrapelo de lo que se señala en su canción más emblemática, Schwenke y Nilo hacen noticia. Y reconozco que me sobrecoge, lágrimas incluidas, a esta hora de la tarde de un día triste, el inicio del cotidiano programa radial de Julio César Rodríguez, que se suma a la pena y al homenaje a Nelson. Me duele esta “moda Cerati”. Y les pido disculpas por lo demasiado personal del texto escrito; pero creo que también son compartidas por miles de chilenos, especialmente por los amigos y compañeros de mi ochentera generación, por los que aman la música, por todos quienes se conmueven con las “cifras de la Unicef”.

Lo siento, querido Nelson. No tengo tu fuerza para describir con letras el dolor. Ni menos tu capacidad musical para embellecer las palabras. Es más: apenas alcanzo a contarte que en Santiago, cuando es ya invierno pero no llueve, “mi cigarrillo solo se ha consumido, sin poderlo fumar…”.

viernes, 20 de enero de 2012

¿Te gusta la ópera?

Cuando se la conoce, la ópera puede llegar a ser particularmente atractiva y cautivante. Claro que para mucha gente es la imagen misma de las artes que requieren un gran esfuerzo para comprenderlas (y, por tanto, quererlas o apreciarlas). Sin embargo, el supuesto divorcio entre la ópera y el gusto masivo tiene sus bemoles.

Hace un tiempo, en un café español, un grupo coral q ...uiso demostrar que tal distancia entre ópera y gusto popular no es tal; o que, con determinadas acciones pedagógicas, se puede producir una reconciliación. En internet hay varias muestras para comprobar el resultado de estas pruebas, por ejemplo en el siguiente video subido a youtube por AGAONAVARRA:



Por otro lado, podemos recordar que en la Italia que luchaba por su unificación (segunda mitad del siglo 19: ¿se acuerdan del libro y/o la película “El gatopardo”?), el coro “Va pensiero”, de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi, fue un himno de liberales y nacionalistas. Pues bien, en el pasado año 2011, al cumplirse el aniversario 150 de la unificación italiana, se presentó dicha obra en el teatro de la Ópera de Roma, con la dirección del maestro Ricardo Muti. En la sala estaba sentado el entonces primer ministro, Berlusconi, que por esas mismas fechas había decidido un recorte presupuestario para la cultura. En medio de la interpretación, cuando el coro cantaba el Va pensiero, Muti sintió cómo el aire se cortaba con cuchillo, tras lo cual habló contra la medida gubernamental e invitó al público a sumarse a la repetición (el bis) del sentido tema. Pueden ustedes apreciar parte de lo narrado en el siguiente video (que agradezco a martinetto66):



Más acá todavía, en el tiempo y en el espacio, en nuestro país hay quienes proponen reducir las horas lectivas de la asignatura de Música en los colegios: ¿tendré que decirles a mis dos hijos que eligieron mal al querer dedicar su vida a desarrollar este arte?

Y a todo esto, a ustedes, ¿les gusta la ópera y el canto lírico?

viernes, 22 de julio de 2011

Milagro en la Alameda

Fernando Laroche: "Alameda de las Delicias" (1900)

Miles de jóvenes manifestándose por la Alameda de Santiago, con profundas demandas a favor de educación pública gratuita y de calidad, es una de las postales significativas del Chile de hoy. Y si sumamos jornadas parecidas de los últimos tiempos, en torno a temas medioambientales o por la tolerancia a la diversidad sexual, podemos colegir que la ciudadanía quiere expresarse y hacer notar su parecer, cuando muchos la percibían presa de un prolongado letargo. Hay quienes hablan de un milagro, tal cual se cuenta del Lázaro de Betania.

Si bien las movilizaciones no han sido, ni mucho menos, exclusividad de la capital, lo cierto es que el peso político y demográfico de esta ciudad hace que destaquen por sobre lo que ocurre en regiones. Y en Santiago, claramente y no por casualidad, la arteria que concentra y sirve al desplazamiento de los manifestantes es la Alameda del Libertador Bernardo O’Higgins.

Inoficioso sería detallar todas las razones que llevan a la Alameda a cumplir el rol antes señalado. Empero, que en su paisaje estén La Moneda y la Plaza Baquedano –llamada Plaza Italia por la mayoría de quienes la refieren- explica bastante. Además, históricamente, esta vía central guarda recuerdos imborrables en el ámbito de la expresión ciudadana en el espacio público, más allá de las áreas de la política o las demandas sociales.

De seguro que el propio Bernardo O’Higgins así lo quiso, desde el momento en que por decreto de 1818, cuando trazó la antigua Cañada como paseo público, la bautizó inicialmente como “Campo de la Libertad Civil”, gesto muy propio de los aires republicanos y liberales de quienes condujeron la emancipación nacional.

Durante el siglo XIX y las primeras décadas del siguiente, la “Alameda de las Delicias”, como finalmente la llamó O’Higgins desde 1821, cada día recibió a los paseantes y vendedores que enriquecieron su paisaje y la transformaron en paseo privilegiado, como recordaba en 1941 el escritor Ricardo Puelma en su “Arenas del Mapocho”:

¡Alameda dominguera…! Yo te recuerdo con tus dos acequias laterales donde refrescaban sus manos los borrachos. Con tus vacas…, donde vendían leche pura con coñac, reventando espumosa de las ubres (…) Y las clásicas fiestas con trasnochada, del Dieciocho, la Pascua y el Año Nuevo. Desde luego, se tendía un techo en la avenida central con banderitas tricolores y faroles chinescos. Y abajo se extendían las fondas, como una gran serpiente de alegría, desde San Francisco a la Estación. Arpa y guitarra, coro de chinas cantoras con tamboreo y huifa, y déle que suene hasta que reventaba el sol por la cordillera.

Más todavía: la importancia de la Alameda fue refrendada cuando se instalaron a su vera, entre otras, las sedes del Gobierno (La Moneda, con tal función desde 1846); de la Universidad de Chile (1872); de la Universidad Católica (1914); de la Biblioteca Nacional (1925). Lo mismo cabe decir para cuando comenzó a funcionar la Estación Central de Ferrocarriles (primer edificio hacia 1857) y desde que el peñón del Santa Lucía fue entregado a la ciudad como paseo, en 1874.

Quizás la impronta que tuvo hasta mediados del siglo XX la arteria vial que nos ocupa llevó a uno de los fundadores del Ballet Nacional de Chile, el alemán Ernst Uthoff, a estrenar internacionalmente en 1957, en el Teatro Victoria de la capital, una obra navideña hecha “para niños de ocho a ochenta años relatado en danza y pantomima”, que llamó precisamente “Milagro en la Alameda”.

Y ojo, no se crea que todo lo que pasó antaño en la Alameda alimenta sólo dulces evocaciones. También las luchas sociales y políticas la tuvieron varias veces de escenario principal, y no pocas víctimas registra su historia casi doblemente centenaria, como ocurrió en 1905 durante la conocida “Huelga de la carne”.

Sin embargo, como fenómeno de largo aliento, hay que señalar que ya desde la década de 1940, en que la capital llega al primer millón de habitantes y cuando desaparecen del mapa de la Alameda la antigua Pérgola de las Flores y el Parque Inglés, ambos frente a la colonial iglesia de San Francisco, esta avenida irá perdiendo su carácter de espacio público de encuentro frente al aumento de la circulación de vehículos a motor, caracterizándose más como un lugar de paso que de paseo.

Justamente por estos días, en un afán por revitalizar prácticas sociales medio extraviadas, y cuando ciudades como Santiago parecieran fragmentarse en un sinnúmero de realidades particulares, varias de las instituciones culturales más importantes del país -y cuyas puertas dan hacia la Alameda- han decidido formar una red que, en especial, ayude a recuperar parte del rol que jugó esta avenida como espacio público de encuentro y sociabilidad.

Enhorabuena el nacimiento de este referente, llamado “Eje Alameda, Circuito Cultural” (http://ejealameda.wordpress.com/). Quién sabe si en poco tiempo más, por ejemplo cuando en el año 2021 celebremos el bicentenario de la creación de la Alameda, tengamos un nuevo milagro por obra y gracia de los hombres: que la principal calle capitalina disponga de una calzada exclusiva para los que quieran manifestar sus demandas o deseen transitarla y conversarla a paso lento.

Claro, tal vez ya no habrá venta de leche con coñac ni de pequenes, como un siglo atrás. Pero me agrada imaginar una Alameda en la que, al mismo tiempo, mientras unos ven cine o teatro, otros observan una exposición plástica o fotográfica; mientras unos engullen completos y refrescan el gaznate con cerveza, otros bailan con Chico Trujillo o Los Trukeros. Por qué no.

viernes, 17 de junio de 2011

Lugarizando la memoria: Joan Baez en Ñuñoa, Chile

Invierno de 1981, invierno de 2011. Treinta años.

A pocos días del inicio oficial del invierno, se reencuentra de nuevo con el público chileno toda una institución en la producción de música de películas: Ennio Morricone. De seguro que el éxito de su anterior paso por el país, hace tres años, incentivó la idea de traerlo de nuevo por estas latitudes.

El catálogo de Morricone es muy amplio y, para muchos, archiconocido. Ganador de un Oscar Honorífico en 2007, ha trabajado con directores de cine entre los que se cuentan Brian de Palma, Pedro Almodóvar y, por cierto, Sergio Leone. Algunas de las cintas en que participó fueron La Misión, El bueno, el malo y el feo, Cinema Paradiso, El clan de los sicilianos, Los intocables… sólo por nombrar algunas.

Podríamos escribir eternos párrafos a fin de dar cuenta del trabajo de este músico originario de Italia. Y unas cuantas páginas serían llenadas con la diversidad de géneros fílmicos en que ha participado. Sin embargo, a propósito de su regreso a nuestro país, hay una película que es pertinente recordar: se trata de una estrenada en 1971 y que relata el juicio y muerte de dos anarquistas italianos en Estados Unidos: Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. Del director Giuliano Montaldo, la película incluye una canción que se hizo popular en todo el mundo, con el nombre de Here’s to you, interpretada por Joan Baez, la cantante norteamericana que en su momento fue llamada la reina de la canción protesta.

Joan Baez, antes de la colaboración con Morricone, ya era famosa por su vínculo con la música folk, por su participación en movimientos pacifistas y a favor de los derechos humanos, por su trabajo con Bob Dylan y por su actuación en el festival de Woodstock. Por lo mismo, no fue extraño verla siempre rodeada de miles de jóvenes, en multitudinarias marchas o conciertos, o al lado de figuras como Martin Luther King. De ahí, sólo un paso tuvo que dar para formar parte de la banda sonora de Sacco y Vanzetti, la película que difundió una histórica injusticia de principios del siglo veinte.

Hacia 1981, en América Latina varios estados vivían bajo regímenes militares. Por cierto, Chile no era la excepción. En ese contexto, Joan Baez organizó una gira que incluyó Brasil, Argentina y nuestro país. Toda una empresa de solidaridad por los derechos humanos, no exenta de complejos avatares y amenazas, como la prohibición de hacer presentaciones en público.

En el invierno de 1981, en Chile todavía el dólar estaba a 39 pesos. La crisis económica del 82, la misma que quebró bancos y financieras, la que elevó la cesantía a un 25 por ciento, aún no masificaba las protestas contra la dictadura y, en ese contexto, quienes se manifestaban en contra del atropello a los derechos humanos estaban más bien confinados a un margen. Era peligroso, mortal muchas veces, sacar la voz… ni qué decir alzarla.

En el invierno de 1981, ante el acoso a la disidencia, buena parte de la Iglesia Católica, dirigida por Raúl Silva Henríquez, seguía disponiendo su ayuda a quienes no concordaban con el régimen militar, a través de la Vicaría de la Solidaridad o, muchas veces, facilitando recintos eclesiásticos a los opositores de entonces, sobre todo si de proteger los derechos humanos se trataba.

En el invierno de 1981, Joan Baez arribó a Chile, por muy poco tiempo, negándole las autoridades el permiso para hacer un concierto público. Como en otras oportunidades de esos tiempos, se hicieron los arreglos necesarios para que miles de personas no se quedaran con las ganas de recibir el saludo de la cantante norteamericana. Y así fue organizada una presentación privada, sin venta de boletos, corriendo la voz, en un salón de la Parroquia Santa Gemita, en calle Suecia al llegar a Simón Bolívar, en la comuna de Ñuñoa.

También en el invierno de 1981, en la edición número 13 de la recordada revista La Bicicleta, se anunció en portada una revisión fotográfica de la “gira” que hizo la cantante norteamericana. Más tarde, el sello Alerce, bajo la batuta del incansable Ricardo García, sacó un cassette con el registro de la actuación de Baez en Santa Gemita. Son fuentes importantes para dar cuenta de un momento especial que se vivió en Santiago de Chile.

En otro invierno posterior, en los pasillos del Campus Oriente de la Católica, alguien contó la aventura que vivió la vez que saltó las altas rejas de la parroquia Santa Gemita, a fin de entrar a escuchar el concierto de Joan Baez. Con emoción, decía que miles de personas no pudieron ingresar al salón y debieron contentarse con oírla desde un patio, por altavoces. Un amigo, más privilegiado, me narró que la artista estadounidense también visitó la sede de la Fundación Missio, en la zona norte de Santiago, para apoyar la labor que encabezaba la monja Karoline Mayer por los pobladores más pobres. Ahí la reina del folk interpretó unas pocas canciones y, cuando ya se retiraba, le pidieron que cantara ese himno de Bob Dylan llamado Blowing in the wind, ante lo que Baez se excusó diciendo que ya había guardado su guitarra; pero mi amigo tomó la propia, se puso a rasguear y, caminando por un corredor hacia la calle, tuvo el privilegio de acompañar el canto de Joan.

Al comenzar el invierno de 2011, treinta años después de los hechos narrados más arriba, gracias al soporte tecnológico de internet, pueden ustedes escuchar algo de lo que emocionó a más de cinco mil personas que, con mucho cuidado y sigilo, se reunieron en una parroquia de Ñuñoa, en la calle Suecia al llegar a Simón Bolívar.


“Sí, es verdad”, expresó Joan Baez en la parroquia Santa Gemita, como respuesta al coro multitudinario que se sumó al Here’s to you, y que modificó espontáneamente la letra del inglés por el criollo El pueblo unido jamás será vencido. Quizás algún asistente al concierto de estos días de Ennio Morricone, al oír el tema de Sacco y Vanzetti, infaltable en su repertorio, también recuerde que esa canción, hace treinta años, en el invierno de 1981, en la voz de Joan Baez, pasó a formar parte de una memoria que debe ser situada, que necesita ser lugarizada.

martes, 8 de marzo de 2011

Las patronas del 8 de marzo…

“Enigma fuiste. Enigma serás”. En un poema, así retrata Gonzalo Rojas a la mujer, a una mujer. Cohabitamos el mundo desde siempre y, para muchos hombres, nuestras compañeras de ruta siguen siendo un misterio. Quizás a ellas les ocurra lo mismo con nosotros. Empero, detrás de lo que nos puede parecer indescifrable, hay certezas del (o sobre el) mundo femenino que no se pueden soslayar o dejar de destacar, tal cual la valentía al momento de defender los derechos de los más débiles.

Esta valentía de las mujeres ya fue recogida por la literatura de la Grecia clásica, veinticinco siglos atrás, como en la divertida comedia en que, muy resueltas y dirigidas por Lisístrata, las esposas helénicas exigieron a sus maridos terminar con una larga guerra que enfrentó entre sí a las distintas polis, recurriendo a la estrategia de abstenerse de tener sexo con sus parejas; o sea, no fue una huelga, como diríamos hoy, de brazos caídos, sino de piernas cerradas (¡qué martirio, hombre!). Por cierto que lograron su objetivo: paz en las ciudades y… desorden en los dormitorios.

Porque hay que ser valiente, como lo fue nuestra Gabriela Mistral, no ya para incursionar en la alta literatura, sino al haber solicitado el indulto presidencial para su colega María Carolina Geel, la madura escritora que una tarde de abril de 1955 cegó la vida de su joven amante, con certeros disparos, en el desaparecido Hotel Crillón de Santiago. Y coraje fue el que demostró la propia victimaria al describir su permanencia tras las rejas (“Cárcel de mujeres”), obra en la que, tal vez, testimonió la (sin) razón de su acto fatídico, al decir que hay quien “llega a conocer la más mortal de las sensaciones de dolor: el tedio en el alma”.

De seguro algunos dirán que no es muy arrojado pedir cuando se tiene un premio Nobel en las manos; o que no es extraño sacar a relucir la valentía cuando se juega la vida o el honor. Ahí yo recordaría tan sólo la famosa historia del huevo de Colón. Pero nadie podrá cuestionar o dejar de celebrar los casos en que el pellejo se pone en riesgo nada más que por solidaridad con el que sufre, sin siquiera conocerlo, sin necesidad propia y menos con afanes “marqueteros”: puro amor al prójimo, que le llaman.

Estados Unidos es un país formado, en gran medida, por inmigrantes. Su desarrollo lo hace polo de atracción para miles de personas en todo el mundo, en especial para quienes están más cerca de sus fronteras, hacia el sur. Conseguir hoy una visa de trabajo en el país presidido por Obama es de suyo una aventura burocrática (y cara). Frente al desempleo, la pobreza y la desesperanza de muchos centroamericanos, la única alternativa es transformarse en un “espalda mojada” y arriesgar la vida cruzando al norte del Río Bravo. Mas, buena parte de ellos inicia su odisea mucho antes, cuando deben atravesar México: ¿cómo?

Estos centroamericanos se suben (ilegalmente, claro) en trenes de carga, sobre la marcha, generalmente en grupos pequeños que forman un gran contingente. Se “acomodan” en las escalas, descansos, cubierta de vagones, donde sea. Viajan miles de kilómetros por México en esas condiciones, tratando de no sucumbir al frío, al sueño, al hambre, a la sed, a las pandillas criminales que los extorsionan (los “mareros”) y a los policías. Muchos se caen y pierden un brazo, una pierna o la vida. Pero el llamado “Tren de las moscas” no se detiene.

El tendido ferroviario mexicano pasa, en su región suroriental, cerca de Veracruz, por un pueblo conocido como Guadalupe o La Patrona. Y ahí, en ese pequeño poblado de casi cuatro mil habitantes, un grupo de mujeres, día a día, prepara bolsas y botellas con ropa, alimento, medicina, agua. Cuando se asoma el tren que viene del sur, este grupo se dispone al lado de la línea férrea y, a riesgo de la propia integridad física, sin saber quiénes son los que viajan arriba con la idea de torcer el destino, extiende su mano generosa a otra mano desamparada. Nadie se los pidió: les nació, no más. Eso es amor… y valentía de mujer.

Por el nombre de su pueblo, estas mujeres son conocidas hoy como “Las Patronas”. Algunas han dicho que su acción se genera en que la precariedad de los emigrantes “les parte el alma”. Otras han señalado que en los rostros de los viajeros han visto el de Jesús sufriente. Sea como sea, he ahí un ejemplo de estos días, de nuestra realidad contemporánea, en que, una vez más, se presenta el coraje del género femenino. Quien quiera conocer un poco más sobre esta historia puede visitar el sitio de más abajo (eso sí, sin llorar mucho, eh):
 

 
Si Naciones Unidas (cuyos secretarios generales han sido sólo hombres) consagró el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, lo hizo por la presión de los decididos movimientos femeninos, en especial de las trabajadoras, demandando igualdad de trato, en circunstancias que aumentaba su incidencia en las faenas productivas y en la vida pública durante el siglo pasado. Ahí, en esa lucha, es en la que descolló otra mujer valiente, nuestra iquiqueña Elena Caffarena, de la que, hasta donde conozco, ninguna calle en Chile lleva su nombre.

Con todos los ejemplos señalados (y otros innumerables), no llamará la atención, por tanto, que sean principalmente las mujeres chilenas quienes, alejadas de criterios ajenos a la salud física y mental de los recién nacidos, aseguren que la anunciada normativa que extiende el período posnatal sea cumplida con los propósitos con que fue planteada hace varios años. Pues está claro que el beneficio es, no para ellas, las mujeres, sino para los bebés.

Gonzalo Rojas, el poeta, también se preguntó ¿qué se ama cuando se ama? (“¿la mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes…?”). Para el caso del género masculino (una buena parte al menos, entre los que me incluyo), queda claro que lo que se ama es a ese enigma que nos acompaña en el viaje por el mundo y la historia, que no por enigmática deja de ser valiente. A ella, para ellas, muchas felicidades.

martes, 23 de noviembre de 2010

Historia, futuro y... tecnocracia...

Viernes 19 de noviembre de 2010, Plaza de Armas de Santiago, cerca de las 20 horas. Más de cinco mil personas se aprestan a disfrutar de la puesta en escena de la clásica obra Carmina Burana, interpretada por el Coro Sinfónico y la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Chile. Poco antes del inicio de la función, es presentado el rector de la Casa de Bello, Víctor Pérez Vera, quien agradece la asistencia y señala que espera que cada año, en ese mismo espacio, se lleve a efecto una función similar como regalo que la Universidad (“su Universidad”, le recuerda a los presentes) entregue a la ciudadanía en el día del cumpleaños de la principal entidad universitaria del país.

Pese a que un viento frío fue avanzando por la tarde-noche de ese viernes 19, quienes permanecieron en la céntrica plaza no dejaron de apreciar la cálida entrega de los artistas que emocionaron con el oratorio del alemán Carl Orff. Y al finalizar, un aplauso cerrado, de varios minutos, resonó en las paredes de la Catedral, los portales, el Municipio, el Museo… Sin embargo, quizás, lo más conmovedor no estuvo al acabar la función, sino al comienzo, cuando el mismo cuerpo de músicos y cantantes entonó la Canción Nacional y el Himno de la Universidad de Chile. ¿Por qué? Porque daba cuenta de que esta institución republicana, nacida en 1842, con ese acto simbolizaba la mantención de su vocación de servicio hacia el país, a todo el país.

La ley orgánica del 19 de noviembre de 1842, que creó la Universidad de Chile y que fuera encomendada un par de años antes por Manuel Montt a Andrés Bello, representó la materialización de un consenso en base a dos ideas centrales: por un lado, que la educación era el pilar fundamental para lograr una verdadera emancipación nacional; y, por el otro, que el Estado debía cumplir un papel rector en la organización y orientación de la tarea educadora. Gran consenso, el mismo que se reiterará en otros episodios de la historia de Chile, como cuando se nacionalizó el cobre.

Un alcance más al halo que rodeó el nacimiento de la Universidad de Chile. La misma ley que la originó establecía que cada año, para las fiestas patrias, se debía celebrar una sesión pública en que se leyera una memoria referida a la historia nacional. El primer trabajo en esta línea lo desarrolló José Victorino Lastarria, en 1844, con un texto acerca de la influencia social de la Conquista y del sistema colonial. Claramente, con estas decisiones y acciones se unía pasado y futuro, memoria y porvenir. Y cuidado, que Lastarria y Bello (el primer rector) tenían serias discrepancias políticas y, me atrevo a decir, ideológicas.

Más recientemente, en un trabajo titulado “Memoria y proyecto de país”, el sociólogo Manuel Antonio Garretón indica que “nuestro futuro como comunidad nacional es el modo como enfrentemos y resolvamos hacia adelante nuestro pasado”. Y, agrego, lo mismo cabe decir de la comunidad mundial. Esa es la esencia del estudio de la historia: el porvenir (“es por eso que un día me vi en el presente, con un pie allá, donde vive la muerte, y otro pie suspendido en el aire buscando lugar”).

No enseñamos (o estudiamos) la historia como un ejercicio de chochería senil. A Leonard Shelby, personaje de ficción de la película Memento y afectado de una amnesia que le impide recordar los hechos recientes de su vida, no hay nada que lo angustie más que no saber su pasado; no puede tener una existencia normal, no puede proyectarse en el tiempo porque, en definitiva, no sabe quién es.

Luego, de qué proyecto de país, de qué salto al desarrollo, de qué futuro esplendor hablamos si no nos interiorizamos de lo que hemos sido, de lo que hemos hecho (bien o mal, que para el caso es lo mismo). ¿Tendremos que condenarnos como sociedad, tal cual Sísifo, a cargar una y otra vez con la misma piedra sobre nuestros hombros? ¿Queremos correr irresponsablemente el riesgo de reiterar los errores (y volver a cometer los horrores) que registra nuestra bicentenaria historia independiente? ¿Para eso se propone rebajar las horas de historia en los colegios?

Quienes justifican la disminución de las horas de aula de la historia y las ciencias sociales en las escuelas dicen que no sacamos nada con enseñar estas materias si muchas investigaciones señalan que los chilenos no comprendemos lo que leemos. ¿Y en qué quedamos con eso de la integración de contenidos de naturaleza diversa? ¿Acaso los textos de historia no sirven para reforzar la lectura comprensiva (y crítica, por cierto) entre los estudiantes? Digo más: ¿saben ustedes lo que aprenden de matemáticas y números los escolares cuando en las clases de historia y geografía se enseña a calcular la diferencia entre los años anteriores y posteriores a Cristo?, ¿o cuando se les pide que determinen la distancia en grados entre un punto y otro del planeta? Es decir, matemática y lenguaje se pueden integrar con las materias de historia y ciencias sociales. Entonces, me queda la duda sobre el sentido final que tiene la actual (y discutible) propuesta ministerial.

Y aquí volvemos al tema de los consensos. Porque la reciente modificación del Plan de Estudios anunciada por el Ministerio de Educación (Mineduc) parece obedecer no a una investigación súper rápida (ni profunda ni ampliamente debatida) de los asesores del actual ministro del ramo. Hay una resolución del 27 de enero del presente año, del Consejo Nacional de Educación (sucesor del Consejo Superior de Educación), que aprueba una propuesta que hiciera la anterior administración del Mineduc, el 24 de septiembre de 2009, según se desprende del Acuerdo Nº 020/2010 del citado Consejo, y que quizás sea el germen de la presente medida.

Esto es, la decisión de disminuir las horas de historia y ciencias sociales en los colegios pareciera ser parte de un consenso tecnocrático (sin participación ciudadana) de aquellos para quienes no importa la memoria y el pasado; de aquellos que están más allá o más acá de una tenue (casi imaginaria) línea que separa a sectores del oficialismo y de la oposición; de aquellos que desean mano de obra barata, sumisa, acrítica e inculta; de aquellos que hoy disminuyen las horas de historia y de aquellos que ayer obraron de manera similar con las asignaturas de filosofía y de francés.

El reciente anuncio ministerial no representa, por cierto, el espíritu del consenso que lograron en su momento Bello y Lastarria. No parece acorde a los propósitos de quienes fundaron la Universidad de Chile, musical y cálidamente enunciados por el concierto del pasado viernes 19, cerca de las 20 horas, en la Plaza de Armas de Santiago.

martes, 31 de agosto de 2010

El Huáscar y las campanas

Diversas voces reiniciaron una vieja discusión en relación a la posibilidad de devolver el monitor Huáscar, anclado desde hace años en Talcahuano, a su país de origen. La historia del temido barco peruano, igual que la caballerosidad de su comandante Miguel Grau, que hundió a la Esmeralda en Iquique, que luego campeó en las costas chilenas y que, finalmente, fue capturado por la marina chilena en Angamos, es conocida por todos. Lo que muchos no saben hoy, ante la idea de la devolución, es qué hacer con la nave; mientras algunos prefieren que permanezca donde mismo y otros apostamos por hacer un gesto enaltecedor al respecto. Venga entonces una vieja-nueva historia para ayudar a decidir.

El 8 de diciembre de 1863, en Santiago y en el país se celebraba la finalización del Mes de María, una de las fiestas más importantes del mundo católico. Los distintos recintos religiosos se ornamentaron pomposamente, esperando una alta concurrencia. Precisamente, una de la iglesias que se atestó de gente, en especial de mujeres con niños y criadas, fue la de la Compañía de Jesús, que ocupaba el sector oriental del terreno comprendido entre las calles Bandera, Compañía, Morandé y Catedral (en la misma época que en la parte poniente de esa manzana se construía el edificio del Congreso Nacional).

El exceso de velas (y unas puertas que abrían hacia adentro) costó caro a la multitud agolpada en el interior de iglesia. Un incendio de proporciones, en pocos minutos, desató una de las mayores tragedias que recuerde la capital. Más de dos mil personas fallecieron producto del fuego, del humo, de la desesperación, del aplastamiento. Al día siguiente, una crónica del diario El Ferrocarril dio cuenta del dolor de esa jornada:

“No hay memoria en Chile de un hecho más horriblemente trágico. Se nos erizaban los cabellos cuando recordamos la espantosa catástrofe que hoy tiene sumidas en el luto a centenares de familias. La ciudad entera no se da cuanta aún de tan horrible desgracia. La concurrencia, amagada por el fuego, comenzó a huir. Las puertas no eran, sin embargo, suficientes para darles paso. Cuerpo sobre cuerpo se formó una muralla compacta y numerosa. Había mujeres que resistían el peso de diez o doce otras tendidas encima. Era materialmente imposible desprender una persona de esa masa horripilante. Los más desgarradores lamentos se oían del interior de la Iglesia… La concurrencia continuaba agolpándose a las puertas y estas puertas no permitían la salida… ¡Presenciamos ese momento, pero renunciamos a describirlo…!”.

Igual que sucede con la situación de los 33 mineros de Copiapó en estos días, aunque en tiempos menos globalizados por cierto, la noticia del incendio de la iglesia de la Compañía dio la vuelta al mundo y también fue recogida por una larga y sentida crónica en el famoso New York Times, el 18 de enero siguiente.

Entre las acciones posteriores a la tragedia se destacó la creación del Cuerpo de Bomberos de Santiago y la decisión de no construir nada nuevo en el sitio de la catástrofe, una vez que los restos del recinto fueron demolidos. Una escultura fue dispuesta en el lugar (la de hoy es una réplica, pues la original está situada en la Plaza La Paz, a la entrada del Cementerio General, en el mismo espacio en que fueron depositados los cadáveres de las víctimas).

Pocos vestigios materiales quedaron del recinto siniestrado. Hasta hace pocos días, sólo sabíamos de un mudo testigo de la tragedia que está puesto en la ermita del cerro Santa Lucía: una de las campanas de la iglesia de la Compañía acompaña en ese lugar los restos de Benjamín Vicuña Mackenna, de su mujer Victoria Subercaseaux y de sus hijos. Sólo eso sabíamos, hasta hace pocos días…

En efecto, desde Gales, Inglaterra, se nos informó unas semanas atrás que otras tres campanas que quedaron del triste incendio, que fueron compradas como chatarra y que estuvieron dispuestas en el campanario de la iglesia de Todos los Santos de Oystermouth, hasta 1964, serán devueltas a nuestro país como un regalo por el Bicentenario. Seguramente los habitantes del pequeño poblado inglés habrán reflexionado y discutido bastante sobre esta devolución, casi 150 años después de que las campanas llegaron hasta ahí. Más de alguien, pienso, debe haber argumentado que las campanas fueron adquiridas legítimamente y que el gesto de “devolverlas” a sus dueños (Chile) no correspondía. Sin embargo, primó la idea de que los artefactos no son sólo una materialidad y que, en definitiva, forman parte del patrimonio histórico del país y de Santiago, a la vez que evocan un pasado doloroso, otro más, en la historia de este lado del sur del mundo.

Saludable es entonces la acción de los ingleses (y quizás los anime a hacer otros guiños similares a futuro, no sólo con pedazos de fierro, sino también con importantes trozos de territorios ultramarinos). Por nuestra parte, se agradece este regalo bicentenario que nos permitirá recordar a las más de dos mil víctimas del incendio reseñado.

El de los galeses (y de Inglaterra entera), en este caso, se trata de un gesto vivificante. Misma idea que subyace entre los chilenos que somos partidarios de devolver el Huáscar a sus propietarios primigenios y avanzar en forma civilizada en otros temas más de fondo y que apuntan a mejorar las relaciones vecinales. La historia del conflicto de 1879, sea quien sea que la escriba, no esconde la capacidad militar de Juan José Latorre y sus dirigidos, que derrotaron a Grau y capturaron el famoso barco peruano en Angamos; no es necesario para recordarnos ese episodio mantener este buque estancado en aguas chilenas. Así como regresarán tres campanas originalmente propias, debiera retornarse un barco originalmente ajeno. Así como para el Bicentenario recibimos estimados presentes, también podemos hacer valiosos regalos.